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¿Hay animales gays?

In historias humanas on mayo 9, 2010 at 12:27 am

El albatros Laysa es un ave marina con una envergadura de alrededor de dos metros y pico amarillo. Cada noviembre, una pequeña colonia se reúne en un lugar llamado Kaena Point, a los pies de una cadena volcánica que domina el Pacífico en la punta noroeste de Oahu, Hawai. Cada ave ha pasado los seis meses anteriores a solas, volando sobre el océano hasta Alaska, y ahora vuelve al criadero para reunirse con su pareja. Los albatros pueden vivir hasta 70 años y suelen emparejarse con la misma ave cada año durante toda su vida. Su índice de divorcios, como lo llaman los biólogos, es uno de los más bajos de todas las aves.

Cuando visité Kaena Point en otoño comenzaban a llegar las primeras aves. La colonia cuenta con unos 120 albatros que crían allí. Poco a poco, van llegando todos y buscan entre la multitud al otro albatros concreto con el que quieren volver a acoplarse.

Una vez juntas, las parejas copulan e incuban un solo huevo durante 65 días. Se turnan: un ave tiene que permanecer en el nido mientras la otra se va a pescar y a comer durante semanas enteras. Las parejas se arreglan mutuamente las plumas y exhiben unos elaborados rituales y comportamientos de apareamiento. “Como los humanos”, me explica Marlene Zuk, una bióloga que ha visitado la colonia. “¿Todas esas cosas empalagosas que hacen las parejas, que dan náuseas a todos los demás menos a ellos dos? Las aves hacen lo mismo”. Vi muchas parejas juntas, vientre contra vientre, arqueando los cuellos y las cabezas de tal manera que formaban un corazón. Hace unos años, en un discurso que pronunció en Oahu como primera dama estadounidense, Laura Bush elogió a los albatros por emparejarse de por vida. Lindsay C. Young, una bióloga que estudia la colonia de Kaena Point, me dice: “Se suponía que eran símbolos de la monogamia: un macho y una hembra. Pero yo no estoy tan segura de que lo que estemos viendo sean macho y hembra”.

Young se dedica a investigar los albatros de Oahu desde 2003; la colonia fue el tema de su tesis doctoral en la Universidad de Hawai, Manoa, que completó la primavera pasada. Durante el trabajo para su tesis, Young y una colega suya descubrieron, casi por casualidad, que la tercera parte de las parejas de Kaena Point estaban formadas, en realidad, por dos hembras, no un macho y una hembra. Los albatros Laysa son una de las innumerables especies en las que los dos sexos tienen un aspecto prácticamente idéntico. Resulta que muchas de las parejas de hembras, tanto en Kaena Point como en una colonia que la colega de Young estaba estudiando en Kauai, llevaban juntas -según los datos de los biólogos- cuatro, ocho, e incluso, diecinueve años. Las parejas de hembras incubaban huevos juntas, cuidaban a las crías y vivían, en general, como lo que se podría llamar parejas hetero.

Young nunca usaría la expresión “parejas heterosexuales”. Y está categóricamente en contra de llamar a las demás aves “lesbianas”. Para empezar, las parejas del mismo sexo parecen hacer todo lo que hacen las de machos y hembras, excepto copular, y Young no está muy segura de si eso las hace técnicamente lesbianas o no, ni se siente muy cómoda opinando sobre ello. Además, es una cuestión que para ella no tiene ninguna importancia, no tiene nada que ver con su investigación. “Lesbiana”, dice, “es un término humano”, y ella -una científica diligente y cuidadosa que empieza a labrarse un nombre en su campo- está empeñada en utilizar el lenguaje más aséptico posible y resistirse a cualquier atisbo de antropomorfismo.

Un descubrimiento como el de Young puede desorientar de forma apasionante a un biólogo y naturalista; siempre que se lo tome en serio, cosa que no ha solido ocurrir. Están documentadas hasta el momento diversas formas de actividad sexual entre miembros del mismo sexo en más de 450 especies de animales, desde el flamenco hasta el bisonte. Un koala hembra puede empujar a otra hembra contra un árbol para montarla. Y es sabido que los delfines macho del Amazonas se penetran unos a otros en sus orificios de aire. Pero en la mayoría de las especies, el sexo homosexual está documentado sólo de manera esporádica. Estas observaciones, cuando se incluían en los artículos científicos, solían añadirse como mera curiosidad, y no como materia legítima de investigación. Los biólogos suelen catalogar estos episodios como anécdotas aisladas en un elegante universo darwiniano en el que todas las facetas de la conducta de un animal están orientadas hacia la reproducción. Un primatólogo aventuró que el verdadero motivo por el que dos orangutanes macho se hacían felaciones mutuas era una cuestión de nutrición.

