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Vete tranquilo, que ya hablaremos a la vuelta… Si sigues aquí

In historias humanas on julio 29, 2010 at 5:25 pm

“Me dicen que me vaya tranquilo y que disfrute de las vacaciones. ¿Pero cómo quieren que me lo pase bien si no tengo ni idea de lo que va a ocurrir en septiembre? Vete a saber lo que me encuentro cuando vuelva”. Este sentimiento que expresa F.A., ingeniero, no sólo subraya la creciente inseguridad que ha generado la crisis, sino que tiene mucho que ver con la continua inestabilidad en que vive la empresa contemporánea, sujeta a continuas reestructuraciones, a  veces a consecuencia de los malos resultados, y en ocasiones con la excusa  de evitarlos. Como ese cambio organizativo permanente tiene en septiembre una de sus épocas más agitadas, las vacaciones de verano llevan algún tiempo siendo un motivo más de estrés que una época de satisfactoria desconexión.

Ese es un resultado ineludible, señala Juan Antonio Esteban, presidente de AEDIPE (Asociación Española de Dirección y Desarrollo de Empresas) Centro, de una época como la nuestra, en la que nadie trabaja en entornos estables y donde las carreras ya no volverán a ser lineales. “Y tenemos que acostumbrarnos a ello. Todos hemos visto a compañeros que han tenido que salir de la organización o que han sido destinados a otros puestos, y eso puede generar un sentimiento de estrés, pero todos los profesionales sabemos que las empresas están sometidas a procesos permanentes de cambio y que dentro de tres meses o de seis meses serán diferentes. Está claro que nos iremos de vacaciones sabiendo que habrá cambios a la vuelta, pero hoy, y más aún si se tienen cargos de responsabilidad, la incertidumbre es una premisa del trabajo. De modo que pero tendremos que hacer autoanálisis y saber lo que queremos hacer y dónde queremos estar. Porque esto es lo que hay”.

Sin embargo, afirma Diego Vicente, profesor de comportamiento organizacional de IE Business School, es inevitable que ante esta situación nos preguntemos si tantas variaciones en la organización acaban siendo útiles. “Hay una queja habitual en el mundo directivo sobre el sinsentido del cambio por el cambio. Cada vez son más los ejecutivos que afirman que están cansados de que su empresa se transforme constantemente, de que no hayan acabado de implantar el modelo anterior cuando ya están pensando en el siguiente”. Para Vicente, ese exceso es producto de una “falta de contacto directo con la organización y con las personas que realmente llevan el peso, las que están en contacto con los clientes, además de una peligrosa impaciencia que no deja sitio para que las acciones den sus frutos”. En buena medida, “las reestructuraciones se han convertido más en una costumbre empresarial que una acción a utilizar en momentos necesarios”.

Para Juan Antonio Esteban, el contexto es el que impone las reglas, y empresas y profesionales lo único que pueden hacer es adaptarse a ellas. Y en este momento, “la estabilidad es una utopía y los cambios son inevitables. Sin duda, hay diferencias entre sectores y entre empresas pero la necesidad de adaptación está ahí. La economía es inestable, los clientes son más exigentes, la economía está más globalizada y por lo tanto hay más competencia, de modo que cualquier organización ha de estar mirando alrededor y hacia delante permanentemente”.

Cree Esteban que la imagen en la que mejor se puede sintetizar la situación es la de esa rana a la que si la metes en el agua y aumentas poco a poco la temperatura fallece por falta de  reacción, mientras que si la metes en agua hirviendo salta rápidamente. “Que la compañía salte con frecuencia es sobre todo una demostración de salud empresarial. Cada vez hay más cambios en la regulación, en el mercado y en la economía y, por tanto, reinventarse periódicamente es inevitable. No hay otra opción, aunque eso afecte a los puestos de trabajo o al bienestar de ejecutivos y empleados. Pensar en una organización más estable no es más que un tópico irrealizable”.

Unas vacaciones psicológicamente perjudiciales

Así las cosas, asegura Diego Vicente, es natural que en el tiempo de vacaciones estemos pensando sobre qué va a pasar en el futuro, porque esa es la tónica a la que nos hemos habituado a lo largo del año. El inconveniente de esta dinámica “es que, además de limitar las posibilidades de la empresa, favorece estados psicológicos perjudiciales”. Las vacaciones son un momento idóneo para que estas conductas irracionales irrumpan, como la de esos directivos que, aun estando en la playa, llaman con frecuencia a la empresa para recabar toda la información posible sobre los rumores circulantes.

“Cuando hay estrés, es normal que aparezca un tinte paranoico. Todos lo somos en alguna medida y eso nos da equilibrio y salud mental. El gran problema aparece cuando estos comportamientos pasan a ocupar la mayor parte de nuestra actividad mental”. Por eso, afirma Vicente, tenemos que ser lo suficientemente sensatos para intentar vivir el presente, sin dar vueltas al pasado ni anticipar el futuro, y tratando simplemente de disfrutar de lo que tenemos. Y lo que tenga que ser, será”. Además, y máxime cuando hablamos del tiempo de vacaciones, debemos buscar nuestra tranquilidad en la sensación de haber cumplido con nuestras responsabilidades.

“Tenemos que ser conscientes de que hay cosas que no están en nuestras manos. Y si te marchas de vacaciones con la conciencia tranquila porque has desempeñado eficientemente tu trabajo y a la vuelta te quitan la silla, aun cuando suene complicado decirlo, puede ser una bendición. Porque si tienes unos compañeros o unos jefes que no son los suficientemente valientes para decirte las cosas a la cara y te pegan la puñalada cuando les das la espalda, es mejor no estar con ellos, porque van a perjudicar enormemente tu carrera”.

Gente peligrosa que ‘envenena’ el ambiente

Abunda en ese sentido Juan Antonio Esteban, para quien es una mala señal que alguien piense que su futuro está condicionado por la mera presencia física en la oficina. “Lo normal es que alguien se gane su puesto de trabajo por su nivel de desempeño en el día  a día. Las compañías, cuando toman decisiones, se suelen basar en un histórico y en el  análisis de la situación concreta. Si uno ha sembrado durante el invierno, ejecutando adecuadamente sus responsabilidades, no tendrá ningún problema”.

Pero también es cierto (“no podemos negar la realidad”, afirma) que en toda compañía “hay un grado elevado de política, de mercadeo de puestos, de mucho pasillo”. Pero aunque seamos conscientes de la existencia de estas actividades subterráneas,  afirma Esteban, “no podemos estar pendientes de ellas. Lo que tenemos que hacer es poner nuestras energías en cumplir nuestros compromisos, porque eso es lo de que de verdad nos ayudará”. Caemos a menudo, asegura Vicente, en el error de hacer demasiado caso a tipos de personalidad enferma.

“Hay gente muy peligrosa, a la que no se le escapa un detalle, que extiende rumores y que envenena el ambiente. Y por desgracia, las compañías están cada vez más llenas de estas personas”. La mejor forma de combatirles, señala Vicente, “es no hacerles caso. Y las vacaciones son un tiempo ideal para eso, alejándonos de esas personalidades patológicas y buscándonos más a nosotros mismos. En el fondo, eso son las vacaciones, la oportunidad para conectar con uno mismo y con los que te quieren”.

Por Esteban Hernández en El Confidencial

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