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Jesús, el desactivador de bombas

In historias humanas on mayo 6, 2010 at 4:09 pm

No es capaz de recordar el número de bombas que ha neutralizado como miembro fundador del TEDAX de la Guardia Civil; sin embargo, confiesa, sigue sintiendo miedo. Tiene 55 años.

C urva de Huarte. 26 de noviembre de 1984. Son las 01.40 horas de la madrugada. La organización terrorista ETA ha colocado un artefacto explosivo compuesto por 20 kilos de goma-2 y otros 20 kilos de metralla. El objetivo: atentar contra alguna de las patrullas de la Guardia Civil que circula por la zona. El explosivo es detectado a tiempo. Acordonan la zona y se espera al amanecer.

Con las primeras luces, los miembros del TEDAX (Técnico Especialista en Desactivación de Artefactos Explosivos) de la Guardia Civil se acercan al lugar y comienzan a manipular la bomba. Uno de los agentes, vestido con buzo, casco y escudo, protege de la onda expansiva a un segundo compañero, que tira del sedal para detonar la carga. Son las 14 horas. No hay víctimas.

A Jesús no le tocó en esta ocasión ser el escudo humano, pero lo podía haber sido. Normalmente van rotando. En cada intervención se acerca un compañero distinto a la primera línea.

“¿Qué sensación me queda de aquel día?”, se pregunta Jesús. “Mucha concentración y una compenetración de los compañeros. Satisfacción personal por la consecución de la neutralización de la bomba y, pese a las largas horas de intervención, alegría. Y una frase que siempre nos acompaña: la suerte sólo favorece a las mentes preparadas”. Jesús tiene 55 años y lleva 33 años trabajando a la sombra de los explosivos. Cree que se jubilará pronto. Muy poca gente de su entorno conoce a qué se dedica y su intención es seguir así. Casado y con tres hijos, desde el principio de este reportaje deja claro que no le interesa ofrecer muchos detalles de su vida, por seguridad.

“Soy de Pamplona. Si algo he conseguido hasta hoy es que nadie me relacione con lo que hago”, explica.

Jesús es el más veterano del TEDAX. Nació y creció en un periodo convulso, en que la organización terrorista ETA no daba tregua. Este grupo se creó en 1975 con el objetivo de rechazar el terrorismo desde la primera línea.

En 1977, coincidiendo con las primeras elecciones, Jesús ingresaba en la Guardia Civil. “Siempre he dicho que nosotros no deberíamos existir”, afirma vehemente; y lo dice uno de los que más entiende de desactivación. “Es muy triste que esto suceda. Te encuentras con auténticos dramas, seres humanos destrozados. Duele. Cuesta mucho. Nosotros no deberíamos existir…”, repite, “sería un logro. Existimos por una causa…”, se explica, “si el ser humano diseña y construye un artefacto para matar, ese es el fin, matar; hasta que no se neutraliza del todo, el artefacto mantiene su poder, ahí entramos nosotros…”. Jesús aclara, antes de nada, que los miembros del TEDAX no son artificieros sino especialistas en desactivación que actúan ante la presencia de supuestos artefactos explosivos, agentes incendiarios y recogida, transporte, análisis e investigación de sustancias químicas y biológicas. “Los artificieros son unos señores que trabajan en las canteras”, anota. Este hombre de mirada directa y palabras serenas, no es capaz de calcular el número de explosivos que ha podido manipular a lo largo de su vida, prácticamente, fue uno de los fundadores de este reducido grupo de agentes que este año cumple 35 años.

“No sé cuántas bombas he desactivado”, expresa. “Infinidad. Nos ha tocado de todo y siempre hemos permanecido al margen de las cámaras para evitar mostrar el mínimo detalle de nuestro trabajo a los terroristas. Nosotros somos los que aprendemos de ellos y luego aplicamos toda la técnica”. Jesús se asomó a este acantilado de vértigo con tan solo 25 años. Era una época sangrienta en el que la barbarie de ETA transgredía un día sí y otro también el derecho fundamental del ser humano: la vida. ” Fue un periodo de inquietud, de mucho nerviosismo. En un día llevábamos a cabo tres y cuatro actuaciones. Era duro, muy duro… Todos los días, sin descanso”. Roberto, uno de sus compañeros, le escucha con atención en la mesa contigua de la oficina, en la Comandancia de Pamplona. La sala es un auténtico museo de artefactos. De las paredes cuelgan proyectiles, algunos de la Guerra Civil, y antiguas granadas de mano. Destaca una foto en la que varios terroristas del IRA manipulan un lanza granadas.

En el pasillo, cubierto por una lona, han arrinconado un robot de desactivación fabricado por los norteamericanos en los años 80. “¿Situaciones duras?, a montones”, continúa, “lo peor es cuando toca recoger los restos de una persona, bien sea un compañero, un civil, o un terrorista. Intentas prepararte mentalmente, procuras que no te afecte, pero la primera vez es inevitable”. Jesús nunca olvidará su primera vez. Le sucedió con 27 años, en la estación eléctrica del barrio de Lourdes en Tudela. Lo relata como si hubiera sucedido ayer mismo. “Mientras varios terroristas preparaban el atentado para derribar el transformador”, recuerda, “otro se encargaba de montar una bomba trampa en una zona distinta. Le reventó de lleno. Sólo quedaron reconocibles los trocitos de las tarjetas Clave que por entonces utilizaba Caja Navarra. Gracias a esos trocitos le pudimos identificar. Fue impresionante. El zambobazo se escuchó a varios kilómetros a la redonda. Después han venido casos parecidos en el que comandos enteros de ETA han muerto al colocar las bombas. Nosotros trabajamos de la misma manera, sean terroristas, agentes de las fuerzas de seguridad o civiles. Es duro, pero es así”. Una llamada telefónica le interrumpe.