Sin embargo, en los últimos años, cada vez hay más biólogos que examinan con objetividad la sexualidad homosexual en animales y adoptan un enfoque verdaderamente científico. Para Young, la existencia de tantas parejas de albatros hembra suscitó una cadena de preguntas cada vez más complicadas. Una de las más delicadas, al parecer, fue cómo se supone que debe hablar un científico de estas cosas, dado lo dispuestos que hemos estado todos a tergiversar las vidas sexuales de los animales para convertirlas en alegorías de las nuestras. “Esta colonia contiene literalmente la mayor proporción de?No sé cuál es el término correcto?¿animales homosexuales? del mundo”, dice Young. “Estoy segura de que a mucha gente le parecerá estupendo y a otra mucha quizá no”.

Es una afirmación que se queda corta. Hace dos años, Young decidió escribir un breve artículo junto con otros dos colegas sobre las parejas de albatros hembra. “En el primer artículo tuvimos mucho cuidado de limitarnos a contar sencillamente lo que habíamos visto”, explica. “Desde luego, es un tema delicado, con el que hay que tener precaución”. Pero la revista que publicó el ensayo, Biology Letters, emitió un comunicado de prensa pocos días después de que el Tribunal Supremo de California legalizara el matrimonio gay. A las seis de la mañana del día siguiente, un periodista de Fox News llamó a Young. Se creó una avalancha de comentarios en los medios, que, según los casos, celebraban los hallazgos de Young como un claro llamamiento a la igualdad o los denigraban, con argumentos como que eran “un ejemplo estúpido de pura propaganda y ciencia selectiva” o “un esfuerzo para humanizar a los animales, rebajar a los seres humanos al nivel animal o promover unos intereses determinados”. Muchos señalaron que los animales también violan o se comen a sus crías; ¿tenía que tolerar Estados Unidos que eso también se extendiera sólo porque era “natural”?

Una revista de Denver para padres homosexuales dio la bienvenida a las nuevas lectoras procedentes de “la amplia comunidad de albatros lesbianas que son madres”. El senador conservador de Oklahoma Tom Coburn destacó el artículo de Young en su página web, bajo el titular Cómo se utiliza el dinero de sus impuestos, pese a que el estudio de las parejas de hembras no se había hecho con dinero del Estado. Stephen Colbert advirtió en su programa de Comedy Central de que las “albatresbianas” eran una amenaza para los valores familiares norteamericanos con su “agenda safo-aviar”. Y un defensor de los derechos de los gays envió un correo electrónico a Young para pedirle que izara una bandera arco iris sobre cada nido de parejas de hembras con el fin de identificarlas y dar muestras de solidaridad.

Un albatros Laysa hembra sólo tiene capacidad física de poner un huevo al año; está hecho así. Sin embargo, ya desde 1919, los biólogos han encontrado de vez en cuando nidos de albatros y otras especies de aves similares con dos huevos en ellos, o con un segundo huevo justo fuera, como si se hubiera salido (es inevitable; no hay espacio suficiente en el nido para dos huevos y un albatros). Nunca habían obtenido una explicación irrefutable.

A principios de los años sesenta, un ornitólogo intentó resolver el misterio explicando que algunas de las aves debían de ser capaces de poner varios huevos. En 1968 hubo un avance real, cuando Harvey Fisher, decano del estudio de los albatros de mitad de siglo, informó sobre siete años de observaciones diarias en 3.440 nidos distintos del atolón de Midway, en medio del Pacífico. Fisher llegó a la conclusión de que “la presencia de dos huevos en un nido es señal de que dos hembras han usado el nido, aunque en distintos momentos”. Estaba hablando de la “postura de huevos en nido ajeno”, es decir, cuando una hembra inexperta, por ejemplo, pone su huevo por error en un nido que no es el suyo. A partir de entonces, estas nidadas excepcionales se explicaron siempre con ese argumento.

