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“Mis padres me compraron por lo que valía un piso”

In historias humanas on julio 31, 2010 at 7:27 pm

María sólo tiene una certeza: que es madre de tres hijos. El resto de su vida es un vacío ignoto. Posiblemente no se llame María, ni naciera un 29 de septiembre de 1968 en Tortosa, en la provincia de Tarragona, como siempre le habían contado en su casa y como asegura su partida de nacimiento. Fue hace tres años cuando los cimientos de su existencia se resquebrajaron a sus pies. «La historia de mi vida es una gran mentira», dice con dolor. Una mentira cuajada de preguntas que no tienen respuesta. No todavía. «Yo no sé quién soy y tengo derecho a saberlo», señala con firmeza. María, que vive con sus hijos en un pueblo del alfoz de Burgos, es una de las 60 personas que integran Anadir (Asociación Nacional de Afectados por Adopciones Irregulares), un colectivo que persigue denunciar las adopciones ilegales que al parecer fueron práctica habitual en las décadas de los sesenta y setenta y ayudar a aquellos padres a quienes, con la mentira del fallecimiento, les fueron robados sus hijos para más tarde ser vendido al mejor postor. El próximo mes de octubre, Anadir presentará una denuncia colectiva ante la Audiencia Nacional para que investigue estos casos.
Poco podía imaginar María que por su tercer embarazo le acabaría revelando una realidad terrible. Aunque desde niña siempre sintió que había episodios familiares un tanto extraños, poco o nada evocados o sobre los que se extendía una silenciosa nebulosa, jamás hasta hace unos años sospechó con fuerza que podía ser hija adoptada. «A veces me preguntaba cosas, como por qué nadie recordaba a mi madre embarazada o por qué no había fotos de ella en estado o por qué no nos parecíamos en nada o por qué tardaron 18 años en tenerme. Pero yo misma me respondía, sugestionada por las mentiras que obtenía por respuesta». En el último embarazo, María tuvo que ser ingresada porque la niña que esperaba en su vientre no crecía. Para entonces ya andaba con el runrún en la cabeza. Pero fue entonces cuando, preocupada por antecedentes genéticos que podrían ayudar a saber lo que le pasaba al bebé, llamó a su madre -con quien nunca mantuvo una buena relación, reconoce- y le preguntó a bocajarro si era adoptada. Su madre, Josefa Vivanco, le espetó con frialdad lo que tantas veces había escuchado: que ella había nacido en la clínica La Alianza de Tortosa, cerca de donde estaba destinado su padre, Clemente Labarga, empleado del Estado, a pesar de que el matrimonio era burgalés y aspiraban a radicarse en la provincia castellana.

Pero María halló pronta respuesta a sus desvelos a través de una hermana de su madre, con quien ésta tampoco tenía buena relación, y quien le confesó lo que temía. Rauda, se puso en contacto con la clínica en la que presuntamente había venido al mundo, hoy ubicada en otro lugar. Y se encontró con que el centro sanitario nunca había estado ubicado en la dirección que aparece en su partida de nacimiento. Tras consultar con el catastro de Tortosa, María supo que en ese número y en esa calle había en 1968 una fonda y en la actualidad una vivienda.

Y para allá que se fue con las fotos de su bautizo y la partida de nacimiento. Localizó a sus padrinos, a quienes no había visto nunca. Fueron educados y hasta cariñosos, pero no consiguió que fueran más allá con excepción de una extraña declaración: que ejercieron de padrinos sin conocer a sus padres y que lo hicieron como favor a una tía comadrona teniendo que desplazarse desde Benicarló 80 kilómetros. Localizó también a la comadrona que firmó su partida. Después de conversar con ella, la partera acabó recordando su caso y certificando algo que dejó a María de piedra: que, efectivamente, ella había firmado el documento, pero que no estuvo presente en el alumbramiento. Y que lo hizo como favor a otra comadrona amiga, Pilar Conesa. «Me reconoció que certificó en falso».

Y poco a poco fue cerrándose el círculo: la tal Pilar Conesa («que tiene un verdadero imperio patrimonial en Benicarló, donde se comenta que lo consiguió vendiendo niños a familias adineradas») resultó ser la tía de los padrinos de bautizo de María. Extraña coincidencia. Extraña conexión. Y al bautizo fueron todos: la comadrona, la madre de ésta, y las dos sobrinas, una de las cuales era la madrina, y hasta la hija de la entonces dueña de la fonda, a quien se ve en varias fotografías. Y con quien también se entrevistó María. Y también en vano: ni ella ni la madre le dieron información útil. Aunque no lo sabe, María sospecha que sus verdaderos padres podrían ser personas del entorno de sus padrinos. «Lo que tengo claro es que todos me ocultan algo».

Terrible revelación. Al regreso de sus pesquisas María volvió a hablar con la que siempre había creído que era su madre. Cuando le echó en cara que estaba harta de mentiras, su respuesta, y más el modo en que fue desvelada, golpeó a María brutalmente. «Me dijo que habían pagado por mí el valor de un piso, que lo habían hecho a través de la comadrona de Benicarló y que fue ésta quien impuso a los padrinos».

Durante días María, que desde los dos años vivió en Medina de Pomar (su padre consiguió entonces plaza en el silo de Villarcayo), no pudo dormir ni comer. «Lo primero que sentí fue abandono. Pensé que nada más nacer alguien me abandonó, pero luego, cuando comencé a investigar, pensé que quizás no me habían abandonado, que tal vez me habían robado, que quizás habían mentido a mis padres diciéndoles que había nacido muerta. Pero yo quiero saber. Y prefiero encontrarme cualquier cosa antes de seguir pensando que esa señora es mi madre». Y es que María quiere saber. «Quiero saber quién soy, de dónde vengo, si tengo hermanos o a quién me parezco. Y no quiero nada más, sólo eso. Tengo derecho a saber. Y estoy segura de quién lo sabe. Y mi madrina lo sabe». Hace dos años llegó a denunciar la situación en el juzgado número 4 de Burgos, pero no ha obtenido respuesta alguna. Confía en que la denuncia que con Anadir va a interponer en la Audiencia Nacional dé algún resultado. «Y voy a hacer todo lo posible por descubrir la verdad hasta el día que me muera», manifiesta.

Por R. Pérez Barredo en Diario de Burgos

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