Selector Ð periodismo Ð

Esclavitud de ayer, esclavos de hoy

In historias humanas on mayo 8, 2010 at 12:22 am

Nací siendo esclava. Mi madre y mi padre eran esclavos de una familia y sus padres fueron también esclavos de la misma familia. Desde que fui lo suficientemente mayor como para poder andar, he estado forzada a trabajar todo el día para ellos. Nunca teníamos días libres. Trabajábamos incluso aunque estuviéramos enfermos”. Este relato parece sacado de una crónica de la esclavitud norteamericana del siglo XVIII. Sin embargo, es la historia real de Atooma, que nació en Sudán en 1956, y narra sus recuerdos en Jartum, la capital del país.

Cuando no era más que una niña, empezó a ocuparse del trabajo de su madre, cuidando de la primera esposa del cabeza de familia y de sus quince hijos. “Cada día, a las cinco de la mañana, tenía que prepararles el desayuno. Primero iba al mercado para hacer la compra. Incluso antes, buscaba agua y leña para hacer el fuego, porque por entonces no existían las comodidades que hay hoy en día”, recuerda con pesar.

“Tenía que cocinar todas las comidas, lavar su ropa y cuidar de los niños. Incluso si uno de mis propios hijos estaba herido o en peligro, no podía atreverme a ayudarle porque tenía que vigilar en primer lugar a los hijos de la esposa de mi amo. Si no lo hacía así, me pegaban. Me pegaban muy a menudo, con un palo de madera o un cinturón de piel”. Atooma consiguió escapar de la propiedad donde había transcurrido toda su vida y llegar, después de muchas vicisitudes, a la capital. Ella, como muchos otros, esperaba poder mejorar sus condiciones de vida y conseguir un empleo que le permitiera mantenerse dignamente. La realidad fue muy diferente a como ella la imaginaba en los escasos momentos en los que podía dedicarse a pensar en sí misma.

Comprender esta realidad de sometimiento para miles de personas en el país más grande de África requiere imaginar un viaje a través del tiempo que comenzó con la llegada de la dominación árabe. El propósito era islamizar ese conglomerado de pueblos que conformaban lo que hoy se conoce como Sudán. También es necesario entender por qué el islam, que considera a todos los seres humanos iguales ante Dios, ha consentido estas prácticas.

Los musulmanes dividen el mundo en el Dar al-Islam -Casa de la Paz-, la tierra habitada por ellos mismos, y el Dar al-harb -Casa de la Guerra-, la tierra hostil donde la ausencia de la ley islámica legitima el derecho de sus defensores a invadirla y apoderarse de sus habitantes. De este modo, la persona esclavizada siempre es un infiel capturado en una guerra justa o un hijo de infieles vendido en el mercado esclavista. Lo primero que debe hacer todo buen musulmán con el infiel capturado es convertirlo al islam. Si el infiel ha dejado de serlo, la causa primera para esclavizarlo ha desaparecido, así que, consecuentemente, debería cambiar su condición y ser liberado. ¿Por qué esto no sucede? Porque entonces dejaría de ser una fuente constante de ingresos. Pero admitir este hecho supondría aceptar que las guerras se llevan a cabo más por razones puramente económicas que religiosas. Por tanto, es necesario dotarlo de una consistencia legal.

Una fatua de 1629 dice sobre la cuestión que “dado que esta gente fue conquistada en el momento de su infidelidad, su posterior conversión al islam no les libera de ser tomados como esclavos. Por consiguiente, sus dueños tienen el derecho de guardarlos como tales”. Así se resuelve el problema. Pero aparecen otros.

El islam establece que toda criatura creada por Dios merece una consideración. A partir de esta idea surgen dos factores. Por un lado, la pertenencia a un linaje, fundamental en el mundo musulmán y del que carecen los esclavos. Esto les sitúa en clara desventaja social y les convierte en unos parias. Por otro lado, al contrario que en el caso de la esclavitud en América o Europa, en Sudán los esclavos son considerados personas. Estas personas, que han perdido a su familia, pasan a formar parte de la de su amo, y parece ilógico pensar que haya que ejercer la violencia para que sigan formando parte de ella. De esta manera se encuentran a merced de la bondad de sus amos que, si lo consideran conveniente, les someterán a malos tratos, como teóricamente lo harían con cualquier otro miembro de la familia. De esta manera los esclavos, al encontrarse integrados en el sistema familiar, reciben esa consideración debida y pasan a formar parte de una especie de sub-linaje, dentro del linaje de sus amos.

Seguir Leyendo…

Por Clara Zorrilla en FronteraD

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: