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Un enfermo terminal frente a su destino: “No hay que parar. Siempre hay que marcarse objetivos”

In historias humanas on abril 9, 2010 at 9:11 am

La medicina no es sólo diagnosticar y curar enfermedades. Médicos como Javier Rocafort cuidan y alivian cuerpo y alma, cuando ya sólo queda esperar a que la vida llegue a su fin. En la Fundación Laguna de Madrid no se ayuda a los pacientes a morir, sino que se busca el sentido con el que renacer por última vez antes de que los ojos se cierren.

El objetivo es conseguir una terapia con la que alcanzar la calma, sin dolores ni sobresaltos, “para que disfruten de la vida que les queda sin sufrimiento”. Actualmente hacen falta unos 200 hospitales especializados más para atender a los más de 120.000 enfermos terminales que se calcula que hay en España cada año, según los datos que maneja la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (Secpal). Dada esta escasez, prácticamente todos están en casa. En España hay 400 servicios específicos de paliativos. El hospital centro de cuidados Laguna es el primer centro dedicado en exclusiva a esta delicada tarea, (genérico y no exclusivamente oncológico), pero sólo cuenta con 38 camas.

Rocafort, director de medicina asistencial, no trata a sus pacientes como meros enfermos ni se cansa de escucharles. Cuida de ellos y de sus familias. Pero, ante todo, no se olvida de que trata con personas que buscan una salida cuando parece que ya no queda nada. “Los cuidados paliativos permiten cerrar la historia de la vida en un conjunto de pacientes en los que hasta ese momento no veían nada más allá de la muerte”.

La Fundación Laguna nada se asemeja a un hospital donde se reparten medicamentos. Donde uno sólo imagina oscuridad, surge la esperanza; en vez de lágrimas, se escapan risas; las enfermeras regalan guiños de complicidad; los voluntarios se convierten en los mejores confidentes… La mayoría de las conversaciones gira en torno a la familia, las aficiones, los recuerdos, el trabajo, la fe. “Son conversaciones necesarias y a la vez difíciles”. Esta tarde, por cierto, es el cumpleaños de Clarita. El pasillo está abarrotado de carteles que lo recuerdan. Hoy la fiesta es para ella. Los viernes, sesión de cine; un concierto; una despedida

Elena Carrascal, la subdirectora de enfermería, habla de esos momentos difíciles con la misma sonrisa que la ha llevado hasta la cabecera de cientos de enfermos incurables. Ha oído muchos de esos silencios que esconden una muerte cercana. “Nosotros estamos para darle sentido a la vida que todavía tienen”. Elena sabe que las dudas y las incertidumbres que saltan a los enfermos y a sus familiares son impredecibles. Enfrentarse a la muerte depende de cómo haya sido la vida. Hay quien mira hacia atrás y añora lo que ha tenido y va a perder.

Otros, como Juanjo, dan gracias porque podrían estar peor de lo que están. Su ELA le paraliza progresivamente el cuerpo. Pero su mente está en Roma, donde irá la semana que viene con su familia y amigos. “Hay que marcarse objetivos. Es el mejor final en la vida”.

El tono de Elena no se apaga ni al leer las cartas de agradecimiento de cualquier familiar de algún enfermo que ya no está. Los agradecimientos llegan a puñados en forma de cartas, placas, flores, visitas, voluntariado. Elena no menciona la palabra muerte. Ella se dedica a exprimir el tiempo que le queda a cada paciente, sea el que sea. Ellos le responden con entusiasmo. “La felicidad consiste en tener ilusión”, asegura. También les acerca a sus aficiones. “Recuerdo a un enfermo al que le encantaba pintar, y su única pena era no haber montado una exposición nunca”. En Laguna se montó su primera exposición y así se fue en paz.

Todos y cada uno de los profesionales que trabajan en el centro comparten una perspectiva a veces infrecuente en la medicina. Les une la humanidad, el cariño, una dedicación especial y el firme convencimiento de que lo que hacen tiene un sentido. Gracias a ello, Juanjo ha logrado dar la vuelta a un reloj de arena. Antes, cada día que pasaba era un día menos. Ahora enciende su ordenador, navega por Internet, piensa cómo quiere vivir sus días y, simplemente, lo hace. “Mañana, Dios dirá”.

Por Ana I. Gracia y Gustavo Bravo en El Confidencial

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