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Mujeres y sexo durante el franquismo

In historias humanas on abril 16, 2010 at 7:50 am

El régimen difundió, con la ayuda de la temible Sección Femenina, su modelo de mujer: un ángel del hogar que debía rezar el Rosario durante el acto sexual. Un seminario ha desenterrado la memoria de aquellas que se atrevieron a desafiar la norma, entre ellas las lesbianas.

La memoria es un espacio entre lagunas. Muchas de ellas se llenaron a base de represión durante casi 40 años de dictadura. Esta vez son los testimonios femeninos los que buscan salir a flote de ese pasado anegado.

Historias de mujeres, madres y esposas, pero también lesbianas y prostitutas que discutieron el patrón impuesto por un régimen, el franquista, que negó en España incluso su existencia.

Con el seminario Memoria y sexualidad de las mujeres bajo el franquismo, organizado la semana pasada en Madrid por el Museo Reina Sofía y la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), emergen pequeños islotes de estas lagunas históricas. Cuatro décadas en las que la dictadura negó la sexualidad de la mujer más allá de la procreación y el papel de madre y esposa asignado por el nacional catolicismo.

Raquel Osborne, profesora de Sociología de la UNED, trabaja desde 2007 en arrojar luz a la historia de estos colectivos despojados de su voz. “Los hombres han recuperado su historia más fácilmente. La homosexualidad masculina se reprimió dura y claramente. Con la mujer hubo ocultamiento y ninguneo”, señala Osborne. El ama de casa era el único modo de sexualidad femenina aceptado. Las prostitutas eran admitidas, pero no aprobadas por la moral del régimen. Las lesbianas no existían oficialmente, a pesar de representar al 10% de las mujeres.

La sexualidad femenina fue negada durante el franquismo, fuera del papel de madre y esposa asignado por el nacional catolicismo. “A las mujeres se les decía que no pensaran en el acto sexual, que rezaran el rosario mentalmente, no se consentía su disfrute”, recuerda Dolores Juliano, catedrática de la Universidad de Barcelona. “Se crean fundamentalmente dos modelos de mujer. Uno, el de la mujer como ángel del hogar, dependiente de su marido. Se les prohibía prácticamente trabajar. La otra cara de la moneda es la puta”, explica Osborne.

Sin embargo, el sistema tenía fisuras por las que goteaba la libertad. Allí las mujeres, y en especial las lesbianas, podían expresar su deseo fuera del papel pasivo que tenían asignado. Fueron corrientes a finales de los años 40, los grupos de mujeres. Con sus propios códigos para no ser descubiertas, reservaban su intimidad para acampadas en el campo, lejos del férreo control policial. Los espacios de libertad se extendían hasta el mundo de los teatros, los cabarés y otros ambientes bohemios. Barcelona y, en concreto el barrio del Paral•lel y Las Ramblas, eran todo un submundo donde la vida seguía su propio ritmo.

Para la mayoría de la sociedad era impensable una relación homosexual entre mujeres. “La idea extendida era que las lesbianas miraban a las mujeres porque los hombres no las hacían caso. Eran las feas”, explica Dolores Juliano “La delincuencia era algo propio de los hombres. A ellas se las atribuía una personalidad masculina y por lo tanto, de delincuente”. Pero tras el disimulo de dos amigas paseando del brazo germinaban las relaciones entre ellas

Para interactuar con el mundo y las instituciones era indispensable la complicidad de los amigos gays. Hombres y mujeres homosexuales compartían la clandestinidad y se utilizaban los unos a los otros para disfrazarse de parejas al uso. Se registraban juntos como parejas en los hoteles, hacían viajes juntos, se casaban e incluso las dejaban embarazadas, cubriendo el hueco de la inseminación. Juntos representaban un papel en el escenario organizado por el franquismo.

Un error en esta puesta en escena podía significar la cárcel. Muchas no se atrevían a dar el paso, pero pensaban constantemente en él. El doctor Ramón Serrano Vicéns (1908-1978), el mayor estudioso de la sexualidad femenina durante el franquismo, ejerció durante décadas de confidente.

Entre 1940 y 1961 escuchó a cerca de 1.500 mujeres en entrevistas personales sobre su vida sexual. Sus conclusiones dejaban claro que la fachada franquista albergaba una libido viva e inquieta. Casi un tercio de las mujeres casadas eran infieles y el 33% habían tenido alguna experiencia homosexual. Además, un 84% se masturbaba, aunque sólo lo reconocían ocho de cada 100. Sin embargo, estas verdades fueron hurtadas a la sociedad hasta 1971, cuando los estudios de Serrano fueron publicados por primera vez.

