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Queremos reírnos, y reírnos pronto

In historias humanas on junio 16, 2010 at 9:06 am

Quienes forman parte de una red social lo saben perfectamente: miles de personas se hacen compulsivamente fans de grupos de señoras de lo más diversas. Señoras que se asustan al oír la palabra ‘pene’ pero tienen ocho hijos (13.200 fans). Señoras que dicen ‘oyoyoyoyoyoy’ cuando se enteran de un cotilleo (152.600). Señoras que llaman kibis a los kiwis (52.168). Señoras con el pelo chafado por detrás después de la siesta (27.625). Señoras que se ponen el móvil en la oreja sin darle a la tecla de responder (2.943)…

¿No les hace gracia? Entonces seguramente tampoco entenderán el porqué del éxito de Cuore (200.000 ejemplares semanales), una revista de cotilleos que enmarca en un círculo la celulitis de las famosas y les estampa un gran ¡Argg! o en el que los perritos de las celebrities mantienen absurdas conversaciones en bocadillos estampados sobre las fotos robadas a sus dueños.

Por no hablar del fenómeno Lady Gaga, la nueva gran diva del pop, esa menuda estadounidense de 24 años estudiadamente provocadora y estrafalaria (¿unas gafas de sol compuestas de cigarrillos encendidos?, ¿un abrigo hecho con peluches de la rana Gustavo?) que ha sido elegida por la revista Time la artista más influyente de 2010, y que, para regocijo de sus seguidores, parece estar pitorreándose de todos nosotros. ¿Qué está pasando aquí?

“La gente está tan desencantada con la realidad que se lanza a los brazos del surrealismo”, opina el publicista Juan Soto. No es filosofía de barra de bar. Soto sabe de lo que habla: ha creado más de 200 grupos de Facebook, de los que casi la mitad están dedicados a los usos y costumbres de las señoras españolas. Con el que más éxito consiguió, sin embargo, estaba coprotagonizado por un señor italiano: Silvio Berlusconi. “Nada más ver en la tele que le habían agredido con una reproducción del Duomo de Milán, me metí en Facebook para poner en marcha Señoras que atizan a Berlusconi y ya había por lo menos otros cinco grupos parecidos”, explica. En solo 24 horas, consiguió 20.000 seguidores. Después, el portal le pidió que retirase su página.

¿Es esto lo que mueve ahora a la gente, las señoras que circulan por el Mercadona como si fuesen Ben-Hur (13.951 fans)? “Antes la gente dedicaba su esfuerzo a aquello que consideraba que merecía la pena”, continúa Soto. “Ahora sucede lo mismo, solo que lo que les merece la pena es algo distinto. Lo que está pasando en las redes sociales, a qué está dedicando la juventud su proactividad, es un indicador, una señal de que algo está pasando. Falta que alguien lo interprete”, concluye. El publicista resume el espíritu de su generación, los nacidos tras la muerte de Franco, en una frase: “Cada vez votamos menos y mandamos más mails de coña”.

En opinión de José Errasti, profesor de Psicología de la Universidad de Oviedo, no todos los que lean estas líneas comulgarán o captarán esta modalidad de risa: “Me da la impresión de que este tipo de humor o sarcasmo se ha convertido en una seña generacional, en un código interno de reconocimiento entre iguales que comparten un grupo de edad y una saturación de experiencias y lenguajes audiovisuales”, señala. “Esto les lleva a tomar como bandera una defensa de lo cutre no tanto por incapacidad para manejarse en universos audiovisuales más complejos como por agotamiento y hastío de dicha complejidad. Los famosos grupos de Facebook, Lady Gaga, Cuore… Son ejemplos que tienen mucho de guiños cómplices entre sus usuarios y resultan incomprensibles y alejados para las personas que no forman parte del grupo de “iniciados”.

El escritor y periodista Vicente Verdú señala la relevancia de este tipo de humor “adolescente” como forma de comunicación: “La comunicación a través del humor se ha vuelto la comunicación social por excelencia. Lo serio es insoportablemente anacrónico. Las formas toscas, bastas o grotescas de este humor -entre grosero y de patichadas- se corresponderían con la clase de gracia (parecida a las payasadas) que hace reír a una audiencia infantilizada, poco educada, maleducada y simplista. Se podría decir público ‘infantilizado’ pero, tal como están las cosas, acaso sería más preciso hablar de ‘sociedad adolescentizada’ que viene a ser el modelo de más auge y de mayor dominio en nuestros días. Fin del modelo ‘juventud’, actualidad del modelo ‘adolescente’. Además, se trataría de una liberación explosiva que se relaciona bien con el mundo compulsivo y desestructurado (en el sexo, la religión, la cultura, la familia, los valores) que caracteriza al tiempo posmoderno. Un tiempo de crisis, en sí mismo descompuesto”.

