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Los últimos del lugar

In historias humanas on agosto 4, 2010 at 7:16 pm

La familia Zamora López. Son los habitantes del pueblo de Arraso, situado en la provincia de Huesca.

Peter Dobson no puede con el dichoso lumbago. Hoy no ha ido a trabajar. Los perros ladran y no se cansan. Quizá luego, cuando el sol se vaya, Peter baje al río. En su pueblo, Las Ruedas de Enciso, en La Rioja lindando con la provincia de Soria, el barro se pega a los zapatos. La humedad y el tiempo han mordisqueado las casas que los vecinos fueron abandonando como oliéndose el final. Hoy, Peter (56 años, rubio tirando a pelirrojo, melenudo, inglés, voz gutural, atento) es el único habitante. Llegó hace 18 años y ya no se ha movido, aunque lo tendrá que hacer a finales de verano. Es la fecha prevista para que el agua de la presa que están construyendo se trague el pueblo de un sorbo. Peter intentó hacer una huelga de hambre y nadie le apoyó. Una viga enorme en un camión se cargó la iglesia y nadie protestó. Las tierras se expropiaron hace unos diez años. Las casas, hace unos meses. Peter resiste sin luz y sin electrodomésticos, aunque hoy prefiere no hablar por el dolor de lumbago, que al final solo da un día de guerra. A la mañana siguiente, al tajo: Peter trabaja como topógrafo en la obra que destruirá su pueblo.

-Me da pena, pero ya lo tengo asumido. Tuve un maestro que me enseñó: el Jordi. He sido camarero, albañil, y hace 14 años empezó la obra de la carretera y ya me metí. Este es el sitio donde más tiempo he vivido. A veces pienso lo similar que es el murmullo del río al ruido de los coches.

El mundo rural ve cómo la sociedad le hace cortes de manga. La Tierra se convierte en cemento: en 2050 solo el 14% de los habitantes de los países desarrollados vivirán en zonas rurales. Una forma de vida que se extingue. En España también hay datos poco optimistas: según el Instituto Nacional de Estadística (INE), existen 1.253 localidades (llamadas oficialmente singulares) donde vive una sola persona. De todas formas, el número no puede tomarse al pie de la letra, pues puede que ninguna de esas personas viva realmente en el núcleo aunque estén empadronadas. Y es imposible saber cuántos pueblos están habitados por una sola familia. Ante tal realidad desdibujada por las cifras, esta revista se propuso recorrer el país para poner cara a los que aguantan siendo los últimos.

Peter Dobson. Peter Dobson, inglés, llegó hace 18 años a Las Ruedas de Enciso, en La Rioja casi en la frontera con Soria.

Solos por el tema de siempre: la despoblación. España ha ido reforzando un patrón geográfico de claro contraste entre las zonas centrales de la Península, más vacías, y las periféricas. El geógrafo experto en temas rurales Ángel Paniagua, perteneciente al CSIC, ha estudiado el fenómeno y asegura que la población rural (localidades con menos de 2.000 habitantes) bajó en España entre 1960 y 2005 (del 34,5% al 15,3%). Paniagua explica que este fenómeno de pueblos tan pequeños se da fundamentalmente en tres zonas: noroeste de España (Galicia y Asturias), debido a un tipo de población dispersa; en provincias de Castilla y León con pequeñas localidades afectadas por la despoblación, y en zonas montañosas de difícil acceso, como los Pirineos. Todas son zonas de la mitad norte del país. ¿Y en el Sur? Es más difícil. Paniagua reconoce que el sistema de población en España viene de la reconquista emprendida por los Reyes Católicos en el siglo XV. Fue entonces cuando se repobló masivamente con cristianos una región dominada por árabes durante ocho siglos. En Andalucía también ha triunfado durante el siglo XX, según Paniagua, el modelo de agrociudad: pueblo grande donde el campo y lo urbano están mezclados.

La culpa de la desbandada fue de la miseria. El campo inició, con los rigores de la posguerra, un éxodo que llenó los centros industriales y económicos que fueron los grandes protagonistas del desarrollismo: Madrid, Barcelona y el País Vasco. En muchos otros casos, el destino no era la gran urbe, sino la capital comarcal. Por ejemplo, Ponferrada en el Bierzo de León y Sabiñánigo en el Prepirineo de Huesca. Casi megalópolis para esos nuevos pobladores.

Dalmiro. "Nadie se preocupa de los pueblos pequeños, sino de las ciudades, donde hay votos", se queja Dalmiro, habitante de Cruces.

