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Atención, buscamos extraterrestres

In historias humanas on enero 3, 2010 at 10:43 pm

Radiotelescopios del proyecto de búsqueda de inteligencia extraterrestre SETI LOUIS PSIHOYOS

¿Hay alguien ahí fuera? El Instituto SETI (Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre) lleva 50 años persiguiendo una señal. Sin éxito. Pero Paul Allen, cofundador de Microsoft, ha decidido relanzar la misión: financia una red de 350 antenas para escuchar el espacio. Las primeras se han desplegado ya.

La noticia más sensacional jamás contada es también el sueño de la astrónoma Jill Tarter: la detección de un mensaje procedente de una inteligencia extraterrestre. Algo así sacudiría la prensa de todo el mundo. El planeta vibraría como una lavadora. “Haría que cada uno de los seres humanos nos sintiéramos iguales frente a otra inteligencia galáctica”, asegura por teléfono esta investigadora. Claro que la cosa no será tan sencilla como descolgar el auricular para preguntar quién llama desde el espacio. Como directora del Instituto SETI –siglas en inglés de Search for Extraterrestrial Intelligence (Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre)–, Tarter mantiene su optimismo. Es la líder natural de un grupo al que la ortodoxia científica casi ha tildado de secta, pero que está integrado por prestigiosos expertos como el fallecido divulgador Carl Sagan, el astrónomo Seth Shostak y Frank Drake, autor de una famosa –y criticada– ecuación para calcular el número de civilizaciones inteligentes. Ella lleva 20 años al frente de esta institución californiana y 30 intentando encontrar una respuesta a la pregunta de si estamos solos. Después de que la NASA abandonara el rastreo de señales inteligentes en 1993, el instituto SETI ha catalizado la búsqueda y atraído el dinero. El mensaje alienígena dentro de una botella depende de los patrocinadores privados y del bolsillo de ciudadanos entusiastas. Gracias a ello, el SETI se las ha arreglado para no morir y comprar minutos de uso a los mejores radiotelescopios para que sumen sus grandes orejas a la escucha.

La misma ortodoxia científica que ahora les critica dio el primer espaldarazo hace 50 años. Nature publicó un artículo titulado Búsqueda de comunicación interestelar, firmado por dos físicos eminentes, Giuseppe Cocconi y Philip Morrison, que aseguraron que la ciencia debía emprender el camino para detectar mensajes alienígenas. Mucho después, tras el portazo de la NASA, el SETI buscó dinero privado y creó el proyecto Phoenix. En 1995, el radiotelescopio Parkes 210 en Nueva Gales del Sur (Australia) escudriñó 200 estrellas durante 16 semanas al año. Entre septiembre de 1996 y abril de 1998, el relevo pasó a la antena del Observatorio Nacional de Radioastronomía en Green Bank, Virginia (EE UU). Y por último, a partir de 1998, los dólares arañaron dos sesiones anuales de entre tres y cuatro semanas al gigantesco radiotelescopio de 305 metros de Arecibo en Puerto Rico, el más grande del mundo. Cuando finalizó, el proyecto Phoenix había examinado cerca de 800 estrellas en un radio de unos 200 años luz. Sin resultados. El Nobel de Física Enrico Fermi se llegó a preguntar: si existen civilizaciones inteligentes allí fuera, ¿por qué no las hemos escuchado? “Cincuenta años es mucho tiempo, es casi una vida, pero en términos cósmicos representa apenas un parpadeo”, responde Tarter. “Y durante ese tiempo hemos utilizado los radiotelescopios de otras personas con un pequeño porcentaje de tiempo de uso. No hemos podido explorar el cielo de forma sistemática”.

La situación ha dado un vuelco radical últimamente. En el año 2000, el multimillonario Paul Allen, cofundador del gigante Microsoft, se rascó el bolsillo y adelantó 25 millones de dólares para construir una red de 350 antenas de seis metros cada una operadas por SETI, la red Allen. El pasado septiembre, las primeras 42 orientaron sus orejas al espacio, con un coste de 50 millones de dólares. Aún faltan 40 millones. Todos esos platos juntos tendrían la resolución de una antena de 700 metros. La red Allen ya opera desde el observatorio Hat Creek, 467 kilómetros al noreste de San Francisco. Para que este nuevo corazón no pierda el pulso, los científicos del SETI consienten en ser adoptados. Por 100.000 dólares, usted puede cenar un par de días en casa de Tarter, realizar una excursión en su avioneta privada hasta el observatorio y sentirse parte de la aventura. “Lo que ya ha cambiado es que estamos en el aire todo el tiempo. Nos ha costado una década explorar unas mil estrellas. Pero en la próxima podremos explorar entre uno y diez millones de estrellas”. Poco para una Vía Láctea con 100.000 millones de soles.

