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Ser inmigrante en Grecia

In historias humanas on junio 23, 2010 at 3:28 pm

Hay una larga cola de personas esperando delante de los locales policiales fuertemente protegido en las afueras de Atenas. Algunas de las personas están de pie, algunos están sentados, otros tendidos en el suelo.  Todos están agotados y muchos parecen estar atravesando una difícil situación personal. Se han reunido en esta dirección infame porque aquí, a los inmigrantes indocumentados se les da la opción de solicitar un permiso asilo. La opción es, por supuesto, solamente teórica. Las personas que forman la cola de hoy llevan esperando 24 horas, algunos incluso más.

Hay alrededor de quinientas personas formando la cola. Quinientos hombres y mujeres del tercer mundo que han venido hasta aquí agarrándose a un clavo ardiendo. La mayoría de ellos viven en la calle. De pie, cabizbajos, están flanqueados por una alta valla de alambre, montones de basura y arrogantes policías griegos. De vez en cuando, un coche de patrulla pasa lentamente por su lado.

Sobre la una de la mañana, un policía de paisano se para delante de ellos. Todos los que allí esperan saben muy bien que el hombre que les precede está a punto de elegir a los quince -veinte en el mejor de los casos- afortunados que se enfrentarán cara a cara con los fríos burócratas griegos. Sin embargo, es difícil mantener la esperanza sabiendo que incluso los más afortunados entre los quince, elegidos caprichosamente por los hombres vestidos de civil, tendrán un 0,7 por ciento de posibilidades de que se le conceda el asilo. Éstas son las cifras oficiales desde 2009.

“¡No puedo más” nos dice Ansar Djabal Bashir . Ansar tiene 27 años y viene de Peshawar, en el noroeste de Pakistán. Como todo el mundo aquí, está ansioso por contar su historia, pero sólo a espaldas de la policía porque no quiere mermar sus ya escasas posibilidades. “Estoy harto de toda la humillación y el racismo. Si hubiera sabido lo que me esperaba en la UE, no me molestaría en venir. Aquí, en Atenas, la mayoría de los inmigrantes lo tienen aún peor que de dónde venían. Y esto no sólo es para los que proceden de países pobres, sino también para las personas que huyen de zonas de guerra”.

Un gran grupo de hombres se reúnen alrededor de nosotros, asintiendo con la cabeza firmemente acerca de lo que Ansar dice. “Llevo esperando aquí desde ayer por la mañana. Y ha sido así durante once semanas consecutivas. Simplemente no tengo otra opción. En las calles donde vivo ahora se me considera un criminal porque no tengo los papeles. Cuando todavía estaba en condiciones de pagar el alquiler a un amigo pakistaní, vívia con otras ocho personas en una pequeña habitación de madera por encima de la plaza Omonia. Pagábamos 85 euros al mes cada uno, pero se me acabó el dinero. El tipo me dio una semana para reunir el dinero y luego me tiró en la calle. Mucha gente esperaba ansiosa ocupar mi lugar”.

Cuando llegó a Grecia, Ansar rezaba para obtener asilo político. “Tuve que escapar de los talibanes. Ellos me amenazaban con matarme. Un hombre que conocí me dijo que con mi educación y habilidades no tendría ningún problema en conseguir un trabajo aquí en Europa. Él me mintió porque estaba interesado en sacar tajada de las personas que organizaron el viaje”.

De vuelta a casa en Peshawar, Ansar había terminado tres años de económicas en la universidad. Pero a medida que la guerra se intensificó, las cosas se pusieron peor y los librepensadores se estaban convirtiendo en los principales objetivos. Sus padres le aconsejaron huir a Europa y así lo hizo. Entregó todos sus ahorros, 6000 euros, a los contrabandistas locales. Tardó dos meses en llegar a Grecia por la ruta habitual a través de Irán y Turquía. Sin embargo, cuando llegó a la isla de Lesbos, fue detenido por la policía griega. En vez de llegar a su fin, su calvario apenas comenzaba. “He estado aquí en Atenas durante siete meses”, nos dice. “En todo este tiempo, no he ganado un solo euro. No hay trabajo. El número de inmigrantes es enorme. Lamento decir que las relaciones entre nosotros no son buenas. Todo el mundo va por libre. Es lo que pasa aquí, estamos a la espera para solicitar un asilo. Todos nosotros, creo, somos muy conscientes de que nuestras posibilidades son escasas o ninguna. Pero ya ves, no tenemos nada que perder. Tal vez, sólo tal vez me escojan entre esta multitud en un par de semanas, y por lo menos me concedan una entrevista. Hecho de menos mi hogar, pero no puedo ir allí porque me matarían. Además no tengo el dinero para el viaje. Si lo tuviera, me iría a Italia y de allí a los países escandinavos. He estado escuchando un montón de cosas buenas acerca de Escandinavia. He oído que nos tratan con mucho respeto, más que aquí donde el racismo y la violencia policial son la norma”.

