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Ante la duda, la dama de hierro

In historias humanas on abril 28, 2010 at 12:22 pm

Si con la carrera de los 14 ochomiles el alpinismo no se hubiese traicionado para abrazar las leyes de los deportes regulados o de dorsal, la figura de Elizabeth Hawley no existiría. Pero las contradicciones conducen a sinsentidos aún mayores, así que éste es el panorama: alpinistas hechos y derechos muertos de miedo antes de someterse al interrogatorio de una estadounidense casi nonagenaria que jamás ha pisado cima alguna.

Hawley, nacida en Chicago en 1923, lleva casi medio siglo documentando primero y certificando después las ascensiones a los 14 colosos del Himalaya. Por supuesto, todo es oficioso porque jamás ha sido testigo de otra cosa que de los sudores fríos de los que, voluntariamente, se someten a su feroz escrutinio.

Si uno tiene la desgracia de pisar la cumbre de un ochomil bajo la niebla, se le atasca la cámara o se le olvida en la tienda puede que Hawley no dé por buena su ascensión.

Claro está, sólo aquellos que desean figurar en listas y anales aceptan la visita de la dama de hierro afincada en Katmandú desde los años 60 del siglo pasado, cuando la capital de Nepal era el centro del universo hippy y ella escribía crónicas políticas para Time. Fue en esos años cuando Hawley tejió su red de contactos influyentes y se ganó el respeto de alpinistas de la talla de Edmund Hillary, primer vencedor del Everest, pero también de políticos, reyes y empresarios. En 1962 empezó a trabajar para la agencia de noticias Reuters especializándose en crónicas himaláyicas. Jamás se casó ni regresó a su tierra natal.

Hawley no es del agrado de todos. Muchos alpinistas escalan ochomiles, tienen pruebas más que suficientes de su presencia en la cima y se las guardan para compartir su éxito en familia: no necesitan que nadie venga a certificar lo que ya saben y son conscientes de que no hay mayor mentira que engañarse a uno mismo. Pero en la carrera de los 14 ochomiles, fuese masculina o, ahora, femenina, el único juez de silla, árbitro, comisario o como quiera denominarse a la autoridad pertinente es Hawley.

La anciana somete al interrogado a una serie de preguntas de sencilla respuesta: las vistas desde la cima, su morfología, los elementos abandonados en ella… Pero la principal fuente de conocimiento de Hawley es el testimonio de los sherpas que estuvieron en la montaña en cuestión y que siempre o casi siempre saben quién hizo o no cima. En el caso de Oh Eun-sun, Hawley consideró su ascensión al Kanchenjunga como “dudosa”, aunque la dio por buena bajo el asterisco de la debilidad de la documentación aportada.

Los dos primeros surcoreanos que figuran en la lista de los 14 ochomilistas tuvieron que repetir, como en el colegio, sancionados por la severidad de Hawley. Otros, en cambio, mandaron a paseo a la señora. Entre los códigos de los alpinistas no está denunciar al compañero que no ha hecho lo que dice haber hecho y se supone que no existen mentirosos ni acusicas. Pero ahora, con tanto prestigio y dinero en juego, todo vale con tal de ganar.

Por Óscar Gogorza, en elpais.com

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