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De profesión, especialista en catástrofes

In historias humanas on mayo 14, 2010 at 11:33 pm

Cuando Pablo Yuste acabó de leer las últimas páginas de El mar en ruinas, la continuación de la Iliada y la Odisea ideada por el escritor David Torres, se sintió igual que aquel Ulises, héroe en sus horas bajas, frustrado en su vuelta a casa. “El libro retrata una situación que muchas veces hemos vivido los humanitarios, eso de que te acostumbras a un ritmo y a una adrenalina y, de repente, llegas a casa y tienes la sensación de que tu familia no te entiende, que te falta algo, de que no estás hecho para eso y que tu destino es estar dando tumbos”.

Y tantos bandazos ha dado Pablo en los últimos años que si no fuera por las huellas que tanto trasiego han dejado en su pasaporte, casi le costaría recordar todos los puntos del globo que ha visitado. Iraq, Sudán, Afganistán, Chad, Irán, Indonesia, Haití… Siempre en las peores condiciones, cuando la naturaleza se sale bruscamente de sus raíles y la suya es entonces, como jefe de emergencias y post-conflicto de la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECID), una presencia fundamental para poner orden en medio del caos.

La suya es la historia de un hombre a un móvil pegado, siempre vigilante por lo que pueda pasar y siempre preparado para coger el petate y en menos de un abrir y cerrar de ojos salir corriendo allá donde la actualidad y la solidaridad internacional lo demande. El suyo podría ser, para muchos, uno de los trabajos más gratificantes del mundo, pero exige también de una fortaleza física y, sobre todo, emocional, fuera de lo común. Él es el hombre taimado y tranquilo que, en medio de situaciones excepcionales, un tsunami o un terremoto como el de Haití, mantiene el pulso impasible y es capaz de poner todo en marcha. El primer español que suele llegar a la zona cero para coordinar un enorme dispositivo de decenas o cientos de personas. El que vela por todas ellas, el que ordena la entrada y salida de los suministros, el que soluciona todos los problemas imprevistos… El hombre imprescindible para que todo marche.  “Mi trabajo es que mi equipo trabaje. Porque si hay un solo efectivo que no tiene trabajo, estoy desaprovechando un recurso que fuera hace falta”.

“Mi primera preocupación”, explica, “es la seguridad del equipo. Después, lo siguiente son los suministros. Dar de comer y de beber, suministrar bienes y poder evacuar potenciales víctimas a través de una ruta de contacto con el mundo. Y, por último, hay que volverse operativo lo antes posible. Mi experiencia me dice que para eso lo mejor es la gente de la zona, quienes mejor conocen el terreno”.

Un calendario imprevisible

En su despacho de Madrid, en la sede de la AECID, vestido de civil y sin el chaleco ocre, seña de identidad de todo cooperante que se precie, Yuste explica ese ritmo de vida tan ajetreado. “Es espantoso. No puedes planificar nada. Y si, por ejemplo, planificas unas vacaciones, te quedas con los billetes comprados un montón de veces. En los últimos años las Navidades han sido siempre un problema. En unas fue el tsunami de Indonesia, en otras, el terremoto de Pakistán… La verdad es que se vive con estrés. Con el estrés de no poder desconectar el móvil. Hace siete años que solo lo apago en el avión. Esté de vacaciones, durmiendo o donde sea, mi móvil está apagado exclusivamente cuando viajo. Es un poco estresante”.

Pero Yuste no concibe otra vida que no sea ésta. Solo soportada, en parte, por la comprensión de su mujer, que embarazada de casi nueve meses, aguantó con estoicismo la marcha de Pablo a su enésima misión. Destino: Haití. “Cuando empezaron las noticias de inseguridad y no se podía comunicar con España, pensaba que en cualquier momento se le adelantaría el parto. Con suerte, pude llegar a tiempo. Encima era el primer hijo, por lo que era una doble responsabilidad estar allí con ella”, reconoce.

De cataclismo en cataclismo, el jefe de emergencias de la AECID se ha acostumbrado al nauseabundo olor de la muerte y a convivir como si tal cosa con situaciones que rozan el límite de lo soportable. Aunque, reflexiona en voz alta, “es increíble lo fácil que el ser humano se adapta a todo”.

“Cuando estás allí no parece tanto, pero luego lo ves en perspectiva y dices, ostras… Los húngaros tienen un dicho: Ojalá el ser humano no llegue nunca a sufrir lo que es capaz de soportar. Y es verdad. El hombre es tan flexible que acaba adaptándose a situaciones extremas. Suele pasar que a veces cuando empiezas a contar una anécdota de un viaje y ves cómo reacciona la gente, sus caras… Entonces te das cuenta de que lo que dices está sonando muy fuerte, pese a que uno lo cuente con toda normalidad”.

“Y que conservemos esa capacidad”, añade, “porque cuando uno rompe emocionalmente, no vuelve a ser el mismo. Ves una amputación tras otra y parece que no pasa nada, pero llega un momento en el que haces catacrack. En este trabajo he visto gente que se ha roto y que ha acabado fatal, algunos con adicciones”.

Pese a todo, admite que Haití ha supuesto un antes y un después en su carrera profesional, pues esta última misión ha tenido para él un alto coste psicológico. Por el “desorbitado” número de heridos y porque, por primera vez, entendía sin necesidad de traductores la lengua de las víctimas. Pequeños matices que lo cambian todo y humanizan un día a día que acaba por ser rutinario. Como esas notas de una niña clavadas en un árbol que tanta impresión le causaron cuando estuvo en Indonesia. “A veces no te impacta lo más evidente, sino un detalle que a lo mejor es una tontería. Me acuerdo de una mujer que estaba esperando para entrar al quirófano en el hospital de Puerto Príncipe.  Yo la miré y pensé que estaría esperando a alguien. Estaba como quien espera al autobús. Entonces me fije bien e iba sin un brazo. Lo tenía arrancado y estaba esperando a que le arreglaran el muñón. Tan tranquila. Con una cara de, bueno, a ver si acabo esto… Son detalles en los que personalizas a la víctima y que te dejan tocado”.

Por Daniel Forcada en El Confidencial

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