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Sin culpa pero culpables

In Opiniones Humanas on abril 14, 2010 at 9:12 am

A los psicólogos que asistieron al interrogatorio de la menor les llamó la atención. La chica de 14 años apenas se inmutó, no mostró ni rastro de sentimiento de culpa. Asesinó, presuntamente, a otra chica. Le propinó múltiples golpes y le hizo una herida en la muñeca por la que se desangró. Permaneció callada varios días mientras la mitad de los vecinos del pueblo de Seseña (Toledo) buscaban a la desaparecida Cristina Martín. Cuando la descubrieron, confesó lo que había hecho sin arrepentimiento aparente.

El caso Seseña, un asunto bajo investigación y que ha conmocionado a la sociedad porque implica a dos menores, deja al descubierto ese matiz impactante, común a otros crímenes que en su día también tuvieron mucho eco y que ya están resueltos. Ocurrió con el crimen de San Fernando, en el que dos adolescentes asesinaron a Klara García, de 16 años, en un descampado. O con el del asesino del rol, Javier Rosado, que buscaba el asesinato perfecto cuando mató a un padre de familia en una parada de autobús y aseguró no estar loco. No se arrepintieron al contarlo. No titubearon.

¿Qué se esconde detrás de esa aparente frialdad? ¿Es lo mismo si ocurre en el caso de un adulto o cuando muestra indiferencia un adolescente? ¿Se puede corregir? ¿Qué efecto puede tener sobre una condena o en la futura reinserción de un criminal? En la mayoría de los casos, según los expertos, se esconde una falta de empatía, la incapacidad de ponerse en el lugar del otro, lo que lleva al homicida a considerarlo un objeto en sus manos que ni siente ni padece.

En pocas ocasiones, este comportamiento es la señal de que nos encontramos ante un psicópata, un criminal de difícil o imposible reinserción que tiene una gran inteligencia, elevada capacidad de seducción y ausencia total de escrúpulos. En las demás ocasiones, lo que puede esconder la aparente frialdad es que el criminal actuó bajo los efectos del alcohol o de alguna droga. Eso le hará recordar con menor nitidez lo que ha hecho y, por lo tanto, tener una sensación de culpa menos acusada. La falta de empatía, la carencia de arrepentimiento o la presencia de una psicopatía no exime al criminal de la responsabilidad de lo que ha hecho ni de la condena, aunque la actitud contraria (admitir lo ocurrido y lamentarlo) sí que puede jugar a su favor.

Observemos un caso que en su día también conmocionó a la sociedad y que ya está resuelto. La joven Klara, de San Fernando, fue asesinada por dos conocidas, de 16 y 17 años, en el año 2000. Planearon y ensayaron el crimen meticulosamente. Cuando fueron descubiertas, dieron dos razones para su crimen. Querían ser famosas y “experimentar lo que se sentía”. Tras asestarle 18 puñaladas en un descampado, se cambiaron la ropa ensangrentada y se fueron de marcha. Aparentemente, no repararon en el dolor de la víctima, no se pusieron en su lugar. No tuvieron empatía.

“La capacidad de ponerte en el lugar de otro desde el punto de vista emocional, la empatía, es un mecanismo fundamental porque nos ayuda a relacionarnos socialmente”, explica Alfredo Calcedo Barba, profesor titular de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid. A algunas personas les falla esa capacidad por diversos motivos, influyen tanto factores biológicos como psicológicos. Una de las claves para su desarrollo es cómo se vive la infancia, cómo se desarrollan los primeros años de vida. “La mayoría de los grandes criminales de la historia han tenido infancias difíciles, en las que sufrieron malos tratos o vivieron sus primeros años de manera catastrófica”, según el especialista en Psicología.