Zaun, que trabaja como bióloga para el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de EE UU, empezó a estudiar una colonia de Laysas en Kauai 40 años después de que Fisher publicara su ensayo. Se dio cuenta de que algunos nidos contaban con dos huevos año tras año; el reparto de las nidadas mayores de lo normal no era aleatorio, como cabría esperar si la causa fuera sólo la puesta de huevos en nido ajeno. Por un golpe de intuición, a Zaun se le ocurrió recoger plumas de unas cuantas parejas de las que criaban en los nidos de dos huevos y se las envió a Lindsay Young, a quien pidió que extrajera el ADN de las plumas para determinar genéticamente el sexo de las aves. Cuando las pruebas mostraron que todas las aves eran hembras, Young pensó que se había equivocado. Así que volvió a recoger las plumas, con el mismo resultado. Entonces utilizó pruebas genéticas para determinar el sexo de todas las aves de Kaena Point. “Cuando no estaba del todo claro, o me preocupaba haber podido mezclar las muestras, regresaba allí y volvía a extraer sangre para empezar de nuevo”, cuenta Young. Al final, hizo la identificación genética del sexo de las aves en su laboratorio cuatro veces, para estar segura. Descubrió que 39 de los 125 nidos de Kaena Point desde 2004 correspondían a parejas de hembras. La conclusión fue que algunas hembras encontraban la oportunidad de copular rápidamente con machos, pero luego incubaban sus huevos -y hacían todo lo demás que hace un albatros en la colonia- con otras hembras.

En los últimos tiempos, varias publicaciones le han pedido que revise de forma confidencial nuevos ensayos de colegas sobre otras especies, en los que se relatan descubrimientos similares. “No puedo decir qué especies”, explica, “pero me da la impresión de que, en el próximo año, vamos a ver muchos más ejemplos de esto”.

Puede sorprender que los científicos, a veces, no conozcan el verdadero sexo de los animales a los que dedican toda su carrera, que puedan caer en un engaño tipo Tootsie durante tanto tiempo. Pero es fácil olvidar el caos que intentan interpretar en la naturaleza. A menudo, los biólogos tienen que asignar un sexo a un animal observando lo que hace cuando se empareja. Cuando un albatros, o un jabalí, o un grillo, se alza y monta a otro parece claro cuál es el sexo de cada uno. Salvo cuando resulta que no es así.

“En general se sigue dando por supuesta la heterosexualidad”, dice el biólogo Bruce Bagemihl. “Se considera que los individuos, las poblaciones y las especies son completamente heterosexuales mientras no se demuestre lo contrario”. Aunque éste parezca un punto de partida razonable, Bagemihl dice que es un “sesgo heterosexual” y que ha constituido un obstáculo importante a la hora de comprender la diversidad de las acciones de los animales. En 1999, Baghemihl publicó Biological exuberance, un libro que reunía un enorme volumen de investigaciones aisladas para demostrar que los prejuicios de los biólogos habían marginado la homosexualidad animal durante los últimos 150 años. Los comportamientos de cortejo entre dos animales del mismo sexo figuraban en la literatura especializada con términos como “falso cortejo” o “seudocortejo”, o simplemente “práctica”. Un científico interpretó las relaciones homosexuales entre avestruces como “una molestia” que “no cesa”. Un hombre que estudiaba las mariposas azules en Marruecos en 1987 lamentó tener que describir “los escabrosos detalles de unos comportamientos morales cada vez más bajos y las espantosas escenas sexuales” que “ya aparecen con demasiada frecuencia” en los periódicos nacionales. Y un biólogo especialista en el carnero de las Rocosas contó en sus memorias: “Todavía me estremezco al recordar al viejo macho D montando una y otra vez al macho S”.

“Lo que hizo el libro de Bagemihl”, cuenta el primatólogo y psicólogo evolutivo canadiense Paul Vasey, “fue concienciar a la gente sobre el hecho de que esto ocurre en la naturaleza, entre animales. Y que se puede estudiar de forma seria y especializada”. Pero estudiarlo en serio significa resolver un interrogante. En la base de la biología evolutiva, desde Darwin, está la idea de que todos los rasgos y comportamientos genéticos que otorgan ventaja a un animal -que le ayudan a tener muchas crías- permanecen en una especie, mientras que los que no sirven para eso desaparecen. Es decir, la evolución mejora poco a poco a cada animal con un solo objetivo: transmitir sus genes. El ornitólogo de Yale Richard Prum me dijo: “Nuestro campo se parece mucho a la economía: tenemos una teoría central, como la teoría del libre mercado, en la que está la mano invisible del mercado que crea orden y todos los productos adquieren exactamente el precio que valen. La homosexualidad es un caso difícil, porque parece infringir el principio fundamental, el de que todo el comportamiento sexual está orientado hacia la reproducción. La pregunta es: ¿por qué va a emprender nadie una actividad sexual que no es reproductiva?”. Y mucho menos una actividad que parece claramente contraproducente. Además, si los animales que tienen los genes relacionados con esa conducta tienen menos probabilidades de reproducirse, ¿cómo se las han arreglado para no desaparecer?