Los jóvenes formados de Pakistán le dan vueltas a la cabeza: “He tirado mi vida a la basura. Temo haber dilapidado la confianza de mis padres. Ciertamente he dejado tirada a mi familia. Vivo peor que un chucho asqueroso: apesto, me muero de hambre, me meto en peleas. Cada uno de los aquí presentes ha sido arrestado varias veces. Muchos han podido huir a través de otros países europeos sólo para ser devuelto de nuevo aquí. La ley de la UE dice que los inmigrantes indocumentados deben ser devueltos al país de su punto de entrada”.

Cuando Ansar habla, es interrumpido constantemente por sus compañeros de la cola. Todos tienen una imperiosa necesidad por que su historia se conozca. Sudán, Somalia, Nigeria, Guinea Ecuatorial, Afganistán, Irán, Palestina, Nepal, Bangladesh, Bolivia, Tayikistán. Todos se mueren por contar sus trágicas historias de cómo tratar de penetrar en la fortaleza llamada Europa.

Las ecuaciones de la Esperanza

A sólo unos kilómetros de distancia, las masas griegas se están preparando para las manifestaciones violentas. El ataque principal es contra el paquete de medidas propuesto por el gobierno que anuncia la entrada irreversible de Grecia en el Tercer Mundo. ¡Qué ironía devastadora que el mismo Tercer Mundo todavía trata de utilizar Grecia como punto de entrada!.

Pero aún estamos aquí, en la cola de las 500 personas. Gibon tiene 33 años y es originario del Delta del Níger, devastado por la guerra en Nigeria. Se las arregló para obtener un título en programación de computadoras en Lagos: hizo algo de dinero y luego partió para Europa. En Grecia, pronto se quedó sin recursos, a merced de un sistema demasiado monstruoso para ser comprendido.

“Nos golpearon como animales. Utilizan perros y coches para empujarnos hacia la carretera principal que conduce al centro de la ciudad. En las últimas 24 horas no hemos tenido nada que comer o beber. Cinco de nosotros ya se han desmayado. Es así todos los viernes. He estado viniendo aquí durante los últimos seis meses. No me lo he perdido una sola vez”.

Gibon nos dice que hay un cierto código de espera en esta cola: “Cada grupo étnico lleva su propio recuento. Tratamos de ser justos y asignamos números a las personas en función de su asistencia. Esta es la única manera con la que hemos podido evitar una carnicería entre nosotros. Eso sería exactamente lo que las autoridades griegas quieren, ¿no crees? ¡Un baño de sangre agradable o dos para que todos pudiéramos ser tachado de criminales! Bueno, no debemos permitir que eso suceda. Hay que aferrarse a lo poco de dignidad que nos queda”.

Después de seis meses, Gibon ha logrado obtener un codiciado número 5. Está a punto de coger su lugar en la cola. Ha oído que en estos días hay posibilidades de que sólo se llevarán a los africanos. “Sólo me queda esperar y rezar para que me recojan. Esto es exactamente como un mercado de esclavos, ya sabes. Los policías caminan y casi nos huelen. No les importa quién somos ni de dónde venimos. Por lo general, eligen a los más fuertes. Esto es algo que no entiendo. ¿Cómo puede nuestro destino recaer en manos de personas como éstas? ¡Muchos de nosotros están mejor educados que los todos ellos juntos!”.

Cuando Gibon llegó a Europa, trajo consigo la suma de esperanzas de toda su familia. En los últimos meses, les ha estado mintiendo diciéndoles que todo va bien. Los tranquiliza diciéndoles que tiene un trabajo, pero los pagos no son regulares. Él les envía el dinero que le habían dado para el viaje. “Si vuelvo, no creerán mi historia. No tienen ni idea de que Europa se ha transformado en África. Todos los africanos que conozco que no ha logrado llegar a Europa está mintiendo a sus familias y amigos en casa. Por supuesto, esa es la razón por la que legiones de almas ingenuas siguen llegando todos los días. Se tiene que parar”.

Gibon no tiene más tiempo para hablar con nosotros. Él toma su lugar en la vanguardia de la línea que serpentea a lo largo de la cerca de alambre de púas y por debajo de las atalayas, flanqueado por montones de basura, perros callejeros y las cuerpos de los compañeros que se han desmayado. La escena está iluminada por focos que evocan la imagen de un campo de concentración, iluminando sólo siluetas, desgarradas almas abatidas por la miseria. De vez en cuando, el espantoso silencio se rompe por un grito humano. Veinticuatro horas en una cola de quinientas personas de las que, en el mejor de los casos veinte tendrán un 0,7 por ciento la posibilidad de que les sea concedido el asilo. Esta es la ecuación de la esperanza. Y la esperanza, como sabemos, emana eternamente.