Otra clave es una alteración cerebral concreta que impide a la persona empatizar con los demás, que le trastoca la escala de valores. “La falta de empatía, en sí misma no es un problema, no produce criminales, hay gente que no tiene remordimientos pero sí una educación férrea que evitará que pueda hacer algo grave fuera de la ley”, señala Ignacio Fernández, profesor de la Clínica Universitaria de Psicología de la Complutense.

Es una carencia educacional, una anomalía cerebral o una mezcla de ambas cosas. Y, con el tiempo, puede ir a peor. Por eso los distintos expertos diferencian entre las psicopatías de los adultos y las actuaciones de los menores, con muchos más matices a tener en cuenta, tanto para explicar lo que han hecho como para condenarles por ello. “La consideración de una patología de la personalidad no se puede plantear antes de los 18 años, no se debe hablar de algo cerrado antes de la mayoría de edad”, añade Enrique García Bernardo, el jefe del servicio de Psiquiatría del hospital Gregorio Marañón (Madrid) .

“Las personalidades no están maduradas ni formadas en el caso de los adolescentes, no tienen las escalas de valores como los adultos, pueden presentar rasgos más narcisistas, la pérdida de autoestima o de prestigio puede mediatizar su conducta”, señala Miguel Gutiérrez, catedrático de Psiquiatría de la Universidad del País Vasco y vicepresidente de la Asociación Española de Psiquiatría.

Los niños desarrollan la empatía entre los seis y los 12 años, cuando están aprendiendo a vivir en sociedad. “En sus primeros años, no tienen conciencia de lo que está bien o mal, el niño por naturaleza es cruel, se deja llevar por sus instintos”, añade García Bernardo.

Sus personalidades están en periodo de formación, son complejos. La psiquiatra Orlanda Varela, una profesional con amplia experiencia en el ámbito penitenciario, explica que precisamente por eso es tan importante analizar el grupo en el que se relaciona el adolescente como a la persona en sí. “En casos como el de Seseña, hablar del individuo sin hacer mención a las dinámicas de grupo sería como hablar de coches sin aludir primero a los motores”, ejemplifica. Varela, que ha seguido por los medios de comunicación las primeras pistas del caso Seseña, subraya un aspecto que considera “impactante” en lo ocurrido en el pueblo de Toledo: la reacción del entorno de las dos chicas, que estudiaban en el mismo instituto aunque en cursos diferentes. “He oído declaraciones de otros chicos del municipio en las que normalizaban la violencia como vía de resolución de conflictos y autoafirmación”. El día del sepelio, conocidos de Cristina Martín explicaban ante las cámaras de televisión que en el pueblo es normal quedar para pegarse y que fue lo que hicieron las dos chicas el día que murió Martín -ninguno de los detalles que han trascendido de la investigación policial arroja luz sobre cuál fue el motivo del encuentro y el posterior desenlace-. Lo comentaron también los padres de dos compañeros de la menor que ayudaron a buscarla. Las peleas entre chicos “son habituales, como en cualquier otro sitio”, según uno de ellos, “pero de esto a lo que ha pasado es demasiado”. Varela analiza esas declaraciones para ofrecer otra posible clave: “Este tipo de entornos puede hacer que un adolescente no vea tan rápido las consecuencias de sus actos, los puede normalizar”.

La identidad y la imagen de la presunta homicida de Cristina Martín ha circulado con impunidad por las redes sociales. Su perfil personal de Tuenti (una red muy utilizada por los adolescentes para relacionarse en internet) fue clausurado. Pero a los pocos días, una usuaria de otra red, Facebook, creó un foro para reclamar justicia por la niña muerta. Los abonados se cuentan por miles y, entre sus aportaciones, han incluido fotografías de la supuesta agresora, que lleva desde 5 de abril internada por orden del juez, a la que dedican comentarios a veces insultantes. Aparece su rostro y también ilustraciones que albergaba supuestamente en su perfil de Tuenti. Entre otros, un dibujo de la parca que vigila a una chica que se corta las venas o un par de rostros ensangrentados. La chica, que jamás llamó la atención de sus profesores ni mereció un parte disciplinario, es relacionada desde estos foros con el movimiento gore y con la estética gótica.

