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El cementerio de las cartas de guerra

In historias humanas on junio 4, 2010 at 10:50 am

Foto: Alejandro Carra

Querida madre: éste es tu hijo, son sus palabras con las que te habla. Pide a Dios que nos dé la gracia de preservarnos entre tanta miseria”. Cientos de cartas se arrugan en silencio año tras año en una habitación oscura del Museo de la Guerra que el Frente Polisario tiene en su cuartel general de Rabuni, cerca de la ciudad-oasis argelina de Tinduf. Son las misivas de los soldados marroquíes que murieron luchando contra los guerrilleros saharauis durante 16 años de combates.

Sobres y hojas escritas en árabe y francés que los militares, muchos apenas adolescentes, guardaban en un bolsillo del raído uniforme cuando encontraron la muerte bajo el sol inclemente del desierto. Cartas de sus seres queridos que atesoraban contra el pecho con la tinta corrida por el sudor, o mensajes que los propios soldados nunca tuvieron tiempo de enviar a su destino. Quizás nunca salgan de aquí.

Marruecos y el Frente Polisario, con mediación de la ONU, firmaron formalmente el alto el fuego en 1991. Pero la paz no ha llegado del todo y la guerra, aún contenida, sigue sangrando por las heridas del recuerdo.

El soldado de la primera carta se llamaba Musa. Está fechada el 7 de abril de 1981. Leyéndola en el silencio fúnebre de esta habitación parece como si el tiempo no hubiera pasado. “Creí que tenía hermanos, pero la realidad me ha demostrado lo contrario. Ahora sé que estoy solo. Después de preguntar por ellos [sus hermanos Abdalahi y Bukataya], ellos no preguntan por mí. Pero sé que Dios siempre está con los que están solos. Este es tu hijo, mamá, que no tiene a nadie sino a ti, ni tiene ninguna ternura que no sea la que le das tú. Estoy aquí desolado, abatido, solo, a pesar de estar entre los soldados. ¿Por qué no viene alguien a visitarme? ¿Pero por qué?”. Musa, enmudecido por la muerte, no consiguió que los suyos oyeran este grito de desesperación.

La mano entresaca de la montaña de cartas una al azar. Ha permanecido cerrada desde que Saadi Grita, en Meknés, la enviara el 5 de diciembre de 1979 a su hermano Abdelmanek, destinado en la 2ª compañía de paracaidistas del octavo regimiento, en Tan-Tan, Sáhara de Marruecos. El soldado no tuvo tiempo de leerla. Tres décadas de silencio. “Cada vez que sale el sol pienso que estás con nosotros. No sabemos si podrás volver. Tu padre siempre te recuerda. Tu hermano pequeño siempre llora cuando lee tu carta y dice ¿será la última? Pedimos a Dios que te conserve por mucho tiempo. Tu carta nos ha tocado en el fondo a todos. Nuestra hermana Milika se casó con un hombre de Tánger y trabaja en Bélgica (…) Aquí todo el mundo siente lo que ocurre allí. Nuestros corazones están heridos. Sólo pedimos a Dios que nos traiga la calma. Te recuerdo muchísimo. Encontré a tu novia con otro soldado, y te digo que si la encuentro otra vez con él, le romperé la cara por ti. Sólo me faltas tú. Decimos que estamos bien, pero estamos mintiendo. Esto es la miseria. Siempre nos habían hablado de ella, pero ahora la conocemos. Te envío la carta regada con unas gotitas de alcohol para recordarte. Tu hermano que te quiere siempre. Saadi.”

En el patio del museo yacen inútiles los trofeos de guerra del Polisario capturados al enemigo. Minas de fabricación rusa, italiana, francesa o estadounidense. Bombas de fragmentación arrojadas por la aviación marroquí (Mirage F-1 franceses, americanos F-5) sobre los campamentos de refugiados. Mort

// eros españoles; Marquina 1976, dice la chapa. Carros de combate AML-90 de la entonces Suráfrica racista. Un carro S-155, “la joya del Ejército marroquí”, explica Ahmed el Rubio, del ministerio de Cultura saharaui. Cañón estadounidense, carrocería francesa. “Las potencias no se unen en la solución del conflicto pero sí en el armamento”. Hay lanzamisiles anticarro belgas y chinos, varios Land-Rover Santana entregados por España a Hassán II. Pero hoy todo eso no es más que chatarra inofensiva.

En cambio, en la habitación triste y oscura, los soldados marroquíes que desaparecieron de la faz de la tierra siguen mirándonos desde la remota dimensión de las fotos que el Polisario ha expuesto en la pared. Son sólo una muestra. Cientos de fotos personales en blanco y negro o con colores desteñidos yacen revueltas en otro montón, junto a las cartillas médicas y militares de los fallecidos, cuentas bancarias, galones de oficiales apresados. Están ahí, con casco, jugando con una pelota, posando en un risco, de uniforme, de permiso. Solos, con amigos, en el desierto al mediodía, junto a los padres en la puerta de una chabola. Se han quedado congelados haciendo un gesto de karate, montados en un Land Rover o una bicicleta, acurrucados en la trinchera con el fusil en la mano, abrazados al hombro de un amigo en una playa dorada por el atardecer. Uno sostiene a su hija en la rodilla, otro sonríe a la cámara tumbado en el césped al lado de su novia.

