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Haiti – Con tres sentidos

In Fotografías humanas, historias humanas on febrero 8, 2010 at 5:12 pm

El olfato, el oído, la vista. Sus sentidos han sido los nuestros. Ellos no han mostrado cómo era Haití tras el seísmo. Los enviados especiales de ‘EL PAÍS’ describen aquí el olor, el sonido y el color de la catástrofe

Mundo desplazado GORKA LEJARCEGI

El olor de los 150.000 muertos

La noche que Yuri, el bombero ruso, sacó a aquella muchacha de 15 años de entre los escombros de su casa derrumbada, un fotógrafo español y un camarógrafo de una televisión francesa estaban allí para atestiguar que, cinco días después del terremoto, aún seguía existiendo alguna esperanza de vida en Puerto Príncipe. Sus cámaras recogieron la cara de susto de la muchacha, su camisa amarilla manchada de tierra, la forma en que revivió cuando el bombero Yuri le fue regalando sorbitos de agua y palabras de cariño musitadas en ruso. Lo que nadie a miles de kilómetros pudo percibir en la foto del diario o ante el noticiero del día siguiente fue el olor. Aquella muchacha de 15 años no olía a vida ni a resurrección ni a esperanza ni a ninguna de esas palabras que no huelen a nada. Ni tampoco a orines ni a vómito ni a sudor, que sí huelen y por eso no son muy apropiadas para el telediario de las tres. Simplemente, aquella muchacha olía a muerte. Olía igual que su madre o su hermana o su vecino que, allá abajo, no habían sido capaces de esperar con vida a Yuri ni a ningún otro y se habían ido muriendo junto a la muchacha, contagiándola de su olor dulzón. De su insoportable, definitivo y nada poético olor a muerte.

Sólo unas horas después del terremoto, Puerto Príncipe olía a polvo. El polvo de una ciudad convertida en escombros. Incluso una semana después, una capa blanquecina que a través de la televisión alguien podría haber confundido con bruma seguía envolviendo la ciudad, otorgándole un aspecto fantasmal, dificultando la respiración. Luego, como si de una guerra se tratase, ese olor fue derrotado por otro mejor armado, con un poder de intimidación mucho mayor. A veces, el olor de la muerte llegaba por sorpresa, al doblar una esquina. Podía tratarse de un recordatorio de la muerte que los edificios seguían encerrando, o el anuncio de que uno o varios cadáveres permanecían abandonados en una esquina cercana, rígidos e hinchados, tapados apenas con una sábana sucia.

A veces el olor llegaba bañado en llanto. El de un padre que, con dos ramitas de hierbabuena metidas en la nariz, imploraba para que le dejaran entrar al cementerio, ya rebosante de cadáveres, y dar sepultura a su hijo muerto. Cuando el olor de la muerte se aliaba con el sonido inconsolable de la pena de un padre o con el llanto de un niño al que amputaban un brazo sin anestesia, una angustia y una rabia mucho más espesas que el polvo -¿dónde diablos estaba la ayuda?, ¿a qué esperaban para desembarcar las medicinas?- lo embargaba todo. Ocho o nueve días después del terremoto, el olor de la muerte fue retirándose de las calles de Puerto Príncipe. Lechugas muy verdes y tomates muy rojos fueron apareciendo como señal de que la vida volvía a fluir. Pero, de nuevo, faltaba el olor. Los haitianos, que unos días antes se tapaban la nariz para conjurar el hedor de los cadáveres, ahora iban y venían por el mercado cercano al puerto -una ciénaga inmunda- como si pasearan por un jardín. Tal vez porque el olor de la muerte llegó a Haití un martes de enero a las cinco de la tarde, y el de la miseria lo hizo hace mucho tiempo. Y se quedó para siempre.

Por Pablo Ordaz


Un chillido desfallecido y constante

Los bocinazos frenéticos de lo coches acarreando heridos o muertos o personas aterradas en una ciudad irreconocible en ruinas y en tinieblas; los gritos de las gentes sin casa que duermen a oscuras en las plazas cuando ven acercarse esos mismos coches o esos mismos camiones y piensan que les van a atropellar y que por fin y de una vez se acabó todo. Los disparos de fusil a lo lejos que indican que, más allá del hotel de periodistas en el que duermes a salvo, la ciudad es simplemente un monstruo. El chirrido del parachoques de una furgoneta que se arrastra sobrecargada por varias familias que huyen donde sea porque no hay comida, ni agua, ni casa, ni futuro. Los insultos de unos hombres que esperan en una cola para conseguir una garrafa de gasolina, vital para llegar hasta una tienda donde dicen que hay arroz o patatas o plátanos o más gasolina.

Una señora escucha las noticias de la radio en un asentamiento de miles de miserables al sol en las afueras de la ciudad y le comenta a su hijo con preocupación que no han mencionado el nombre de su campamento, que tal vez nadie sabe que están ahí, muriéndose de hambre, de sed y de cansancio. Otra mujer canturrea mientras desescombra con parsimonia de loca una casa hecha puré y lanza las piedras, una a una, a la carretera. Y otra, en otro campamento, solloza al explicar que los cadáveres de su marido y de sus hijos duermen en la primera planta de un edificio que se vino abajo en algún punto lejano de la ciudad que ella señala obsesivamente como si lo tuviera al lado.

