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La crisis está haciendo que muchos ejecutivos se cuestionen si son felices en el trabajo

In historias humanas on junio 30, 2010 at 9:09 am

“Nadie amasa una fortuna sin hacer harina a los demás”. Esa es una lección que todo el mundo conoce en el ámbito directivo, y que hace “bastante difícil compatibilizar ser una buena persona con ser buen profesional”. Santiago Simón, ex directivo, consultor y profesor de ESADE, afirma haber tenido problemas éticos en su trayectoria profesional en la empresa, “porque en muchas ocasiones lo que te piden que hagas y lo que te parece adecuado no es lo mismo. A lo mejor tienes claro desde el punto de vista económico que hay que despedir gente o hay que cerrar empresas, y que si lo haces te van a dar una medalla y un buen bonus, pero eso no es lo que tu sentido ético te dicta. Lo que ganas no lo vives como dinero limpio”.

Una situación que afecta especialmente cuando han de tomarse decisiones perjudiciales para aquellos a los que se podía poner cara. “Si a un cliente al que conoces y con el que te has ido a comer, le comienzan a ir mal las cosas, y tienes talones impagados y letras avaladas te van a exigir que los ejecutes: si el hombre pierde su casa, problema suyo. Y lo haces, pero también eres consciente de que se trata de algo en lo que no ha habido mala voluntad, donde no hay dolo; es simplemente que los negocios a veces van mal… Tienes instrucciones de dirección, haces cosas legales que son profesionalmente convenientes, pero que te dejan un nudo en el estómago.

Claro, cuando en la guerra se lanzan bombas no importa, pero cuando se pelea con bayoneta y tienes que ver la cara de aquellos contra los que combates, es otra cosa”, cuenta Simón. Se trata, además de una clase de problemas que se han recrudecido con la crisis financiera, donde se llevan a cabo con cierta frecuencia prácticas que son legales pero que no siempre resultan éticas. Si te están presionando para que mejore el beneficio en el banco en el que trabajas, a lo mejor pones los ahorros del abuelo en un producto estructurado por el que cobras comisión. Y si luego lo pierdes le echas la culpa al abuelo, por avaricioso. Esas actitudes ocurren y son legales, pero eso es como hacerse trampa al solitario.

Simón sintetiza en estas contradicciones las causas que le llevaron a abandonar su carrera como directivo. Apostó, afirma, por la calidad de vida, acometiendo una nueva etapa como docente y consultor, en la que esa divergencia radical entre lo exigido y su conciencia no tuviera un papel protagonista. Y dice sentirse realizado en sus nuevos trabajos, y muy feliz con su ritmo de vida, en el que puede permitirse disfrutar de más tiempo: “la docencia puede ayudar a las personas a crecer, a transmitirles valores y a dejarles claro que sólo se vive una vez. El trabajo es un medio, no un fin, por lo que es importante advertirles de que, si bien es importante desarrollar una buena carrera profesional, lo es aún más que no se dejen cegar por la ambición”, asegura. El caso de Simón no es único.

Muchos directivos, asegura Remedios Torrijos, profesora de Comportamiento Organizacional en IE Business School, “están comenzando a cuestionarse si son felices en su trabajo, si realmente se sienten realizados, si de verdad les compensa un estilo de vida que no les permite tener tiempo para la familia, vivir la infancia de sus hijos o disfrutar tranquilamente con sus amigos de las cosas que le gustan”. Son preguntas, no obstante, mucho más frecuentes en aquellas personas que han sobrepasado los 40 años. Hasta entonces, afirma Torrijos, “una gran mayoría de ejecutivos jóvenes sólo quieren ganar más dinero, conseguir reputación y tener éxito”.

Una situación que Simón resume recurriendo a una metáfora taurina: “cuando un torero no tiene dónde caerse muerto, se arrima mucho al toro; cuando tiene la vida resuelta, se pregunta para qué se va a jugar la vida. Igual ocurre en la empresa. Cuando terminas tu periodo de formación y quieres hacer un patrimonio, cuando tienes hambre, te planteas unas cosas; y cuando tienes el riñón cubierto, te planteas otras. Hay animales que sólo cazan cuando tienen hambre”. A partir de los 40, afirma Torrijos, las prioridades cambian, y los ejecutivos comienzan a buscar el sentido de las cosas, preguntándose si viven la vida que quieren vivir, para qué trabajan 24 horas o si realmente lo que hacen tiene que ver con ellos.

Es entonces, dice la profesora del IE Business School, cuando empiezan a tomar el control de su vida, tratando de evitar aquello que les hace sentirse con carencias y buscando los espacios donde pueden fluir. En definitiva, frente a esa ambición mal entendida, que te puede llevar a una agresividad y competitividad que va abrasando y quemando a las personas, los directivos tienden entonces a buscar el sentido de su vida. Es también el momento en que pierden el miedo. “Hasta entonces, temían al fracaso, a no poder afrontar las cosas, a no ser reconocidos. En esa época, descubren que igual que creas el miedo en tu cabeza también puedes crear tu alegría, que el problema puede ser una oportunidad, que cuando una historia fracasa abre también un nuevo horizonte”, dice Torrijos.

Y eso hace que mucha gente se decida a dar un paso adelante en la búsqueda de aquello que verdaderamente les satisface. La Escuela de Filosofía Ese es el caso de Gonzalo Mendoza, un ejecutivo (ex de Andersen Consulting, Banco Urquijo o S.G. Warburg) que decidió poner en marcha en 2004 un viejo sueño, ‘La Escuela de Filosofía’, un centro independiente de formación filosófica. Entre las razones que llevaron a su fundación, y aunque la escuela no posee una orientación prioritaria hacia el entorno económico, figura el hecho de que sus experiencias laborales le hicieron pensar “que la vida en la empresa podía y debía ser de otra manera. La empresa no es sólo un lugar en el que se busca el beneficio económico, sino un espacio en el que la gente pasa gran parte de su tiempo.

Y en esa tarea de mejora, la filosofía puede ser muy útil”, afirma Mendoza. Y ello porque la insatisfacción en el trabajo, según Mendoza, no está tan relacionada con malas elecciones profesionales o con la actividad en sí, cuanto con el ambiente. “Trabajar en una escuela, en un periódico o en una gran empresa puede ser satisfactorio para cualquier persona si se la deja hablar, se la escucha y se fomenta su espíritu crítico”. Esa actitud es la que la filosofía le aportó y la que quiere fomentar a través de la escuela. “La filosofía puede aportar a un ejecutivo varias cosas, desde un bagaje cultural que puede ser puesto en valor en la vida laboral, hasta una ampliación de la razón que incluye aspectos emocionales y que le ayuda a encontrar soluciones en esos contextos complejos en los que ha de desenvolverse. Pero su enseñanza principal tiene que ver con el ejercicio de hablar y escuchar al modo filosófico, de modo que los ejecutivos sepan dar cuenta de las razones que les llevan a hacer las cosas que hacen y a saber escuchar las razones de los otros”.

Ese mecanismo relacional sería, pues, decisivo a la hora de mejorar las relaciones en el trabajo y, por tanto, de generar mayor bienestar en el seno de la empresa. Pero cuando esa meta no se alcanza, los ejecutivos ya no dudan en emprender diferentes caminos para encontrar un sentido a su actividad profesional y para poder estar a gusto consigo mismos. Algo que, según Remedios Torrijos, cada vez es más demandado en el mundo empresarial. Y si ello supone cambiar de actividad profesional no se arrugan: “han perdido el miedo”.

Por Esteban Hernández en El Confidencial

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