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Haití y las comisiones que cobran los bancos por hacer donaciones

In Opiniones Humanas on enero 19, 2010 at 4:10 pm

Os escribe un haitiano que ha sobrevivido al terremoto que asoló mi país el pasado martes. Lo hago para daros las gracias por la ayuda que estamos recibiendo. Con el dinero, medios y medicamentos que seguís enviando se podrán salvar muchas personas. Aunque la vida de un haitiano nunca ha valido mucho (somos la nación más pobre de América y de todo el hemisferio occidental), para mí será una gran alegría volver a ver a algunos de mis amigos y familiares.

Quizás esta catástrofe haya servido para que os fijarais en nosotros por primera vez. Para que nos situarais en el mapa y conocierais algo de nuestra historia reciente. El seísmo no es sino un capítulo especialmente trágico del drama que constituye el grueso de las memorias de Haití desde finales del siglo XV. Somos uno de esos países a los que se ha dado en llamar ‘estados fallidos’ y formamos parte del tristemente célebre ‘club de la miseria’ que reúne a mil millones de personas concentradas principalmente en África y Asia Central. Ni siquiera se nos puede llamar tercer mundo. Para nosotros ese término es un eufemismo. Somos el inframundo.

Quizás todos mis hermanos muertos durante estos días han sacrificado su vida para que el resto pueda tener un futuro mejor tras reconstruir lo poco que queda de esta parte de La Española. Se ha llegado a decir que Haití no existe, que no queda nada, ni infraestructuras ni viviendas ni agua potable ni gobierno. Ni siquiera la sonrisa de un niño. Nada. Solamente dolor y lágrimas. Antes no teníamos mucho más que ‘algo’ (la inmensa mayoría sobrevivimos con unos dos euros diarios por cabeza) pero hasta eso nos han quitado. Aquí no hay pobreza, aquí hay miseria, auténtica indigencia.

Quizás la hecatombe sea el altavoz que amplifique el grito desde este paraje convertido hace un siglo en verdadero campo de silencio. Para que se oiga el más horrísono de los chillidos, el de una masa de genuinos parias de la tierra cuya voz, de tanto acallarse, había desaparecido.

Quizás el cataclismo haga de pantalla que refleje el estallido de todo el dolor acumulado por un pueblo de varios millones de miembros durante décadas. Pese a que nadie experimenta el dolor en el cuerpo de otro con la misma intensidad, quizás lo que veis en vuestras televisiones (si podéis aguantar tanta realidad) os haga pensar en ciertos daños colaterales de vuestro extremo bienestar.

Quizás nuestra tragedia también os permita recordar que somos una única especie. Todos resonamos con este dolor humano sin caretas que nos conecta con el otro. A todos se nos estruja el corazón. Tanto dolor y sufrimiento trascienden cualquier división de la humanidad que en otras circunstancias pudiera tener sentido (nacionalidades, costumbres, religiones, desarrollo económico, etc.). Estas clasificaciones nos han ido desconectando de nuestra naturaleza.

Quizás este desastre haya sido la única salida digna para cientos de miles de mis paisanos. Odio lo que acabo de escribir, pero me lo dicta la lógica de lo que nos ha tocado vivir. Existencias marcadas por la emigración en condiciones de auténtica esclavitud. Braceros haitianos cultivando caña de azúcar en la República Dominicana sin ningún derecho, sin vivienda, sin letrinas, con jornales irrisorios, sin descanso, explotados para luego ser expulsados del país vecino con una mano delante y otra detrás. Miles de niños que cruzan la frontera tras caer en manos de redes de tráfico humano y ser víctimas de la explotación sexual.

Otros tantos miles de haitianas que, extorsionadas desde muy jóvenes por las mafias de trata de blancas, ejercen la prostitución en condiciones misérrimas en los destinos turísticos de la isla. Mujeres que son violadas sistemáticamente durante su forzosa migración por parte de los capos y por sus compañeros de viaje. Cientos de compatriotas que desaparecen ahogados en las aguas del Caribe cuando tratan de alcanzar la costa de Estados Unidos. Y miles que, tras la penosa travesía, son repatriados y vuelven a iniciar un periplo mortal.