El día amanece fresco en Sabiñánigo. Esta localidad creció a partir de los años cincuenta al acoger a muchos de los vecinos de los 74 núcleos de población que esconde en sus 586 kilómetros cuadrados de término municipal, uno de los más grandes de España. Hoy tiene 9.500 habitantes y un 18% de extranjeros, entre los que se encuentran muchos marroquíes. Se les ve en grupo a la hora del café en un bar. Entran trabajadores de los bancos y las tiendas cercanas. A eso de las once de la mañana, la ciudad ya está a pleno rendimiento. Si uno camina un poco, puede ver el humo denso que expulsan las fábricas desde el polígono industrial.

Luis Grasa tiene 58 años, el pelo revuelto y las manos en los bolsillos. Nunca se ha querido ir de Cerésola, una pedanía de Sabiñánigo donde el campo es muy verde y las cumbres están coronadas por nubes. Luis ha visto pasar generaciones de vecinos que nacían, crecían y marchaban. Hasta que se ha quedado solo. Desde la carretera hay que tomar un camino del demonio, sin asfaltar, de cinco kilómetros que parecen 30. Incluso aparece de repente en mitad de la vereda un salto de agua que el coche de ciudad no se atreve a cruzar. Los edificios de Cerésola están inconexos. El pajar está derruido, la antigua escuela no tiene techo y la otra escuela que se empezó a construir durante la Guerra Civil nunca se terminó. Aquí vivieron en el siglo XX más de 150 vecinos. Ahora quedan en pie las propiedades de Luis (una casona de piedra y dos naves con 500 ovejas) y la iglesia románica, cuyas pinturas se llevaron las autoridades al Museo Diocesano de Jaca en 1965. El templo está en buenas condiciones y la única banca que queda está cubierta por un plástico. Luis es tímido, pero no se puede decir que no esté en el mundo:

-He nacido aquí, y aquí acabaré mis días, aunque ya estoy un poco harto de un trabajo que te da un mal jornal. Es muy sacrificado, pero tampoco me puedo ir a trabajar a otro sitio. ¿Adónde voy con 58 años?

Será solitario, pero está casado con Mari Carmen (una barcelonesa que dejó la gran ciudad por amor) desde 1988. Tienen dos hijos adolescentes. Ya en esa época compraron un piso en Sabiñánigo. Como hicieron en toda España en los ochenta y noventa muchos de los que vivían en pueblos: una casa en la capital por lo que pudiera pasar. Y allí vive ella con los chicos porque el trayecto hasta el instituto de Sabiñánigo en invierno por el camino de tierra hasta la carretera (nieve, lluvia) puede ser una odisea. Luis prefiere quedarse en Cerésola a tener que ir y venir a diario. Ve a su familia los fines de semana y algunos días sueltos. El móvil y el todoterreno son la salvación.

En Cerésola no hay luz, pero la hubo. El tendido eléctrico llegó en 1926, y en septiembre de 1938, guerra mediante, dejó de funcionar. Luis se apaña con unas placas solares y una instalación de un convertidor de 1.200 vatios y un motor. Para la lavadora, la tele, el frigorífico. Dos o tres días por semana baja a Sabiñánigo a llevar los corderos al matadero y algún día baja a dormir también. Por estar un rato con la familia. Algunos fines de semana hay visita. Hermanos, primos, cuñados…

El último habitante. Luis es el único morador de Cerésola.

En el Bierzo hace una brisa que mueve las ramas. La carretera serpenteante no es apta para estómagos urbanitas. El GPS da error de señal. Un cartel: “Firme en mal estado. Circule con precaución”. El sol va matizando una orografía a veces dura, a veces verde, que deja ver un horizonte como de montaña rusa. En Cruces viven tres personas desde 1975: Dalmiro y Pepe Barreiros, hermanos, de 72 y 80 años, y Herminia, de 75 años, casada con el primero. No tienen coche (“Me daba miedo estudiar”, responde Dalmiro), pero les falta lo principal: lo que el estudio La población rural de España. De los desequilibrios a la sostenibilidad social (editado por La Caixa, 2009), dirigido por Luis Camarero, director del departamento de teoría, metodología y cambio social de la UNED, denomina generación soporte. Esas personas en torno a los 40 años, hijos de los que no se fueron durante el éxodo y que por su edad activa y su importancia en los cuidados de los mayores son cruciales, ya que, según este informe, más de uno de cada seis habitantes rurales es mayor de 70 años.