El chasquido de los tiros al aire de los policías que intentan frenar a los saqueadores de tiendas. El estruendo de los volquetes abarrotados de escombros circulando en fila india por la avenida principal de la ciudad, convertida en una pesadilla lunar de polvo, palacios chafados como un sándwich y viandantes caminado de acá para allá con la cara tapada con pañuelos.

las risas de tres niñas sanas que jugaban al lado de una casa en ruinas a uno de esos juegos universales de niñas que consisten en cantar rimas y chocar las palmas a un ritmo como el de Antón Pirulero, ajenas a todo por un instante gracias al milagro de los ocho años, aún más poderoso que el terremoto y la muerte.

El bramido mismo del terremoto, reproducido en una réplica corta que sacudió a la ciudad días después y que yo escuché: un sobrecogedor bordoneo creciente parecido a los motores de un avión, que viene de todas partes y de ninguna, y que te envuelve y te rodea y te paraliza de miedo.

El gemido agónico de una niña al que un médico le calculó la edad de tres años y que fue rescatada viva tras pasar varios días encima del cadáver de su madre. Con la cadera y las costillas rotas, tumbada boca arriba en una mesa de un infecto hospital de campaña, emitía un chillido desfallecido y constante que duraba unos pocos segundos. Tras un minuto de silencio, en el que recuperaba aliento, volvía a emitir el mismo gemido de dolor, inmisericorde y constante. Estuvo toda la noche así, con la misma cadencia. Lo sé porque dormí al lado. Tal vez olvide el resto: los disparos, los bocinazos, los gritos o el ruido que hace la tierra al partirse. Pero el hilo de voz de esa niña quejándose me acompañará toda la vida.

Por Antonio Jiménez Barca


El polvo negro que lo impregna todo

Adiós a la casa de Dios GORKA LEJARCEGI

Las buganvillas rojas, rosas y moradas sobre los escombros. Las casas que quedaron con la fachada hacia el cielo, como barcos hundiéndose; las que continuarán en la memoria volcadas hacia la derecha como una amiga que se recuesta sobre el hombro de la que acaba de irse. Jesucristo en un crucifijo de casi dos metros, en una esquina, en plena calle, y detrás de él, una iglesia desplomada. Cuatro muchachos presos detrás de las rejas de la comisaría de Carrefour pidiendo agua y comida entre risas. Los bomberos mexicanos abrazándose y hablando en círculo antes de inspeccionar las ruinas del palacio presidencial. Tantísima basura quemándose y sin quemar en las calles. Las mujeres cocinando a la luz de la luna en peroles inmensos. Las esculturas de los espíritus del vudú alargadas. Las familias echadas en sofás, camastros o en el suelo, a la puerta de un hotel o en cualquier plaza. Las calles cortadas para dormir.

El polvo negro que lo impregna todo de suciedad. Tantas montañas verdes con cientos y cientos de chabolas. Los barrancos resecos que cruzan las calles. Los charcos en medio de una vía principal; y en pleno charco, los guarros entre los vehículos. La forma en que se colocan la falda las mujeres para lavar o para sentarse, con la tela entre las ingles y las piernas desnudas. Las jóvenes bañándose con los pechos descubiertos sin ningún pudor y sin que los hombres las molesten con la mirada siquiera. La casa circular de la Autoridad Suprema del Vudú, con sus pequeños templos en medio del jardín, sus árboles eternales de troncos altísimos y los frutos maduros cayendo de golpe en el suelo. Los templos de los sacerdotes vudistas, en sótanos sucios, recónditos, y dentro de los templos, las pequeñas habitaciones con sus calaveras y las botellas de alcohol como ofrenda. Un hotel en ruinas, con los espejos rotos, las vigas partidas, las habitaciones amplísimas, con una silla detrás de las puertas como única cerradura, con periodistas y víctimas del terremoto durmiendo por las noches al raso sobre las losetas del borde de una piscina en la que nadie se baña. La gente caminando de noche en una ciudad de tres millones de habitantes, sin apenas luz eléctrica. Árboles preciosos de troncos que no podrían rodear tres hombres en medio de un barranco inmundo. La cantidad de coches todoterreno en un país tan pobre. Los mototaxistas jugándose su vida y la del cliente sin casco que los proteja a ninguno de ellos.

Pasear por un país negro tan masacrado por la historia y no encontrar una sola mirada de odio. Las mujeres con los sacos de comida y los barreños de ropa en la cabeza. Las fachadas rosas, verdes y azules del centro destruido. Los autobuses, claro, los autobuses con sus pintadas casi infantiles, lo mismo del Che, Jesucristo, Obama o Maradona. Los pastores protestantes cantando en misa con sus camisas blancas y corbatas negras a pleno sol; son la única gente que he visto con manga larga y corbata. Las colas a la puerta de las compañías de transferencias, con sus rejas en la entrada custodiadas por hombres armados. El carnet de identidad que el negro le muestra al blanco como tarjeta de presentación para trabajar como intérprete, conductor o lo que haga falta. Por supuesto, los cadáveres entre el polvo. Pero también la sonrisa de los chavales. Y las ganas de vivir.

Por Francisco Peregil

* La trilogía de reportajes fue publicada en El País Semanal

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