Puede que alguno de ellos fuera el soldado Hosein, escribiendo estas líneas a su “hermano Amina”. “Te escribo en estos instantes en que tanto te necesito, y no sé cómo expresarme, mi corazón me traiciona. Te escribo sólo con la imaginación. No puedo olvidar los momentos juntos. Sé que no volverán esos tiempos, que la vida es traidora, pero a través de la distancia el recuerdo nos une fuertemente”.

El 5 de mayo de 1986 otro soldado vence la depresión y empieza a escribir a su hermano. “En esta hora y estos minutos estoy bien, estoy vivo. Pido a Dios que nos dé fuerzas para seguir viviendo, porque en cualquier momento puedes no estarlo. Espero el permiso como si fuera a renacer. Siempre te recordaré. Adiós”. No le dio tiempo de enviar la carta ni de escapar a la muerte con el permiso que nunca llegó. Ahmed, el traductor saharaui, parece haberse emocionado. Mira el nombre del soldado al que Dios no le dejó seguir viviendo. Se llamaba Azizi Idriss.

Aquellos prisioneros del Sáhara

En 2001, cuando visité los campos de refugiados saharauis, el Frente Polisario aún mantenía a 1.467 soldados marroquíes como prisioneros de guerra. A pesar de haber liberado a cientos de ellos desde 1989, el gobierno saharaui en el exilio argelino se seguía aferrando al resto como una de las pocas monedas de cambio que le quedaban con Rabat, y se resistía a satisfacer los reiterados llamamientos de la ONU para que fueran repatriados. Marruecos admitió la existencia de un grupo de 66 presos de guerra saharauis, a los que liberó en 1996. En teoría, sólo quedaba el caso del hoy libre Mohamed Daddach, detenido desde 1976 pero considerado por la parte marroquí como un preso común.

La mayoría de los prisioneros marroquíes había rebasado los cuarenta años de edad. Llevaban recluidos 15, 20 y hasta 25 años. Casi todos trabajaban a las órdenes del Polisario, a menudo como criados. Estaban ocupados en los talleres de mecánica, en los almacenes de comida –descargando la ayuda humanitaria, de la que solían sisar las migajas– y en las instalaciones que el Polisario utilizaba para recibir y hospedar a las delegaciones y visitantes extranjeros, como es el caso de la residencia de Rabuni. El plato de lentejas que se comía el periodista, el diplomático o el trabajador humanitario había sido elaborado en las cocinas traseras por presos marroquíes vestidos con ropas de civil. También eran ellos los que limpiaban los servicios y fregaban los platos. En Rabuni, por ejemplo, trabajaban cinco prisioneros. Abdusalam, de Rabat, llevaba 15 años atrapado. Mohamed, 22; Ahmed, 20. Decían que antes les trataban mal pero que la situación ya era buena desde que se inició el proceso de paz.

Dos veces al año los visitaba el Comité Internacional de la Cruz Roja. Para Marruecos, en cambio, fueron durante lustros simples desertores, o soldados-fantasma que no existían en ningún parte de bajas y que convenía ocultar a la opinión pública bajo un manto de olvido para no reconocer la cruda realidad de la guerra. Rabat, en abril de 1997, llegó a negarse a acoger a un grupo de 85 presos marroquíes puestos en libertad por el Polisario. Sólo los aceptó en enero de 2000, junto a otro centenar de presos.

Algunos vivían en el mismo lugar donde trabajaban. Otros cumplían su jornada y luego volvían a la prisión. Normalmente trabajaban toda la mañana, a un ritmo normal. El resto del día lo consumían viendo en grupo la televisión, durmiendo, jugando al fútbol u oyendo la radio marroquí a través de sus receptores de onda corta. No tenían ningún lugar adonde huir en ese desierto horrible. Sólo les quedaba charlar con sus carceleros saharauis y envejecer. Porque los viejos serían los primeros en ser liberados.

Finalmente, el Frente Polisario dio el paso humano que muchos le pedían y liberó a todos los prisioneros de guerra. A los 404 últimos, el 19 de agosto de 2005. Para ese día, la mayoría ya había consumido más de 20 años de su vida entre las rejas del Sáhara. Otras 180.000 personas, los refugiados saharauis, siguen sobreviviendo allí, 35 años después de que la ocupación marroquí del Sáhara Occidental desatara su destierro. Y en las cárceles de Marruecos y de El Aaiún ocupado continúan hoy, primavera de 2010, encerrados 54 presos políticos saharauis, 36 de ellos en huelga de hambre. El Polisario cumplió su parte. Es hora de que Mohamed VI cumpla la suya.

Por Eduardo del Campo en FronteraD

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