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Manhattan: La ciudad de las historias

In historias humanas on mayo 31, 2010 at 11:44 am

1 Manhattan es un icono de extraordinaria complejidad que desafía todos los códigos que rigen la creación artística. Desconoce los límites entre ficción y realidad. Escritores y cineastas se inspiran directamente en la ciudad sin atreverse a tocarla, porque se saben incapaces de dar vida a un espectáculo superior al que tienen delante de los ojos. El modelo de Metrópolis, la urbe visionaria que Fritz Lang llevó a la pantalla en 1927, es la ciudad del Hudson. Los creadores de Superman la trasladaron al espacio del cómic sin siquiera cambiarle el nombre que le había dado el realizador alemán, y cuando hizo falta ponerle uno a la ciudad de Batman, se optó por Gotham, el segundo nombre de Nueva York, elegido por uno de los hijos predilectos de la ciudad, el escritor Washington Irving. Los indios algonquinos, pobladores originarios de la isla, se referían a ella como Manna-hatta, que quiere decir “lugar de innumerables alturas”, premonición del tipo de edificios que habrían de surgir cuando no quedara más superficie sobre la que construir. Se le han otorgado muchos otros nombres, pero quizá ninguno sea más adecuado que el de Storytown, porque, de ser algo, Manhattan es la ciudad de las historias, contadas a veces sólo con imágenes, historias de personas y edificios, historias de silencio y soledad, porque como atestiguan muchas de las imágenes reunidas en la muestra fotográfica de que habla este artículo, la ciudad de las multitudes es también, sin que haya contradicción en ello, la más solitaria de las ciudades.

2 Tras décadas de negociaciones, recientemente se dio luz verde al proyecto consistente en transformar la antigua vía elevada de tren que unía las antiguas fábricas de Chelsea en un paseo aéreo que responde al nombre de High Line. Situado en la Décima Avenida, se trata de una reconversión del espacio urbano que sintoniza a la perfección con el fenómeno que explora la exposición Manhattan, uso mixto. En uno de los recodos del audaz paseo, los ingenieros y arquitectos han diseñado unas gradas de madera que descienden conformando un anfiteatro suspendido sobre la avenida. Quien se sienta en las gradas tiene ante sí una gigantesca pantalla de cristal transparente. Lo que se ve al otro lado: el desfile de vehículos y el ritmo de la vida a lo largo de las aceras, establecimientos y solares que flanquean la avenida. Tomando literalmente la idea de que pasear por Manhattan equivale a convertirse en una cámara humana, ante los ojos de los espectadores del High Line se pasa una película tomada directamente del entorno. Efímero y evanescente, el espectáculo ciudadano se crea ante nuestros ojos en su eterno hacerse y deshacerse. Se trata de un guiño cargado de ironía e intención, idéntico al que logra el cineasta consciente de su arte, sólo que no hay ficción porque, como le ocurrió a Fritz Lang con Metrópolis, con la realidad basta. El guiño se lo hace la ciudad a sí misma. Tras haber cambiado innumerables veces de rostro, hasta hacerse casi irreconocible, Manhattan necesita mirarse periódicamente a sí misma, comprobando cada vez que lo esencial no ha variado. Muchas veces, a lo largo de su historia, ha sufrido operaciones a gran escala que han supuesto la destrucción de barrios enteros, una destrucción necesaria para propiciar el surgimiento de zonas enteramente nuevas. Es el destino de la ciudad y no es fácil cambiarlo. Es así como surgieron lugares tan emblemáticos como el Lincoln Center, Battery Park o el World Trade Center. Es así como se perdió Penn Station, joya arquitectónica de valor incalculable. Su demolición, resultado de un cálculo que exigía tomar medidas drásticas para afrontar un grave problema de planificación urbanística, equivaldría al derribo deliberado de una catedral en una ciudad europea. Sobre sus ruinas se erigió el Madison Square Garden, sin el cual no es posible concebir hoy la ciudad.