Para los expertos, este posible interés estético no supone necesariamente el origen del problema. “Ir de gótico es una cosa, tiene un componente social de imitación y puede ser divertido, lo peligroso aquí es convertir esas imágenes en algo obsesivo”, según Alfredo Calcedo. “En casos como este, el forense debe comprobar el entorno familiar de la chica, la educación que ha recibido, cuál es su relación con otros compañeros de clase y con la víctima, su rendimiento académico…”, enumera el profesor de Psicología de la Complutense.

“La Ley del Menor establece que todo eso es importante, se necesita un estudio completo de la personalidad y de los aspectos familiares de la menor y, a partir de ahí, decidir”, añade Octavio García Pérez, profesor titular de Derecho Penal y secretario de la Asociación Grupo de Estudios de Política Criminal.

Se trata de hacer un puzle con las posibles causas y sus consecuencias, porque en el caso de los menores el sentimiento de culpa puede llegar más tarde, o estar camuflado en una percepción de que lo que se está haciendo cuenta con el visto bueno del entorno.

Pero, ¿qué ocurre cuando hablamos de adultos, de hombres o mujeres hechos y derechos que confiesan lo que han hecho con frialdad y distancia? ¿Se les puede corregir la falta de empatía? ¿Se puede curar a un psicópata? ¿Son menos responsables de sus actos? Parece que no, según los distintos especialistas. Un no rotundo para algunos expertos, un no con matices a juicio de otros.

El catedrático de Psiquiatría Miguel Gutiérrez considera que los casos de psicopatía pueden tener rehabilitación, “y en mucha mayor medida cuanto más joven es la persona a tratar”. Alude a protocolos de reeducación y psicoterapias para encauzar al que es incapaz de ponerse en la piel del otro. Calcedo rebate que es un tratamiento “bastante complicado, se trata de hacer aflorar algo que no ha aflorado antes, que brote en un paisaje seco, no en vano son los criminales que tienen peor pronóstico”. García Bernardo es el más contundente en su diagnóstico: “Las psicopatías clásicas tienen un patrón muy claro, específico, constante y absolutamente intratable”.

No se cura o se cura mal y no exime a nadie de sus actos. “Tener una psicopatía no conlleva una merma de la capacidad para discernir, como ocurriría con un trastorno psicótico o con un criminal que tenga problemas con el alcohol”, considera Ignacio Fernández. El psicópata que cometa un crimen se sentará ante un tribunal y tendrá la misma consideración que cualquier otro.

La falta de arrepentimiento, además, no aparece en el Código Penal. “En el ámbito de la moral, el arrepentimiento puede merecer cierta consideración, pero el derecho penal no es un código moral, no pretende que las personas sean más o menos buenas, sino que respeten las leyes”, justifica el catedrático de Derecho Penal y criminólogo José Luis Díaz Ripollés, que añade a renglón seguido algunas consideraciones sobre este asunto que sí pueden influir en un tribunal. Mostrarse arrepentido, por ejemplo, puede ser un indicio de que el criminal no volverá a cometer hechos delictivos.

“La ley no dice nada pero los jueces tienen un margen de discreción en el que influyen estas cuestiones”, según el criminólogo García Pérez. La pena por asesinato oscila entre 15 y 25 años. Ése es el margen de trabajo de un juez y donde puede influir de alguna manera la actitud del autor del delito. “La confesión de la infracción conlleva una rebaja porque el autor soluciona la tarea de la administración de justicia a la hora de descubrir el delito”, ejemplifica Díaz Ripollés. Y arrepentirse puede indicar “que la energía criminal, la peligrosidad del autor o el reproche que se le puede hacer son menores”, concluye.

Por Pilar Álvarez, en elpais.com

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