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“Nunca pensé que me sucedería a mí”

In historias humanas on mayo 11, 2010 at 7:39 am

“Te sientes sucia, dolida, como una hija de puta”. Así describe María la carga emocional que soportó, siendo aún menor de edad, después de someterse a una interrupción voluntaria de embarazo. María llevaba un año viviendo en España (es de origen colombiano) cuando se quedó embarazada y decidió abortar. Entonces tenía 17 años (ahora tiene 30) y estudiaba en el instituto.

Su embarazo fue un accidente. “Quería ser más mayor de lo que era y nunca pensé que me podía suceder a mí”, lamenta. Después de pasar por la separación de sus padres y la adaptación a un nuevo país, en el que asegura que al principio se sentía como “un bicho raro”, tomó una decisión de la que, 13 años después, todavía le cuesta hablar y de la cual nunca se sentirá orgullosa.

Pese al sentimiento de culpa, nunca se planteó seguir con el embarazo hasta el final. Conocía a otras chicas de su misma edad que apostaron por la maternidad aun siendo tan jóvenes y pensaba que tener un hijo les había cambiado la vida, robándoles su juventud y sorprendiéndolas sin la responsabilidad suficiente para educar a un niño.

Con todo, cuenta que durante un año después de la intervención apenas quiso salir de casa y se encerró totalmente en sí misma: “Iba en el metro y me ponía a llorar de repente. Estaba muy deprimida y tuve que ir al psicólogo muchos meses”. Los estudios se resintieron y, con el tiempo, las relaciones con otras parejas también. “No me importaba conocer a otros chicos, pero no quería tener relaciones sexuales con ellos”, recuerda.

Un secreto de por vida

María ahora está casada y tiene un hijo, pero aquel aborto adolescente sigue siendo un secreto incluso para su entorno más íntimo. Ni el joven del que se quedó embarazada ni su actual marido saben que abortó hace 13 años. “Me lo guardé para mí y mi madre. Son cosas que es mejor llevárselas a la tumba”, explica.

Un par de discusiones bastaron entonces para que su madre la apoyara y estuviera a su lado en todo momento: en el médico, a la salida de la intervención y, más tarde, en la consulta del psicólogo.

María se basa en su propia experiencia para opinar que es importante que sean las chicas quienes tengan la última palabra sobre la decisión de abortar, aunque precisa que, como ocurrió en su caso, es bueno que las menores informen a sus padres para que las acompañen y las ayuden en un momento tan dificil. “Cuando estás en esa consulta, la mano que quieres agarrar es la de tu madre, no la de un novio o una amiga”, ilustra.

La mujer se define como católica y dice incluso estar en contra del aborto, pero antepone a ello la capacidad de educar, mantener y ofrecer a un hijo un ambiente familiar estable. Precisamente la ausencia de todo esto fue lo que la hizo abortar por segunda vez, ya con 22 años. No tenía trabajo ni medios suficientes, llevaba poco tiempo con su pareja y volvió a tomar la misma decisión. María asegura que, nuevamente, le costó levantar el teléfono para ir a la clínica privada en la que realizaron la intervención. Pagó cerca de 50.000 pesetas (unos 300 euros) y una vez más le acompañó su madre en todo momento.

Condiciones económicas

Un sentimiento a medio camino entre la convicción, la vergüenza y la frustración hace a María titubear cuando recuerda aquella segunda vez que abortó y busca la manera de justificar por qué lo hizo. “No quería traer un hijo al mundo sin una casa y sin un trabajo. Si la situación hubiera sido distinta, lo hubiera tenido”, concluye.

Su nivel de vida es hoy diferente y siente que con su hijo ha devuelto al mundo lo que un día le quitó, aunque no ha terminado de dejar atrás los remordimientos y la culpa. Respecto a la nueva ley, no cree que sirva para evitar a las mujeres que aborten el mal trago de pasar por la clínica y cargar con un mal recuerdo de por vida, pero confía en que reducirá la sensación de clandestinidad que a ella le ha acompañado siempre, desde que era una cría.

Por Rocío Aguilar, en público.es

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