En los años setenta, Manhattan entró en una grave crisis que desembocó en una recesión. Como consecuencia de la desindustrialización, el espacio urbano experimentó una desgarradora transformación en virtud de la cual desaparecerían barrios enteros a fin de dar lugar a otros nuevos, produciéndose una violenta sustitución, comparable a la devastación que trae consigo la guerra. Era difícil evitarlo: dada la imposibilidad de expansión horizontal, limitada por la posibilidad de crecer indefinidamente en sentido vertical -pese a la proliferación de rascacielos-, cuando se produce un cambio de paradigma económico es preciso arrasar zonas enteras a fin de abrir espacio a nuevas propuestas urbanísticas. Es lo que sucedió entonces. Debido a un cambio de paradigma que supuso la sustitución de una economía de bienes por otra de servicios, lugares como fábricas y muelles perdieron su función, transformándose en ruinas espectrales de las que se apoderaron inmediatamente los artistas. La fisonomía de Manhattan Sur cambió radicalmente. Con el trasfondo de movimientos activistas como el de liberación gay, se produjo una drástica transformación de las prácticas artísticas.

3 El aire que se respira es el de una gozosa transgresión. Se trata de un movimiento de búsqueda, y sus protagonistas son muy jóvenes. Se reúnen en lugares que la ciudad ha dejado de lado: edificios abandonados, algunos de ellos majestuosos, a la espera de ser demolidos; muelles desolados a orillas del Hudson, naves industriales que carecen de uso, terrazas y azoteas inmensas que los artistas convierten en escenario de sus actuaciones… Los artistas hacen suya esta topografía de la desolación, convirtiéndola en campo de operaciones de sus vibrantes experimentaciones. Rebosantes de talento y juventud, se abandonan a un delirio febril de creatividad y rebeldía en medio de la devastación. Uno de los testimonios fotográficos más bellos y escalofriantes es el que recogió Danny Lyon a los 24 años, en una serie significativamente titulada La destrucción de Manhattan Sur. También tenía 24 años David Wojnarowicz, autor del proyecto Arthur Rimbaud en Nueva York, en el que sigue los pasos de un joven que explora la ciudad con el rostro oculto tras una máscara que reproduce la efigie del poeta maldito. Son los años de la explosión a la vez airada y jubilosa que proclama con orgullo el derecho a ser gay tras los disturbios de Stonewall, cuando aún no despuntaba la sombra ominosa del sida, en un momento en que todos se entregaban a una vida bohemia presidida por el sexo, las drogas y, por encima de todo, el arte.

Hay un momento mágico que resume el espíritu de la época: cuando un poeta de 25 años que no necesitaba de la palabra para expresarse realizó la performance más audaz y delicada que quepa imaginar: ejecutar una danza silenciosa de 45 minutos en un cable que logró tender clandestinamente entre las Torres Gemelas, a 450 metros de altura. Es el gesto de Philippe Petit con lo que nos debemos quedar: cuando las torres aún estaban de pie. Thomas Struth, uno de los muchos extranjeros que acudieron a fotografiar Manhattan por aquellos años, las supo captar en su espléndida y colosal fealdad, como dos heraldos metálicos que velan por la desolada Wall Street, cuyo silencio y soledad registró con sobriedad irrepetible Catherine Opie.

4 Debemos a los fotógrafos de entonces (de los setenta a los noventa) y de ahora (a partir del cambio de milenio) el haber preservado el espíritu de la ciudad inmortalizándola en trayectos radicalmente distintos entre sí. Zoe Leonard registró dos tipos de constelaciones: los chicles escupidos por los transeúntes y que se quedaban adheridos al asfalto, y la extraña simbiosis de hierro y madera viva que conformaban los árboles al deformar las rejas que tratan de cercarlos. Jennifer Bolande recorrió Manhattan fotografiando innumerables bolas del mundo posadas en los alféizares de las ventanas. Bernd y Hilla Becher catalogaron toda una tipología de depósitos de agua, signo inconfundible de numerosas viviendas de Manhattan. Cindy Sherman retrató incesantemente a una mujer que era todas las mujeres (ella misma) contra el fondo amenazante de los edificios, o en la intimidad de unos interiores inquietantes. Stefan, hijo de Bertolt Brecht, recogió en una serie de instantáneas titulada Octava Avenida su paso por las aceras de Manhattan que separan su apartamento del West Village del estudio del Hotel Chelsea, donde se recluía a diario para escribir poesía.