Son muchos quizás. Mi mente me lleva a buscar una explicación a lo que no la tiene. Intento encontrar un asidero al que agarrarme para no hundirme en esta inmensa congoja. Procuro desvelar alguna clave de la injusticia que supone que la desgracia recaiga sobre los más desdichados del planeta. Trato de encontrar respuestas y expongo mis pensamientos solicitando vuestra ayuda.

De ninguna manera quiero que sintáis culpa alguna por lo sucedido. Eso no es útil para nadie. Pretendo que esta carta permanezca en vuestro recuerdo una vez que iniciemos la reconstrucción de mi patria. Entonces desapareceremos de nuevo de vuestras pantallas, periódicos y oraciones. Puede que para siempre. Si eso ocurre, reeditaremos el funesto panorama que os he descrito en estas líneas. El sacrificio por el que estamos pasando habría sido en vano. No quiero y no puedo permitir que eso ocurra. Gracias por dedicar unos minutos a la lectura de esta carta.

Por favor, haced lo posible para mantenernos en vuestra memoria. Os estaré eternamente agradecido. La ayuda económica es ahora crucial pero no es suficiente. Necesitamos que no nos olvidéis, que penséis en nosotros como representantes de la extrema miseria que produce la humanidad en este siglo XXI. Tan sólo os pido unos segundos cada semana. Comprobaréis que ese espacio que desde ahora ocupa

Haití en vuestras vidas produce resultados extraordinarios. Para todos, para vosotros y para nosotros. Gracias.

Reflexiones desde el primer mundo

Yo, como parte de ese Occidente al que se dirige la carta, también le he dado muchas vueltas al asunto. No pretendo hacer un listado de agravios que los países más desarrollados hemos cometido con Haití, y que van desde la explotación colonial y neo-colonial hasta la ocupación militar y el apoyo a crueles dictaduras. Esto se puede encontrar fácilmente en páginas de Internet. Sólo una denuncia: es cierto que muchos bancos están cobrando comisiones por donaciones a Haití. Lo he comprobado.

Busco que tomemos conciencia sobre lo ocurrido y que nos demos cuenta de que podía haber sido evitado. No el terremoto, pero sí sus consecuencias. Los hombres seguimos una lamentable pauta: esperar a que ocurra un drama para mover ficha. La vida nos empuja violentamente cuando ya somos medianamente conscientes de que es necesario un cambio de rumbo. El uso de megáfonos y de todo el aparataje mediático suele suceder a continuos avisos hechos en voz baja, ante los que nos hemos hecho los sordos.

No quiero volver a acordarme de santa Bárbara sólo cuando truena. Voy a mantener a Haití en mi memoria como llamada de atención sobre un hecho: mantener un supuesto progreso continuo en el primer mundo (en poco más de una veintena de países ricos si eliminamos los minúsculos) mientras mil millones de seres humanos permanecen hundidos en la indigencia, ni es sostenible ni augura nada bueno. La consecuencia inmediata será un mundo infernal donde nuestros hijos pagarán un alto precio en forma de inseguridad creciente y terror. Evitarlo requiere cambios en nuestro modo de vida. Sobre este tema les recomiendo “El club de la miseria” de Paul Collier.

Entre todos podemos posibilitar que se den las circunstancias para que cualquier país entre en la vía del desarrollo. Hay naciones (todas las del inframundo) que no lo pueden hacer por sí mismas. Estamos obligados a ayudarlas para ponerlas en la línea de salida del progreso. Las sociedades con índices de felicidad más altos son aquellas que exhiben mayores niveles de igualdad entre sus ciudadanos y con niveles de bienestar altos (Holanda, Japón, países escandinavos). Quizás una humanidad más feliz requiera mayor igualdad entre los seres humanos independientemente de su raza, nivel de desarrollo, nacionalidad o religión. Estoy convencido de que puedo eliminar ese último quizás.

Por Juan Perea en El Confidencial

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