Teorías al margen, Álvaro García Bermejo, director de la mencionada revista Cuore, uno de los iconos de la tendencia, intenta explicar el porqué de este auge: “Creo que el tipo de humor que utilizamos en Cuore es la evolución del humor de este siglo. La gente espera algo sorprendente, radical y con un puntito inteligente, que sorprende y arranca una sonrisa y les hace justificar su consumo…”. “Todavía recuerdo una página en la que dos cubatas mantenían una conversación desternillante: ‘Pues a mí me ha morreado [el actor] Hugh Jackman’, decía uno de ellos”. “No sé de dónde viene este tipo de humor ni adónde va”, continúa García. “Pero está aquí, gusta y creo que mezcla bien con algo tan superfluo como las noticias del corazón”.

Sin embargo, para el psicoterapeuta Luis Muiño esta avalancha de humor surrealista y naíf es la respuesta a algo bastante más serio: al síntoma de “la cultura del miedo” que, desde hace ya unos años y según él, se ha instalado en Occidente. Según Muiño, se trataría de un mecanismo de defensa social contra esta cultura. “Es difícil tenerle miedo a algo de lo que te puedes reír”, apunta. Además, insiste, la carcajada es especialmente útil en tiempos de crisis: afloja tensiones y nos hace salir del círculo de pensamientos negativos en el que quizá nos encontremos.

El actor y humorista Millán Salcedo, pionero en esto del humor surrealista -imposible olvidarle con peluca más una rodaja de melón a la oreja, diciendo “¿Digamelónnn?”-, coincide con Muiño. “Llega un momento en el que físicamente tienes que romper. No puedes tener todo el día el morro hasta el suelo. Reír es una necesidad fisiológica”.

Burlarse de aquello que nos preocupa u oprime le quita hierro, lo pone en perspectiva. Pero también trae de nuevo el problema a nuestra mente. Un chiste sobre una hipoteca te puede arrancar una carcajada, pero cuando las comisuras de los labios vuelven a su sitio, la presión del siguiente pago reemplaza a la broma en nuestros pensamientos. Por eso, según Muiño, de todas las clases de humor que existen, el que triunfa ahora es el “más espontáneo y frívolo y menos elaborado intelectualmente”.

“La gente busca la diversión por la diversión, el hablar por hablar, sin tocar los grandes temas porque casi todos ellos están teñidos de miedo”, añade Muiño. El psicoterapeuta compara este mecanismo social con la situación que se produce minutos antes de un examen. La tensión y los nervios están a flor de piel. De repente, alguien dice una tontería y se desencadena un ataque de risa. “Esta reacción, a nivel mental, es muy buena porque libera y rebaja la presión”, continúa Muiño. “Pero para que funcione tiene que ser algo espontáneo, rápido y tontorrón”.

Este humor es el que mueve a la gente (o a parte de ella). Y aunque usted no sea usuario de Facebook o YouTube, nunca haya leído la Cuore y Lady Gaga le suene a residencia geriátrica, puede comprobar que este fenómeno existe con solo encender la televisión: cada vez hay más campañas de publicidad que reivindican el humor naíf y chorra. Piense en el spot de una cerveza en el que el botellín de Mixta se enamora de un sándwich mixto (¿lo pilla?). O en el protagonista del anuncio de Gas Natural que, convertido en cubito de hielo andante, canta “vivo en la era glacial” al ritmo de la famosa banda sonora de la serie Fama. O en el mono de la campaña de Ono, que “iba para hombre y se quedó en mono”.

“Antes las empresas buscaban atraer a la gente con campañas basadas en causas sociales o verdes, que no tocaban ideologías. Pero han dejado de hacerlo”, explica el publicista Juan Soto. “Ahora van a por la chorrada porque saben que funciona. Y funciona muchísimo mejor”.

Al menos en España. Porque, como señala Muiño, no todos los países tienen el mismo sentido del humor ni reaccionan igual ante los tiempos duros. “Este país siempre ha sido de chascarrillo, de esa cosa espontánea de los bares. Eso es lo que nos gusta”, apunta Salcedo. Mucho antes de que Internet apareciera en nuestras vidas, este actor parió junto a Josema Yuste, su compañero en Martes y Trece, a la precursora de los grupos costumbristas en Facebook. A la madre de todas las señoras. A Encarna, la de las empanadillas de Móstoles. La prueba definitiva, según Soto, de que este tipo de humor absurdo no es cosa de ahora y siempre ha funcionado en España.

El psicoterapeuta insiste en que, en tiempo de crisis, las culturas del sur de Europa buscan evadirse a través de lo fácil e intrascendente, de lo frívolo, del hablar por hablar. “Es una forma de responsabilizarnos. Es la parte más sana de cultura dionisíaca. En momentos como este”, concluye, “es mejor ser español que alemán”.

Por Carmen Mañana y Carmen Pérez-Lanzac en El País

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