Bajo este gran paraguas teórico, la mera existencia del comportamiento homosexual en los animales puede parecer una locura imposible de comprender. La dificultad de ese problema -más que cualquier homofobia implícita o explícita- puede ser la razón por la que, en el pasado, los biólogos han eludido el tema.

En los últimos 10 años, sin embargo, Paul Vasey y otros han empezado a desarrollar nuevas hipótesis basadas en la observación real y prolongada de distintos animales, descifrando las formas que han tenido de evolucionar determinadas conductas homosexuales y el papel que pueden haber desempeñado en la evolución de unas especies concretas. Están surgiendo nuevas ideas sobre cómo encajar esas conductas en el marco darwinista tradicional, incluida la de considerar que otorgan ventajas reproductivas indirectas. Por ejemplo, parece que los machos de la mosca del estiércol montan a otros machos para cansarlos y deshacerse de ellos porque son su competencia ante las hembras disponibles. Los investigadores opinan que los delfines mulares macho, cuando son jóvenes, quizá se montan unos a otros para establecer una relación de confianza y amistad.

Estas ideas, en general, pretenden explicar sólo unos comportamientos concretos en una especie determinada. “Los biólogos desean construir teorías unificadas para explicar todo lo que ven”, dice Vasey. “Pero mi impresión es que el comportamiento homosexual no es un fenómeno uniforme. Aspirar a tener una teoría única que explique por qué sucede en todas esas especies puede ser una quimera”. Es más; tal vez estamos juntando una gran variedad de conductas basándonos sólo en un parecido superficial. La bióloga de Stanford Joan Roughgarden me sugirió que pensase en que todos esos animales están haciendo “multitareas” con sus partes íntimas.

También es posible que algunos comportamientos homosexuales no ofrezcan una ventaja evolutiva convencional; pero tampoco dan al traste con todo lo que sabemos de biología. Por ejemplo, desde hace 15 años, Paul Vasey estudia los macacos japoneses, una especie formada por monos de 75 centímetros y cara rosada. Ha estudiado casi exclusivamente por qué las hembras se montan unas a otras durante la época de celo. Y ahora dice que conoce la respuesta: “No es funcional”, asegura; “esa conducta no tiene ningún propósito visible, desde el punto de vista de la adaptación. Es una consecuencia derivada de otro comportamiento que sí lo tiene, y la fuerza de la evolución, sencillamente, nunca eliminó esa derivación del banco de genes”.

La ventaja de estudiar los albatros Laysa es que, como han evolucionado sin depredadores naturales, no tienen ningún instinto de pelear ni salir huyendo; así, uno puede acercarse hasta el ave y agarrarla. Young y Marlene Zuk han solicitado una beca de 10 años de la National Science Foundation para seguir estudiando las parejas de albatros hembra. Una de las primeras preguntas que quieren contestar es cómo consiguen tener huevos fecundados. Normalmente, los albatros rechazan a los pájaros que no son sus parejas. Así que Young está tratando de averiguar si unos machos que llegan a las colonias antes que sus parejas montan por la fuerza a estas hembras o si ellas se prostituyen con los machos en busca de sexo. En temporada, vigila Kaena Point a diario, tratando de observar alguna de esas cópulas ilícitas. Éste era su tercer año allí y, hasta ahora, sólo había conseguido verlo dos veces.

La actividad homosexual se observa con frecuencia en poblaciones animales en las que escasea uno de los dos sexos, tanto en la naturaleza como, sobre todo, en los zoos. Algunos biólogos, desde una perspectiva antropomórfica, llaman a ese fenómeno “el efecto del prisionero”. Eso es lo que sucede en Kaena Point: hay menos albatros macho que albatros hembra. Como hacen falta dos albatros para incubar un huevo, dado que se turnan en el nido, cuando una hembra no puede encontrar un macho (o, como dice Young, no puede encontrar “un macho suficientemente bueno”) no tiene posibilidades de engendrar una cría y transmitir sus genes. Aparearse rápidamente con un macho que tenga otra pareja y juntarse después con otra hembra soltera para incubar el huevo es una forma de superar esa desventaja.

No obstante, juntarse con otra hembra plantea sus problemas: casi todas las hembras ponen un huevo en noviembre, tanto si está fecundado como si no, y los pequeños nidos en forma de cráter que construyen los albatros en la tierra no tienen sitio más que para un huevo y un ave. Así que Young está tratando de descubrir cómo decide una pareja de hembras cuál de sus dos huevos incubar y cuál arrojar fuera del nido; si es que son las aves las que lo deciden y no es que arrojan el huevo de forma accidental. Desde una perspectiva darwinista estricta, dice Young, “no compensa que un ave incube el huevo de otra, salvo si su pareja va a dejar que el año próximo sea el huevo de la primera el que se incube”. Pero seguramente ninguna de las dos aves sabe si un huevo es suyo o de la otra, y mucho menos si está fecundado o no. Un albatros Laysa sólo sabe que tiene que sentarse sobre lo que tiene debajo. “Incuban lo que sea; tengo una foto de una incubando un balón de voleibol”, dice Young.

