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‘Estoy harto de mi vida y no quiero pasar los próximos 20 años así’

In historias humanas on julio 21, 2010 at 9:12 am

“Necesito ayuda en cada aspecto de mi vida. Si me pica la nariz no puedo rascarme, no puedo sonarme la nariz, sólo puedo comer como un bebé. No tengo intimidad ni dignidad“. Son las palabras de Tony Nicklinson, un ejecutivo británico de 54 años que sufrió un derrame cerebral y que hoy lucha porque su mujer pueda aplicarle la eutanasia legalmente.

Ayudar a alguien a morir en la actualidad se castiga con hasta 14 años de prisión, aunque nadie ha sido condenado nunca por este delito en Reino Unido.

La batalla legal de Nicklinson es la batalla legal de muchas personas. Aunque sólo puede mover su cabeza y los ojos, Nicklinson tiene claro que no quiere continuar con este tipo de vida y ha elegido que sea su mujer la que le ponga la inyección letal que ponga fin a su sufrimiento, según publica ‘The Guardian’. Por ello, ha iniciado todos los trámites legales para que su esposa no sea acusada de asesinato llegado el momento.

Esta no es la primera vez que este asunto llega a los tribunales en el Reino Unido. En 2001, Diane Pretty, una británica tetrapléjica de 43 años ya fallecida, que acudió a los tribunales para que se le permitiera la eutanasia asistida por su marido, fracasó en su intento de lograr inmunidad para su esposo.

En un documento enviado al Ministerio Público este antiguo jugador de rugby explica que no quiere llegar a la tercera edad en su estado. A Nicklinson le encantaba viajar ahora no sale prácticamente de su casa en Wiltshire. No quiere recibir visitas y tampoco habla con nadie, a quien se dirige usando una tabla con el alfabeto.

“Estoy harto de mi vida y no quiero pasar los próximos 20 años así. ¿Estoy agradecido de que los médicos de Atenas me salvaran la vida? No, yo no lo estoy. Si me ocurriera de nuevo lo mismo, y sabiendo lo que sé ahora, no hubiera llamado a la ambulancia“.

Su parálisis por debajo del cuello significa que no puede suicidarse, excepto si se decide por ayuno prolongado, que no quiere hacer, y tampoco está dispuesto a que su mujer sea condenada a cadena perpetua por cargos de asesinato si ella lo mata. Su deseo es morir en casa junto a su familia y sin tener que viajar a una clínica en Suiza para que le apliquen de forma legal la eutanasia.

Su intención de cambiar la forma en que se aplica la ley en este tipo de casos ha sido calificada de “profundamente preocupante” por los grupos anti-eutanasia, que temen que pueda poner a las personas con discapacidad en una situación de mayor vulnerabilidad frente a la eutanasia.

“Hemos visto casos de suicidio asistido y de eutanasia donde la gente ha sido forzada, incluyendo a personas con discapacidad que se les hace sentir que se han convertido en una carga”, dijo un portavoz de la asociación ‘Care Not Killing’.

Mientras, su mujer, Jane Nicklinson, no sólo apoya la petición de su marido sino que cree que es lo mejor. “Tiene que ser posible para que Tony deje de sufrir. La ley se tiene que cambiar. El suicidio asistido es legal“, asegura al diario británico ‘The Guardian’.

La historia de Nicklinson es la historia de Debby Purdy, la mujer de 46 años que puso contra las cuerdas a la Cámara de los Lores, el más alto tribunal de Reino Unido, al exigir que tomarán una decisión sobre la ley sobre el suicidio asistido.

Por Robert Booth en The Guardian (Traducción de El Mundo)

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