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Gloria Iglesias, la azafata de Iberia que vive con 11 toxicómanos

In historias humanas on marzo 7, 2010 at 12:32 pm

Gloria es una ONG personificada que se dedica a ‘arreglar’ seres humanos. No sabe de dónde le vino el don, porque en su casa nadie tenía madera de voluntariado. Pero ella, desde los 15 años, se empecinó en juntar sus ratos libres para ayudar a mujeres jóvenes embarazadas, personas con Síndrome de Down abandonados, niños sin hogar. “El de los toxicómanos es el voluntariado más duro”.

Hace una década, con 49 años, decidió subirse a uno de los trenes viajan hasta Lourdes en busca de un milagro. Le tocó el vagón de los enfermos de sida. “Y ahí me di cuenta de que esas personas volverían a dormir en la calle en cuanto el tren marcara el final del trayecto”. Desde ese día ha trabajado de azafata de Iberia de día y ha ejercido su labor humanitaria por la noche. Azafata de tierra, porque su padre nunca le dejó volar. Compró una casa en pleno corazón de la capital, justo detrás de la Gran Vía. “Si no hubiera hipotecado todo y me hubieran firmado cuatro avales, estos chicos estarían abandonados”.

Gloria con Calcetines, el perro, y seis ex drogodependientes. (G. Bravo)

Vive con once ex drogodependientes que recogió literalmente de la calle. Es el segundo hogar del Proyecto Gloria y no va a ser el último: la casa está en venta desde enero. “La hipoteca me está ahogando, y el día que yo falte el banco se quedará con la casa. Los chicos volverían a estar atados de pies y manos, y más de uno tendría que volver a la calle”.

Los números los tiene muy bien echados, y es consciente de que el salvavidas que les lanzó puede devolverlos a la otra vida que tuvieron y no quieren volver a tener. En total, ha criado a 120 hijos. Unos, ya tienen su trabajo y su independencia. Otros volvieron con sus familias biológicas. Hubo quien no sobrevivió. Alguno que parecía muerto, se lo trajeron en un saco moribundo para morir acompañado y ahí sigue, con ella. “Yo les he enseñado a convivir y a querer. Sobre todo a querer”.

Voluntaria del Año de Exclusión Social en 2003

Gloria Iglesias fue Voluntaria del Año de Exclusión Social en 2003. Lo ganó gracias a la carta que sus propios chicos enviaron a escondidas. Nadie puede definirla mejor que ellos: “Gracias a ella somos personas normales, que nos levantó de la nada, que nos dio una casa para que pudiéramos aprender a vivir. (…). Sólo Dios sabe de dónde saca las fuerzas, porque nunca se resquebraja. Aunque nosotros creíamos que éramos piedras, ella ha sacado el diamante que llevábamos dentro. Nuestras vidas son su vida y su vida, nuestro futuro”.

Ejerce de madre con todas las de la ley, y eso incluye supervisar todo lo que se hace en la casa. Desde pruebas de alcohol cada vez que entran en casa hasta ir a buscarlos a Las Barranquillas, el gran mercado de droga de Madrid. “Eso fue hace tiempo”. Ellos ponen la voluntad. Ella el método. En diez años, la casa ha evolucionado gracias, en parte, a la ayuda de un puñado de voluntarios que son como los tíos de los chicos (sus compañeros de Iberia, un médico de familia que vigila la salud de los internos y diversos donantes, entre ellos el juez Garzón o Belinda Washington).

Nadie más se ha dignado a ayudarles durante la última década (lo que lleva levantado el chiringuito), ni antes, cuando la situación amenazaba con ser insostenible. Los que no pueden trabajar fuera de la casa levantan el Rastrillo del Proyecto Gloria, en el que recogen muebles o enseres donados, los remodelan y vuelven a vender. El rastrillo también sirve para distraer y formar a estos jóvenes que han criado en la calle más inhóspita una vida sin proyectos. “Pero para una familia de 12 miembros, los ingresos siguen siendo insuficientes”. Trece sin olvidar a Calcetines, un perro abandonado al que Gloria también acogió hace siete inviernos. Por ello dejan a un lado sus reivindicaciones, que son su única esperanza, y ahora les toca esperar.

Ella simplemente los enseña a convivir y a querer. "Sobre todo a querer". (G. Bravo)

¿Es extraño que una mujer dirija un equipo de 11 jugadores? “Sin Gloria no existiría casa”. Ha sabido ponerse en su piel hasta entenderlos sin juzgarlos, queriéndose hacer cargo de ellos para que aprendan a actuar dignamente. Pero sin deformarlos, para que sus historias siempre deslumbren. Habla Pi, el “hijo mayor”, cuyo milagro en la vida ha sido compartir vagón con Gloria en aquel tren que se dirigía a Lourdes. Hoy es el que más preocupa en la casa. Su estado de salud es delicado. “Está malito. Muy malito”, reconoce Gloria, sacudiendo la cabeza.

Antonio llegó cuatro días antes de morir. El médico del albergue donde estaba le dio a elegir: “O pasas tus últimos días en una casa con otros drogodependientes, o mueres en la calle”. Gloria se empeñó en alimentar a aquel esqueleto con piel. “Tenía que vivir”. Antonio era la primera vez que sentía la atención de alguien. “Me picó el gusanillo de la vida, y no me quería morir”. De ahí a sacarse el Graduado Escolar y encontrar un trabajo de guardia de seguridad no han pasado más de cinco años. El primer día que lo dejaron en el garaje, a cargo de unos veinte vehículos de alta gama, él mismo le pidió a Gloria que no le dejara solo. “Me sentía como el lobo al que le encargaban cuidar de las ovejas. ¡Cuántos coches como esos había robado yo en mi vida!”.

Miguel Ángel se perdió en un laberinto sin salida en el que sólo le acompañaba la cocaína y la metadona. Hoy está de celebración: hace justo un año se dejó caer en el umbral del Rastrillo de Gloria. “No tenía hueco, pero le di tanta lástima que me dijo: sube para arriba, que ya te hacemos un hueco”. ¿Qué quién es Gloria para él? La persona que le ha hecho descubrir que la vida merece la pena vivirla; la misma que le ha encontrado un trabajo, le ha devuelto a sus hermanos y “mis hijos. Gracias a ella he recuperado a mis hijos”.

Gloria lee la carta que escribieron sus 'hijos'. Miguel Ángel, Antonio y Pí (G. Bravo).

La transformación de todos y cada uno de ellos ha sido desde dentro hacia fuera. Eran amos y señores de sus actos hasta que Gloria les enseñó a cómo tomar decisiones. “Gloria nos ha dado la oportunidad de vivir como valientes y no morir lentamente como cobardes”. Ahora buscan su propio y verdadero camino. Ya no viven con miedo ni agachan la mirada, con las manos en los bolsillos y encogidos de hombros. Viven la vida con valor, alegría y paz. Ya no tienen nada que perder y mucho que ganar.

Gloria bendice la vida de sus once chicos constantemente con gestos de amor para sostener los frágiles mundos de estos seres que muchas veces amenaza con derrumbarse. En la mirada de ellos, donde la gente cree que hay un ataque, hay una simple petición de ayuda. “Gloria es la que nos mantiene a los once en pie. Y a Calcetines. Para que no nos caigamos”.

Por Ana I. Gracia en El Confidencial

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