Dalmiro pasa el tiempo cultivando patatas, trigo, cebada (para comer). Las gallinas dan huevos (para comer). Hasta el año pasado tuvieron cerdos (para comer), pero ya no porque no existen matarifes en la zona. Economía de subsistencia. Así está la cosa. Llega Herminia, con ganas de pegar la hebra. Tiene pocos dientes: “¿Y cómo es Madrid? ¿Ustedes tienen señoras?”. Es lo único que habla. Coge leña.

Los inviernos son duros. Si nieva mucho, se quedan sin ver a nadie porque no pueden salir. Nadie: menos de lo que ven normalmente. A veces Dalmiro anda camino abajo hasta Albaredos, otro pueblo a poco más de un kilómetro de Cruces, donde vive sola Teresa, con 85 años y una capacidad increíble para relatar como un cuento lo que le ha pasado en la vida. Su hija está en Ponferrada, pero viene a Albaredos todos los fines de semana. Para echarle un vistazo a su madre. Por si le ocurre algo.

-Y digo yo: ¿qué me va a pasar? No puedo vivir en otro sitio. Aquí hay lobos, ¿pero cómo les voy a tener miedo si no hay mayor loba que yo? Le rezo a san Cosmín todos los días y me ha hecho muchos milagros. Soy mayor o anciana, no vieja.

Todo tiene un límite para Dalmiro. Dice que nadie se preocupa de los pueblos pequeños. Solo de las grandes ciudades, donde hay votos. “Pero lo que yo digo es que todos somos personas”.

Cuando España vivió la revolución de las comunicaciones, en la década de 1980, dejó a estas zonas de lado. Autovías y autopistas vertebraron las áreas urbanas, los pueblos grandes, los lugares donde pasaba gente. En territorio en continua despoblación, nada de flamantes vías. La orografía fue un obstáculo. Es un círculo vicioso: si no hay vecinos, no hay infraestructuras ni servicios, pero si no hay infraestructuras ni servicios, los vecinos terminan huyendo.

Tampoco pueden invertir demasiado los Ayuntamientos, que no andan precisamente nadando en oro. Jesús Lasierra, alcalde de Sabiñánigo, explica que existe un fondo que se reparte entre las pedanías en función de lo que necesiten, de la población y de la distancia a Sabiñánigo (farolas, asfalto, tendido eléctrico). Alfredo de Arriba, regidor de Barjas, el municipio del que depende el pueblo de Dalmiro, le da vueltas a la cabeza: “Los alcaldes de las zonas rurales no podemos pensar en grandes inversiones, pero sí podemos ofrecer servicios sociales. Como el coche que ponemos a disposición de estos tres vecinos para que acudan al centro de salud, a renovar el DNI o al especialista del hospital de Ponferrada”.

El estudio de La Caixa puntualiza: “Las áreas rurales funcionan hoy en la medida en que la movilidad es posible, y se puede acceder a otros mercados de trabajo fuera de la localidad, y permite el asentamiento de residentes y el desarrollo de actividades productivas hasta ahora poco presentes”. El programa Proder, con fondos europeos, estatales y autonómicos, lleva desde los noventa repartiendo subvenciones para promover actividades empresariales diversificadas. El alcalde De Arriba confía en que la crisis sirva para tomar conciencia del campo.

Porque donde hay riqueza hay población. El turismo de aventura lleva dos décadas salvando a pueblos enteros en Aragón. La Asociación de Empresas de Turismo Deportivo Aragón (TDA) registró el año pasado más de 200.000 actividades y facturó más de siete millones de euros. Luis Pérez, alcalde de Murillo de Gállego, recuerda en el periódico El Heraldo de Aragón: “Éramos un pueblo abocado a quedarse sin gente. Nos íbamos en busca de otra forma de subsistencia hasta que el rafting nos devolvió la vida”. En 10 años, Murillo ha incrementado su población en unas 30 personas, en su mayoría jóvenes. Y eso ha llevado a la restauración de parte del patrimonio.

Elma Andrés compró hace 12 años una finca en Río de Porcos, un pueblo minúsculo dependiente del concejo de Ibias (Asturias), y la reformó. Vive con Roberto, su compañero, y Lia, su hija de nueve años. Les da de comer el campo y varias habitaciones que alquilan como turismo rural. Son la evolución del neohippy de los setenta. A Río de Porcos solo se puede acceder desde Galicia. Se deja el coche en una pista de tierra y se cruza un puente de madera al estilo Indiana Jones sobre el río Navia. El puente vibra, se mueve. Después, ya en territorio asturiano, hay que subir la ladera de un monte y luego (sudores) subir más. La casa de Elma está ahí: impecable, nueva.

-Nos somos unos olvidados. A lo mejor quisimos que nos olvidaran.