El siglo XX orilló a menudo a las mujeres, y sobre todo a las otras mujeres. Prostitutas y lesbianas. Colectivos subalternos que apenas han tenido voz. El seminario celebrado en Madrid sirve como punto de partida para recuperar el testimonio de una generación pionera. Esposas, lesbianas o prostitutas, todas vivieron en una sociedad donde la mujer apenas tenía peso. Hoy pueden contar su historia para que las nuevas generaciones sean conscientes de los espacios conquistados en un país donde, tras 35 años de democracia, la educación sexual aún es un tema tabú, fuera de las enfermedades y el embarazo no deseado y las familias homosexuales brillan por su ausencia en los libros de texto.

EN PRIMERA PERSONA: LUISA SALMERÓN

“Yo no sabía que se podía elegir entre los hombres y las mujeres”

Luisa Salmerón, de 83 años, vivió en primera persona la represión de la homosexualidad en el franquismo. Nació en 1926 en Granada aunque a los 20 días sus padres se mudaron a Almería. La Guerra Civil se cebó con su familia y su padre, un empresario, fue detenido por los republicanos. A los 20 años llegó a Barcelona buscando prosperidad y se encontró consigo misma. “Yo no sabía que se podía elegir entre hombres y mujeres como pareja. Aquello era impensable en Almería”, comenta Luisa. En la Ciudad Condal se hizo amiga de una chica con novia. Ella fue su cicerone en los círculos homosexuales donde esperaba Teresa, su mujer de toda la vida. “A mí ella no me gustaba al principio, tenía la piel muy negruna, muy morena. Pero ella dijo esta chica va a ser para mí. Y así fue”.

En aquellos tiempos, nadie salía del armario, sino que pasaba a ser “del asunto”. “En público fingíamos e íbamos separadas de aquí y allá, saliendo con chicos en el mismo grupo”, apunta la mujer. Los amigos gays vestían las reuniones de encuentros normales.

Luisa siempre salía de casa provista de un papel de su empresa en la que se la describía como “honrada y trabajadora” en caso de que tuviera algún percance con las autoridades. “Franco quería eliminar a las lesbianas“, señala con rabia. En su memoria permanece el temor a las represalías. Una amiga suya salió de la cárcel “como un muerto”, tres años después de besarse en la calle con una amiga. “La pelaron la cabeza e incluso le dieron pastillas para quitarle la regla y que no molestara”, recuerda. Era el procedimiento habitual con las lesbianas. Luisa y Teresa fueron afortunadas en ese sentido. Siempre fueron muy cautas y precavidas. Si alguien les preguntaba siempre decía que eran cuñadas. En un salón del museo Reina Sofía Luisa recuerda como organizaban acampadas donde olvidaban la mascarada diaria. “Allí dormíamos juntas, la que se quería vestir de hombre se vestía…”. El campo les brindaba la intimidad para tener encuentros sexuales. Luisa y Teresa incluso lograron tener familia con la ayuda de un amigo gay de su pandilla que le dejó embarazada. “Ella siempre había querido un niño, y yo también”.

Luisa confiesa que además eran una pareja abierta. “Los siete primeros años sólo estuvimos la una con la otra, pero luego nos abrimos a más encuentros”.

LA OTRA VERSIÓN DE MUJER DEL RÉGIMEN

“Tras la guerra, miles tuvieron que prostituirse”

Tras la Guerra Civil, miles de mujeres de clases trabajadoras se quedaron solas y sin recursos. La prostitución fue para muchas de ellas la única salida. “Muchas de ellas se quedaron disponibles tras perder al marido y tuvieron que prostituirse”, señala la profesora Raquel Osborne. El polo opuesto, y complementario, a la mujer sumisa que proponía el régimen.

La prostitución fue consentida hasta 1956. Sólo se desarrollaba en los burdeles, la prostitución callejera era reprimida. El régimen ideó instrumentos de control y reeducación de las meretrices y otras descarriadas. El más destacado fue el Patronato de Protección de la Mujer, creado en 1942 y presidido por la mujer del dictador, Carmen Polo. Su cometido “la dignificación moral de la mujer, especialmente de las jóvenes, para impedir su explotación, apartarla del vicio, y educarlas en la religión católica”.

Por Alejandro López, en ADN.es

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