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En busca del agua de la vida

In historias humanas on marzo 26, 2010 at 11:14 am

“Agua, ¿dónde vas?”, preguntaba garcía lorca en un poema. El millón de almas en el mar de miseria del gueto de Kibera, a las afueras de nairobi, podrían preguntar: “agua, ¿dónde estás?”. lo mismo que miles de personas en zonas rurales de kenia. empresas y comunidades hacen posible que un grifo con agua abra la espita de la vida.

 

A Florence le gusta ir al colegio. Este niño keniata tiene grandes ojos negros y una camiseta verde más grande aún, varias tallas mayor de lo que corresponde a sus menudos 7 años. “Lo que más me gusta es jugar al fútbol… bueno, también las matemáticas”, añade mirando de reojo a su profesora, Helen Tirra, como preguntando “¿es eso lo que debo decir?”. Beryl, de 6 años, apunta: “¡Y tenemos agua!”, por si Florence no lo cuenta.

Tener o no tener agua. Ésa es la diferencia que marca la vida para millones de personas en el mundo. Florence y Beryl son dos de los 2.750 alumnos de la escuela de Primaria Olympic que disfrutan de agua potable y letrinas. Es lo más parecido a un oasis en el mar de miseria que se extiende en una zanja de 2,5 kilómetros cuadrados, pegada a Nairobi, donde se hacinan más de un millón de personas en un horizonte cuajado de chabolas. Bienvenidos a Kibera, el mayor suburbio de África.

Cada día, según la ONU, que el pasado 22 de marzo celebró el Día Mundial del Agua, mueren en el mundo 10.000 personas, la mayoría niños, por falta de agua potable. Más de 884 millones de personas viven sin acceso a agua en buenas condiciones, y otros 2.600 millones de seres humanos carecen de servicios de saneamiento, como letrinas y pozos sépticos.

En Kibera, por ejemplo, la mala alimentación y la falta de higiene causan miles de muertes cada año por tifus y disentería. La miseria manda en este insalubre laberinto urbano, a un paso de la moderna Nairobi que, curiosamente, en lengua masai significa “agua fresca”.

Nada más cruzar las verjas de la escuela se lee en una pared: “Dear visitors, have you visited our clean toilets?” Enseñar las letrinas y los grifos de los que sale agua es un orgullo para ellos. Casi 3.000 alumnos y profesores –algunos maestros viven aquí porque atravesar Kibera es peligroso– beben y se lavan en el colegio. Las familias también vienen a por agua, y ya se trabaja para abastecer a más de 5.000 personas en los aledaños.

Ruth Namulundu, una de las maestras más veteranas, defiende lo obvio: “Visto desde fuera, esto puede parecer una gota de agua en el desierto de esta miseria. Para nosotros, es un mundo”. Y el mundo empieza a tener otro sentido con los dos depósitos de 10.000 litros de agua potable que se levantan en la entrada, con grifos y fregaderos nuevos, con retretes y el quiosco de reparto de agua. La Fundación Coca-Coca África ha financiado esta infraestructura con 235.000 dólares en colaboración con Unicef, la asociación Global Water Challenge y la entidad Maji Na Ufanisi.

El derecho humano al agua es el privilegio de esta escuela y una vía esencial para la legítima aspiración de salir de la pobreza. William Asiko es presidente de la Fundación Coca-Coca África. Este brillante abogado, de amplia trayectoria internacional en la compañía, está volcado desde 2007 en la Fundación, y repite, siempre que puede, que “el progreso pasa por la salud y la educación”.

Asiko explica el proyecto de Coca-Cola, que destinará 30 millones de dólares hasta 2015 para abastecer de agua potable y saneamiento a comunidades de toda África mediante el plan Replenish Africa Initiative (Rain), que beneficiará a 2,1 millones de habitantes, y en el que se trabaja codo con codo con las comunidades locales, sin cuya cooperación todo sería mucho más complicado.

La Organización Mundial de la Salud apunta a que un 39% de la población mundial no tiene acceso a los servicios higiénicos básicos, los que evitan el contacto de los seres humanos con los desechos fecales. El saneamiento es tan necesario como el acceso al agua potable.

Avanza la tarde y los niños ya han salido de las aulas. Algunos improvisan un partidillo de fútbol con los periodistas. Los menos hábiles para chutar recorremos una pequeña huerta donde alumnos y profesores han plantado aguacates y maíz que contribuyen al programa de alimentos de la escuela.

Pobreza urbana, pobreza rural


Los proyectos relacionados con el agua en los que Coca–Cola trabaja en Kenia tienen dos frentes. La realidad urbana del gueto es áspera, dura, y tiene sus códigos. En el campo, la pobreza es carencia casi total, pero no tiene esa carcasa de miseria y violencia. Sin embargo, quienes viven en zonas rurales están en peor situación, según la ONU, porque el acceso a algunas zonas roza, en algunos casos, el filo de lo imposible.