Una de las interacciones más interesantes de la exposición es la recuperación que lleva a cabo Matthew Buckingham de un proyecto originariamente realizado por el editor Rudolph De Leeuw en 1910, quien compiló fotografías de todos y cada uno de los edificios que jalonan las dos aceras de Broadway desde Columbus Circle, uno de los nódulos de la ciudad, y Bowling Green, al pie mismo del puente de Brooklyn. Limitándose a uno de los dos flancos de la arteria principal de la ciudad, entre 1994 y 2004 Buckingham se dedicó a fotografiar la acera este del mismo tramo de Broadway. Trayectos que se transforman en historias, muchas de ellas para dar crónica de una destrucción, o para preservar los lugares antes de que desaparezcan definitivamente. En Dos intersecciones, Roy Colmer fotografió todas las puertas de una calle. Diez años dedicó Christopher Wool a captar con su cámara la visión nocturna de los escaparates y escaleras de su barrio, el Lower East Side, configurando la crónica visual La aniquilación de East Broadway.

5 ‘Manhattan, Uso Mixto’ propone una serie de viajes en zigzag, regresando al pasado, donde, al devorarse a sí mismo, el tiempo hace que obras antiguas produzcan nuevos e insólitos resultados. De la misma manera que David Wojnarowicz había invocado el fantama de Rimbaud, convirtiéndolo en su guía durante su descenso personal a los infiernos, Emily Roydson invirtió ocho años en recrear una versión contemporánea del viaje de Wojnarowicz llevando a cabo su propia visión de Rimbaud en Nueva York.

La muestra incluye numeroso material cinematográfico de gran valor: trabajos de Chantal Ackerman y Gordon Matta-Clark, entre otros, además de la recuperación de la obra de fotógrafos de gran talento que hasta hoy siguen siendo insuficientemente reconocidos, como es el caso de Peter Hujar. Es un lujo impagable que Madrid acoja una muestra de tanta altura, debida al formidable trabajo de los comisarios, Douglas Crimp y Lynne Cooke; lujo teñido de ironía, pues no está previsto que la exposición recale en la ciudad a la que debe su origen, Nueva York, aunque está muy avanzado el proceso de publicación de un sólido catálogo que incluye ensayos de importantes especialistas. En el momento de escribir estas líneas, Crimp y Cooke se encuentran todavía en Nueva York, de modo que es imposible saber cómo será el montaje de la exposición. Si me dieran a escoger, yo le pondría el punto final con dos piezas fílmicas que giran en torno al símbolo más visible de la ciudad de Nueva York: la Estatua de la Libertad. En una de ellas, de 1976, Dara Birnbaum realiza una serie de entrevistas con turistas que acuden a visitar el monumento a bordo del famoso ferri; 25 años después, en una pieza titulada Static, el británico Steve McQueen efectúa un viaje en helicóptero que tiene como centro la estatua. En un loop de siete minutos se ven tomas parciales: la antorcha, un fragmento de su peplo, el misterioso libro que sujeta con la mano izquierda. Con el tableteo de las aspas como trasfondo, el ir y venir del helicóptero parece hacerse eco de un ciclo destinado a repetirse eternamente: el de la destrucción y posterior generación de todas las imágenes que se han ido viendo, el apocalipsis y resurrección de la ciudad en un cíclico sucederse que es idéntico al del juego de la vida y la muerte.

Por Eduardo Lago en El País Semanal

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