PequeñoKabul

“Me gusta leer. La Historia es mi tema favorito”. Shigoofa dice que tiene 13 años. Estamos sentados en un restaurante afgano en el barrio del noroeste de Atenas, llamado Little Kabul. Shigoofa es un Hazara del gran Kabul, en otro continente. Junto con su madre y su hermana de 15 años de edad, llegó a Grecia hace siete meses.

“Mi deseo más grande en este momento es conseguir un diccionario Sueco-Inglés. Me han dicho que tenga mucho cuidado con los refugiados afganos allí”. La carismática e inteligente adolescente se apresuran a llena el espacio a su alrededor. Eso sería parte de la razón por la que ella y su hermana se han convertido en un objetivo muy codiciado por los traficantes de esclavos locales que merodean a su alrededor en estos momentos – a plena luz del día, y sin ninguna vergüenza.

Lo único que se lo impide es su madre. El padre las abandonó hace mucho tiempo. No tienen idea de dónde está y no les importa mucho: “Por lo que yo sé, somos las únicas mujeres afganas que hemos llegado hasta aquí sin protección masculina. Todo el viaje, fuimos por nuestra cuenta. Pero aquí, estamos en peligro, aún más que en Afganistán, donde nuestra madre siempre tenía que acompañarnos y volver con nosotras de la escuela porque teníamos miedo de un ataque talibán. Sé de muchos casos en los que han arrojado ácido a la cara de una mujer joven o han puesto una bomba en la escuela”.

De vuelta a casa, Shigoofa y su hermana lo tienen más complicado que la mayoría ya que son de origen hazara y han sido abandonadas por su padre. »Por ser hazara, no hay amor para nosotras aquí y mucho menos por parte de los talibanes.”

Shigofa, la hija mayor de Shahaz, vino a Grecia desde Kabul con su hermana mayor Sara. Viajaron durante seis meses y cruzaron desde Turquía a la Isla de Lesbos en endebles barcazas. Recuerda que había dos mil personas encerradas en el centro de detención Pagani, en Mytilene. A esta familia le gustaría abandonar Grecia tan pronto como sea posible (Foto: Uros Hocevar)

Shigoofa nos habla en inglés con fluidez. Lo está perfeccionando en el convento católico donde reside actualmente, compartiendo la habitación con su madre, su hermana y otros cuarenta refugiados. Las palabras salen de su boca como torrentes: “Atenas es el infierno. Grecia es el infierno. Cuando salimos de Kabul, estábamos seguras de que nada podría ser peor. Estábamos felices por haber dejado la guerra atrás. Nuestro viaje duró casi seis meses. Viajamos por todo Afganistán e Irán y a continuación por Turquía. A partir de ahí, nos fuimos en un barco y llegamos a Lesbos, donde nos encerraron de inmediato. El centro local de inmigrantes era una casa grande con 2000 personas en su interior. Fue absolutamente horrible. ¿Por qué tengo que ir a la cárcel? ¿Qué he hecho para merecerlo?”.

Mientras nos sentamos a hablar con Shigoofa, su madre Shahaz mantiene una estrecha vigilancia sobre nuestro entorno. Todos los ojos no están apuntando. Hace unas semanas, a Shahaz le ofrecieron transporte gratuito a Italia a cambio de una de sus hijas.
 Entonces, un contrabandista joven llega y se sienta con nosotros. Bajo la mesa, nos muestra algunas copias cutres de pasaportes griegos. Su objetivo es vendérselos a las chicas por mil euros cada uno.

“Todo lo que espero es que mis hijas lo logren. Por eso hice el viaje. Les gustaría convertirse en médicas o maestras. Espero que podamos llegar a Suecia. Estoy pensando en blanquearnos el pelo para engañar a los guardias de la frontera”.

Shahaz es una mujer de rasgos afilados y maravillosamente alegre, especialmente teniendo en cuenta sus circunstancias. Por si acaso, ha conservado los originales de sus pasaportes afganos. La mayoría de los inmigrantes se deshacen de sus papeles: por alguna razón, piensan que esto podría ayudar a que les otorgasen asilo. Sin embargo, no es más que una ilusión y cada vez más refugiados de la guerra y la miseria se dan cuenta de ello.

Por ahora, Shahaz es consciente de que Europa no es la tierra prometida: “Entre nosotros, el pueblo afgano en Grecia, no hay solidaridad. No tengo ni idea de por qué hemos llegado a esto. Simplemente no lo sé. ¡Es horrible!”. La madre y sus dos hijas pasan la mayor parte de su tiempo escondiéndose de la policía. Todavía no han perdido la esperanza de que algún día llegarán a algún lugar decente. Y por supuesto: hagan lo que hagan, nunca jamás podrán volver a Kabul.

Por Bostjan Videmsek y Uros Hocevar (fotografía) en Periodismo Humano

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