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Julio Rodríguez, botero: “El oficio se muere lentamente”

In historias humanas, vídeos humanos on agosto 17, 2010 at 6:53 am

Botero en Madrid, esa es la profesión de Julio Rodríguez. Él único de toda la Comunidad y de los pocos que aún quedan en nuestro país. Aprendió jugando cuando era niño casi inconscientemente en el taller de su abuelo, el mismo que heredó hace ya 30 años y que aún sigue regentando en la calle del Águila, número 12, en el barrio de La Latina, cerca de Puerta de Toledo.

Y es que andar metido entre pellejos, odres y aparejos nos recuerda, por un lado, a la novela picaresca y quijotesca del Siglo de Oro español; y por otro, a la fiesta de toda la vida, la que acompañó a nuestros padres, abuelos y bisabuelos.

Algo único

“Ser artesano hoy en día es complicado”, afirma Julio con cierta angustia. En la era del botellón y garrafón, de los vasos de plástico y tiendas de chinos, lejos quedan esas meriendas en el campo, el fútbol de los domingos y las tardes en la plaza de toros con la tortilla y una bota de vino.

Aún así, más del 80% de la clientela de Julio es nacional. “Aunque también gusta mucho en Hispanoamérica, sobre todo en los países que han heredado la tradición taurina como México o Colombia, porque para ellos es como una joya. Se lo llevan como algo único”.

Sin embargo, Julio no niega que “es un oficio estancado, que no evoluciona y que se sigue haciendo igual que hace miles de años”. Quizás tampoco existan motivos para que cambie, ya que si buscamos un instrumento para beber ecológico, higiénico, práctico, funcional y resistente… voilà: nos encontramos con la bota de siempre.

Simpleza y practicidad

Compuesta principalmente por piel de cabra y pez (resina de pino quemada con un punto de aceite), su conservación se presenta esencial para su buen uso. Sólo tres claves básicas y fáciles de aplicar: la bota debe estar siempre tumbada, debe usarse sólo para el vino -quizás para el agua puntualmente-, y debe guardase vacía y aplastada.

Su proceso de elaboración es normalmente por “tandas de 30, más o menos”, explica Julio, que prefiere trabajar en la parte de dentro de su taller porque si no curiosos de todas partes entran, preguntan, observan… Sin embargo, a pesar de la expectación por su oficio, se queja de que no recibe “ayudas de ningún tipo” y confiesa sentirse maltratado por las instituciones.

Las ayudas destinadas a artesanos se gestionan a nivel regional. Por ejemplo, la Comunidad de Madrid convoca anualmente programas de ayudas a los talleres artesanos, al objeto de contribuir a su modernización, a la promoción comercial de sus productos. Sin embargo, es cierto que no hay una regulación estatal de ayudas y son tratados prácticamente igual que otras pequeñas empresas sin contar con las dificultades de la continuidad de su oficio.

Julio se emociona al hablar del asunto. No entiende “qué tipo de cultura es la que interesa hoy en día” porque “al final, entre unas cosas y otras, el oficio se está muriendo lentamente”. Puede que tema no ser él único botero de Madrid, sino también el último.

Por Ylenia Álvarez y David G.Tesouro en Lainformacion.com

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