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“El día que nos llega una postal, gritamos de alegría”

In Breves humanos on julio 22, 2010 at 9:30 am

El 19 de julio de 1972, Ramón Martínez empezó a repartir el correo en el distrito postal 8 de Barcelona, que corresponde a una zona del Eixample. Franco aún vivía, no había mujeres carteras y le daban propinas de 5.000 pelas. Casi 40 años después, Ramón continúa en el mismo distrito pero casi todo lo demás ya es historia. Solo hay una cosa que no ha cambiado: el cartero recuerda todos los nombres de los vecinos de su zona.

–Usted empezó en el Eixample.

–Así es. Disculpe, antes de seguir con la entrevista, ¿necesita pasar por su casa? Estamos muy cerca.

–¿Y usted cómo sabe dónde vivo?

–Aaah… Es el poder de los carteros.

–Cuénteme.

–Esta mañana he cantado su nombre en el centro de reparto de Correos en la calle Mallorca y la compañera que reparte en su zona me ha dicho la calle y el número de su casa.

–¿Cómo que cantado?

–Es lo que hacemos cuando llega un sobre que solo lleva escrito el nombre del destinatario, sin calle ni número. Decimos el nombre y los apellidos en voz alta y el compañero que los reconoce lo lleva al domicilio.

–Me deja de piedra. Qué control.

–No se lo imaginaba, ¿verdad? Y lo de los carros, ¿lo sabe?

–¿El qué de los carros?

–Antes cargábamos con carteras que pesaban 20 kilos o más, pero cuando las mujeres entraron en el servicio de correos empezaron a traerse de casa los carros de la compra.

–¡Qué listas! ¿Así que fueron ellas las que impusieron los carros?

–Sí, pero costó un poco. Muchos no querían cogerlos porque era como perder la hombría. ¡Qué gilipollez! Yo fui uno de aquellos reacios.

–¿Alguna vez ha tenido problemas para entregar alguna carta?

–Antes la Diagonal se llamaba avenida del Generalísimo Franco ¿sabe?, y una vez enviaron un sobre a la avenida del Asesino número 464. Era un sobre que venía de Francia, sin remite, y yo la entregué. Casi se me cae el pelo.

–¿Por qué?

–Por norma no se podían entregar sobres que contuvieran elementos injuriosos y me llamó el abogado de Correos. Imagínese, el paleto de pueblo en aquel despacho imponente. Ya me lo decía mi padre que no me metiera en política… No sé cómo se me ocurrió en ese momento, pero negué haber entregado aquella carta y no pasó nada.

–¿El paleto de pueblo? ¿De dónde es usted?

–De Almería, de un cortijo de la aldea de Gergal. Todavía me acuerdo de cómo me dolían los pies el primer día de trabajo en la ciudad. No estaba acostumbrado a los zapatos. Me crié en el campo y tengo un carácter muy abierto; me meto con todo el mundo. Por suerte, siempre he repartido en la calle. Meterme en una ventanilla hubiera sido como enjaular a un ruiseñor.

–Debe conocer a mucha gente.

–He llevado cartas a Salvador Espriu, que vivía en el paseo de Gràcia, a Pere Gimferrer, a Oriol Vergés y hoy mismo he ido a casa de Ana María Moix, la hermana de Terenci Moix. Las señoras mayores me dan un euro cuando les entrego un certificado y los que me conocen desde hace años me invitan a tomar café.

–Como los carteros de antes.

–Nosotros tratamos con papel y si el papel desaparece, nosotros también. Al cartero tradicional le puede dar ya por desaparecido.

–Qué pena, ¿no?

–Antes nuestra presencia era deseada. No existía el fax y las empresas dependían de nosotros para recibir los pedidos. Una huelga de correos en los años 70 lo paralizaba todo. En cambio ahora no quieren ni que nos asomemos, porque lo que traemos son cartas de Hacienda, facturas, multas… Bueno, quizá no sea tan dramático, pero algo de eso hay.

–¿Cuántas cartas ha repartido hoy?

–Pues… unas mil y pico.

–¿Y cuántas eran manuscritas?

–Ninguna. El día que llega a la central una postal para repartir es algo tan extraordinario que la agitamos y gritamos de alegría: «¡Mirad! ¡Este está de vacaciones en Saint Moritz!»

–Y usted, ¿escribe?

–Hasta hace poco les mandaba una carta semanal a mis padres, que se quedaron en Almería. Pero ahora ya no. Mi padre está muy mayor y el trabajo es mío para descifrar su letra cuando me manda la carta de vuelta.

–¿Y en todos estos años no ha sentido curiosidad por abrir una carta?

–¡Jamás! Eso es sagrado.

Por Gemma Tramullas en El Periódico

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