Y éstos no eran más que preámbulos a más preguntas. Cuando el macho de una pareja se ve sustituido por otra hembra, todos los pasos del proceso normal y tradicional de cría de un polluelo parecen presentar, de pronto, un dilema nuevo. A la hora de la verdad, o las reglas que rigen la vida de los albatros están desmoronándose y las parejas lesbianas están poniendo en marcha una serie de conductas alternativas, regidas por otras normas, o la ciencia no ha entendido nunca del todo las reglas de comportamiento de los albatros. Y eso es lo importante para Young: lo que le fascina es la complejidad y aparente flexibilidad de la especie, el rompecabezas que crean las parejas de hembras en Kaena Point con su mera existencia. No está intentando explicar una conducta homosexual. Está intentando explicar el albatros. Y por eso le ha sorprendido tanto la reacción politizada del resto del mundo.

Muchos de quienes se pusieron en contacto con Young tras la publicación de su primer ensayo sobre los albatros suponían que era lesbiana. No lo es. Su marido, asesor biológico, fue uno de los autores del artículo, junto con Brenda Zaun (que tampoco es gay, por cierto). A Young le molestó la idea; no que la considerasen gay, sino que la creyeran una mala científica, porque esas personas parecían pensar que sus investigaciones estaban contaminadas por intereses personales.

Pocos meses después de visitar Kaena Point, dos pingüinos del zoo de San Francisco se convirtieron en el último caso de una tradición de parejas de pingüinos del mismo sexo en cautividad y ocuparon los titulares de todo el mundo. Después de seis años juntos -en los que las dos aves incluso adoptaron a un hijo llamado Chuck Norris-, los pingüinos se separaron cuando uno de ellos se fue con una hembra llamada Linda. El cuidador de los pingüinos en el zoo, Anthony Brown, me contó que había recibido airados mensajes de correo electrónico en los que le acusaban de separar a la pareja por motivos políticos. “En el zoo de San Francisco, los pingüinos toman sus propias decisiones”, asegura Brown. Otra pareja de pingüinos macho que adoptaron una cría en el zoo de Central Park, Nueva York, quedó inmortalizada en 2005 en el libro ilustrado para niños And Tango makes three. Según la Asociación Americana de Bibliotecas, desde hace tres años ha habido más peticiones de que se retire And Tango makes three que cualquier otro libro.

Lo que hacen los animales -lo que se considera “natural”- parece tener una extraña fuerza moral: está ahí, es irrefutable, como factor que ayuda a legitimar o denunciar nuestra propia conducta. Durante la era victoriana, las observaciones del comportamiento homosexual en cisnes e insectos se utilizaron para alegar que la homosexualidad en los seres humanos no era moral, puesto que, en los primeros tiempos de la era industrial y el darwinismo, la gente quería dar una imagen más civilizada que la de los “animales inferiores”. El mismo razonamiento emplearon los nazis. En el otro extremo, una drag queen australiana conocida como Doctora Gertrude Glossip ha empleado el libro de Bagemihl para crear una guía de visitas al zoo de Adelaida, destinada a gays y lesbianas.

James Esseks, director del Proyecto de Gays, Lesbianas, Bisexuales y Transexuales en la Unión de Libertades Americanas, me contó que nunca ha utilizado datos del comportamiento animal en sus argumentos legales sobre los derechos de los seres humanos. No obstante, aclara, las encuestas muestran que los estadounidenses tienen más probabilidades de discriminar a gays y lesbianas si creen que la homosexualidad es “una opción”.

Esseks se ha encontrado con lo que le había parecido desde el principio el problema fundamental: quienes desean discriminar a gays y lesbianas quizá han acorralado a los demás en un debate sobre lo que es “natural” sólo a base de afirmar durante mucho tiempo que la homosexualidad no lo es. Pero dar la menor importancia a si algo es natural o antinatural es una forma de despistar; es imposible saber lo que significan esas palabras, incluso en un contexto puramente científico; Zuk hace notar que los animales no conducen coches ni ven películas y nadie dice que esas actividades sean “antinaturales”.

Por John Mooallem en The New York Times. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia para El País Semanal.

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