“La gente piensa que sólo es cuestión de hacer pozos, y no es así. Es algo mucho más complejo”, explica Mark Nicholson, director de programas de la Water and Development Alliance (WADA), organismo con el que colabora Coca-Cola. Este doctor en Fisiología Veterinaria por la Universidad de Cambridge ha trabajado en 28 países, pero sobre todo en África, como asesor de desarrollo rural, recursos naturales y medios de vida. Sostiene que el reto es potenciar las cuencas fluviales y proteger la biodiversidad, y recalca “la importancia de la reforestación. Es la forma de cerrar el ciclo: hay que plantar árboles para que pueda llover”.

Llegar a la zona de Trans Mara lleva su tiempo. Según avanzan las horas a lomos de todoterreno, la belleza horizontal de la sabana, perfecta en su inmensidad y su luz, se vuelve agreste. En época de lluvias –de marzo a junio–, los caminos son casi intransitables. A orillas de los senderos embarrados, los hombres se sientan ante las chozas. Las mujeres cargan con niños y fardos imposibles. La esperanza de vida de las keniatas es de 49 años. Los críos corretean descalzos y sonrientes, jaleando el paso de los coches. Donde no hay nada, todo es un acontecimiento.

Unas horas más de traqueteante camino y algún incidente con los vehículos hundidos en el barro hasta llegar al distrito de Kirindon, en la región de Trans Mara, al oeste del parque. La bienvenida en la aldea de Naisukut no puede ser más cálida y hospitalaria. Aquí trabaja la WADA, en la cuenca del río Mara. Es en esta zona del valle del Rift donde el proyecto del agua de Coca-Cola va a llegar a 25.800 personas, la mayoría niños.

Diez horas para buscar agua
Las ropas raídas, el ganado flaco y los pequeños, muchos con vientres abultados y malnutridos, evidencian la pobreza de la zona. En medio de esta realidad, más de 10.000 familias de pastores y agricultores ya se benefician de un depósito de 10.000 litros, de un quiosco expendedor de agua, pilones para que beban los animales y fosas sépticas que han cambiado la vida de estas personas. Decenas de mujeres hacen cola delante del grifo de una caseta de ladrillo.

“Antes, mujeres y niños salían a las 7 de la mañana al río y volvían a las 5 de la tarde cargados”, explica Byonndo Johnstone, uno de los líderes de la comunidad, que tiene cuatro hijos. Christina Kirui es una joven madre, casi una niña, con un bebé amarrado a la espalda. Es una de las 30 afortunadas que recibe un garrafa nueva de 20 litros para sustituir el recipiente ruinoso con el que hasta ahora recogía el agua que la comunidad asigna por número de familiares. “Me siento feliz de no tener que bajar al río”, musita.

El gran depósito está vallado, adornado con algunas flores prendidas en la alambrada para la visita. Enfrente está la escuela de Primaria, un chamizo de palos y lonas. Sheree Shereni, directora de programas de la Fundación Coca- Cola África, da palmas al ritmo del Grupo de Cantantes de la Comunidad de Naisukut.

Nacida en Zimbawe, Shereni trabaja desde Sudáfrica para desarrollar estos planes. Es una entusiasta sensata, que colabora con comunidades y organizaciones como World Vision, que educa sobre el terreno sobre hábitos de higiene y uso del agua. “Nunca insistiremos bastante en la importancia de la formación. También hay que fomentar los programas para las madres, que son los pilares de las familias”, afirma. Los hábitos no se improvisan, pero ya funcionan clubes infantiles de higiene Child to child.

Llueve a cántaros cuando la pequeña caravana de todoterrenos llega a la escuela de Emurua Dikirr, también en Trans Mara, donde estudian 379 chicos y chicas. Los alumnos de Secundaria corren hacia un cobertizo al aire libre, el salón de actos, con las sillas sobre sus cabezas. Canciones de bienvenida y bailes con una chica masai al frente. Más del 30% de los estudiantes son masai. A veces cuesta convencer a los padres de que los chicos deben estudiar, admite William Asiko. “Acabar con la ignorancia es el primer paso para dejar atrás la pobreza”.

En Emurua Dikirr, Coca-Cola ha construido un depósito de ferrocemento de 50 metros cúbicos donde se recoge el agua de lluvia en la cubierta de los tejados. Esto hace posible suministrar agua potable a los alumnos. El agua y la higiene permiten, además, escolarizar a las niñas. No es raro que los padres se nieguen a que sus hijas vayan a la escuela cuando tienen el periodo. “Los chicos estudian y comen en el colegio”, explica el director, Thomas Cheuyiot. “Muchos caminan 20 kilómetros para llegar hasta aquí”.

De vuelta en Nairobi, Norah Odwesso, de Coca-Cola África, afirma: “A veces nos cansamos de que sólo se cuenten historias descorazonadoras sobre nosotros”. La pobreza, la corrupción y la violencia existen y coexisten en un país que creció un 2% en 2008, según el Banco Mundial. “Pero, ¿acaso no hay también voluntad de mejorar y acciones concretas que dan derecho a la esperanza?”.

Así se expresaba en Nairobi esta mujer resolutiva. Y así lo hacía también Thomas Cheuyiot, el humilde y enérgico director de la escuela Emurua Dikirr, cuando miraba a sus alumnos y les decía: “Podéis ser lo que queráis ser”.

Por Carmen Méndez, Nairobi, en Expansión.com

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