El 11 de abril del 2008, sufrieron un atentado trampa parecido al de Lourdes. Esta vez, ocurrió en Meano. “Volvimos a ver la mala leche del terrorista”, ironiza. “Colocaron dos bombas en la subestación de telefonía. Una de ellas estaba oculta con dos kilos de metralla. Su objetivo era cazarnos. No estalló por la imperfección del artefacto. Querían tirar la torre y de paso causar víctimas mortales”, Jesús sale a la calle a fumar un cigarro. Prosigue Roberto.”Hay que actuar con mucha frialdad. Al principio, en cuanto te dan el aviso, te alteras, como cualquier persona. Tenemos sentimientos”.

Jesús regresa al despacho y retoma el hilo. Describe las impresiones que se siente unos minutos antes de intervenir: “Mientras conduces hacia el lugar, superas una primera fase de nerviosismo, piensas en lo que te puedes encontrar. A medida que te acercas, te relajas y la cabeza, a su vez, se va aclarando. Superas unas cuantas fases, hasta que te conviertes en un hombre frío. Para alcanzar este estado necesitas una preparación muy fuerte durante toda la vida. Hay que ir despacio. No te puedes saltar un paso porque esto es lo que esperan los terroristas”.

“Ten cuidado…”

Durante su tiempo libre, que no es mucho, asegura que lo disfruta en familia, ” de tiendas”, sonríe. “La mujer es el mayor apoyo de uno. Nosotros lo hablamos en su momento. No queríamos vivir en la comandancia para evitar mayor presión psicológica en la familia”. Jesús recuerda cuando sus tres hijos eran pequeños y se despedía de ellos antes de ir a desactivar una bomba. “Ahora son mayores y no es como antes. En los años duros tardabas dos días en volver a casa. Entonces, con 13 años, qué les ibas a decir al marcharte… papá se va a trabajar, y con una sonrisa. Sin el apoyo de mi mujer, que ella si conoce lo que haces y encima se lo come, sería muy difícil”.

“Ten cuidado” y “hasta luego”, estas son las dos únicas palabras que, después de tantos años, siguen pronunciando cuando a Jesús le suena el móvil con el aviso de alguna alarma y se tiene que ir.

“Claro que sientes miedo. Es imposible estar por delante de ellos. Son los terroristas los que colocan las bombas y asesinan. El que diga que no siente miedo es un inconsciente y en este grupo ningún compañero es un inconsciente. Para nada. Se trabaja con toda la conciencia del mundo y eso implica respeto y miedo. Ojalá sigamos teniendo miedo. Aquí nadie da un paso atrás nunca. Y si lo das, con prudencia”, Jesús prosigue sosegado.

“Empezamos a funcionar con pocos medios”, se une a la conversación, de nuevo, Roberto, el compañero. “Con una caña y una caja de herramientas”, ríe. “Con la caña, separábamos el detonador de la carga”. Hoy, el TEDAX posee un reconocimiento internacional entre los mejores del mundo. “Hemos dado respuesta a 30 años de terrorismo”, dice ahora Jesús. “Somos capaces de saber los futuros movimientos de los terroristas por los restos que dejan. Incluso, por el modus operandi llegamos a reconocer la personalidad del terrorista”. Los dos agentes coinciden en que les preocupa la personalidad de los jóvenes terroristas de ahora. “Han pasado ya tres generaciones”, declara con tono cansado, “reciben unas instrucciones por internet y adelante. Hacen muchísimo daño”.

Roberto nació en Canarias y es el mayor de cuatro hermanos. Tiene 40 años y lleva desde los 18 en la Guardia Civil. “Yo no sabía ni qué era la Guardia Civil. Un chaval me convenció y vine a Navarra a hacer la mili”. Roberto era un joven inquieto con conocimientos de electrónica que aprendió en un módulo de FP. “Superé el curso de nueve meses en el cuerpo y entré”. Al igual que le sucedió a Jesús, también sufrió una primera vez.

“En Barcelona, durante mi primer año, me temblaron las canillas en varias ocasiones por los atentados de Terra Lliure. Sin embargo, el que más me ha marcado”, especifica, “sucedió en Navarra, en la antigua casa cuartel de Endarlaza. Los terroristas instalaron un artefacto explosivo entre las ruinas. La explosión dio de lleno a un policía nacional que paseaba por la zona. “Fue el mismo día del atentado de Aznar. Los medios no le dieron demasiada repercusión”, se lamenta.

Roberto es un deportista nato que disfruta con todo lo relacionado con el aire libre. Está casado y tiene un hijo de 11 años. “Lo llevamos bien. Apenas hablamos del tema. Voy por libre. Que se entere por los periódicos. No me gusta hablar de ello. Lo principal es sacar el trabajo para ver como crece mi hijo. A mi no me importaría que ejerciese mi profesión, sería maravilloso. Hay que apoyarle”. Cuando se le pregunta cómo ve la vida, es conciso.

“Bien. Aspiro a pagar la hipoteca y cuando me jubile, algún día,” ríe, “sacar la caña de pescar en mi tierra”.

Por Iván Benítez, en diariodenavarra.es

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