Quisieron que pasaran de ellos, pero han necesitado a la Administración. Y han encontrado muchas trabas. Primero, Elma pidió que le asfaltaran la pista al otro lado del río para que no se convirtiera en un lodazal en invierno, pero el consistorio le contestó que no: aunque sea el único acceso a su pueblo, en Asturias, el camino pertenece a Galicia (y esta comunidad, como todas, no va a emprender una obra para el disfrute de los habitantes de otra región). Segundo, no les podían poner contenedores de basura porque se los tenían que dejar en territorio gallego. Al final accedieron, pero vienen a recoger la basura cada 15 días. Tercero, hasta hace un mes la televisión se veía cuando le daba la gana debido a la mala señal del repetidor. Después de plantarse en el Ayuntamiento, le han subvencionado una parabólica.

En las zonas de puertos de montaña y curvas no vale contar en kilómetros, sino en tiempo. Paciencia de santo. Elma tarda más de media hora para hacer la compra en A Fonsagrada, municipio lucense. Una hora y media al hospital más cercano, en Cangas de Narcea (Asturias). Dos horas y cuarto a Oviedo: compras, cine, paseos para la niña, visita a los abuelos. Cuando van, se quedan un par de días en plan excursión. De todas formas, a Elma no le gusta viajar y cada vez le agobia más la gente.

Si hace 30 años, pocos querían la huerta donde nacieron, ahora menos, con los precios de los productos en caída libre. David, de 29 años, y Jesús, de 23, son los únicos dos hermanos, de un total de seis, que se han quedado en Arraso (Huesca), una consecución casi cúbica de edificios superpuestos. “Para lo que hay, preferimos esto”, argumentan. Viven con su padre, Saturnino Zamora, y su madre, Consuelo López. La pila bautismal de la iglesia tiene tierra. Los varones de la familia tienen que trabajar de sol a sol: labrar, sacar las ovejas al monte y llevarlas a la cooperativa de Sabiñánigo cuando están hermosas. La madre sale poco: “Esto es un paraíso”.

La vida en Arraso es sencilla, espartana, sin concesiones a la estética. Jesús sale en Sabiñánigo los fines de semana. ¿Y hay chicas a las que les guste el campo? “Sí que hay, pero pocas”, se sonríe visiblemente ruborizado. David cada vez sale menos porque prefiere quedarse leyendo. Ahora está profundizando en Cervantes: “Lo estoy flipando”. Jesús se entretiene arreglando su habitación: forrándola entera de madera. El saco de boxeo que cuelga en el cuarto le sirve para descargar energías cuando se aburre. Consuelo juega con los gatos y le da el biberón a un corderillo de 15 días.

Ella es una de las pocas excepciones que confirman la regla de un fenómeno que Luis Camarero detalla en el estudio de La Caixa: la masculinización del medio rural. Las mujeres han tenido tradicionalmente un papel subsidiario dentro de la explotación familiar agraria y a partir de los sesenta y setenta emprendieron “la huida ilustrada”, o sea, estudiar en entornos urbanos para alcanzar las posiciones de independencia que les negaba el terruño. Consuelo pone el dedo en la boca del cordero y este cree que va a salir leche. “Ay, qué cosa chica”, le grita.

El peligro no desaparece. ¿Qué pasa cuando un pueblo pierde a su único morador? En Barrosas, dentro del municipio de Barjas (El Bierzo), vivía en 2003 una persona. En las elecciones de ese año se alzó como alcalde pedáneo en un intento moribundo por salvar su pueblo. En los comicios de 2007 ya no había nadie. Y no hubo alcalde. Y no hubo nada (no hay nada). A pocos kilómetros de allí, Santibáñez de Montes está donde dice su nombre: entre cerros. Desapareció del mapa el pasado mes de abril. Llevaba deshabitado casi 40 años, desde que los últimos vecinos empaquetaron sus cosas y cerraron la puerta. El Boletín Oficial de Castilla y León ha autorizado la supresión de la entidad. Porque “no existen vecinos empadronados”, “no existen edificaciones que puedan formar un núcleo” y se da una “ausencia reiterada de órganos de gobierno”. Quedan algunos muros y un limbo administrativo. En verano, las hierbas crujen escocidas por el sol.

Entre montañas. Vista de Cerésola, núcleo perteneciente a Sabiñánigo, en el Prepirineo de Huesca.

Camino de otro tiempo. Los accesos a este tipo de localidades casi despobladas suelen acusar el olvido de años, como este de Cerésola.

Por Cristobal Ramírez en El País Semanal.

Fotografías por Juan Millás y Eduardo Nave.

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