¿Pero de qué clase de mensaje hablamos? El astrónomo Seth Shostak no descarta pulsos de láser enviados a distancias inimaginables, una especie de lenguaje morse óptico. Algunos telescopios en la Universidad de Harvard y de California en Berkeley operan bajo la filosofía SETI, rastreando de vez en cuando estos hipotéticos guiños cósmicos. Pero lo cierto es que las señales de radio suponen un medio muy eficiente –y mucho más barato– para enviar fragmentos de información de una estrella a otra. En 2020, la nave Voyager 1, el objeto más distante jamás construido por el hombre, se encontrará a casi 20.000 millones de kilómetros del Sol, pero seguirá enviando señales discernibles con los radiotelescopios. Morrison y Cocconi aseguraron en Nature que los extraterrestres usarían señales de radio.

“Lo que hacemos es buscar señales que hayan sido transmitidas de forma deliberada a través de distancias interestelares”, explica Jill Tarter. “Si fueras un ingeniero extraterrestre muy avanzado y quisieras fabricar un haz que fuera reconocido por una inteligencia emergente con una tecnología nueva y joven, tendrías bastantes opciones. Una de ellas es fabricar una señal absolutamente artificial, que no se pareciese en nada a una emisión natural”. En realidad, matiza, más que buscar inteligencias extraterrestres, de lo que se trata es de detectar tecnologías extraterrestres.

En sentido estricto, el silencio de cinco décadas al que se refería el Nobel Enrico Fermi no ha sido tal. Hubo un sobresalto, una señal bautizada como Wow! (el término coloquial inglés para la expresión “caramba” o “caray”), detectada por el astrónomo Jerry Ehman el 15 de agosto de 1977, en el observatorio Big Ear de la Universidad estatal de Ohio (EE UU) y que sirvió de inspiración para la película Contact. En ella, la doctora Ellie Arroway, interpretada por Jodie Foster, dormita encima del capó de su auto con los cascos puestos y a su alrededor un racimo de radiotelescopios empiezan a moverse al atardecer: la señal acaba de entrar, ella se despierta, comprende y aprieta el acelerador de su descapotable mientras avisa al centro de control. Sus colegas, excitados, lo graban todo. El que podría haber sido el primer contacto para Jerry Ehman no careció de emoción, desde luego. A este astrónomo se le aceleró el corazón cuando descubrió la señal entre una aburridísima lista de números escupida por la impresora en papel continuo, probablemente cuatro días después de que fuera captada aquel 15 de agosto por la antena de un radiotelescopio.

‘Wow!’ apareció durante 72 segundos y luego se desvaneció. Pero era insultantemente potente. Tanto que entró con una intensidad 50.000 veces mayor de lo normal, diferenciándose de la estática del universo, según Shostak. Big Ear no podía rastrear. La antena apuntaba a un punto del firmamento cada vez, dejando que la rotación de la Tierra pintase un arco de exploración en el cielo de una longitud de 72 segundos, justo la duración de Wow! Cuando ocurrió, la antena apuntaba a la constelación de Sagitario. La intensidad de la señal aumentó en el centro del arco, lo que cabría esperar si fuera emitida desde un objeto celeste. Su frecuencia estaba próxima al hidrógeno. Empezó a cumplir los requisitos. Excepto que la antena realizaba dos barridos por cada exploración con una diferencia de tres minutos. Y en el segundo, la señal, que tendría que haber aparecido, nunca regresó.

Lo que sucedió ese verano de 1977 aún da que hablar. Es muy posible que fuera artificial, pero ¿quien o qué la generó? En la época no había aparatos terrestres emitiendo en una banda que entonces estaba protegida (1420 megahercios). Como escribe el propio Ehman, 30 años después no había satélites ni aviones emitiendo en esa frecuencia. Se descartaron planetas, asteroides, satélites y otros fenómenos astronómicos. Ehman pensó que podría tratarse de una señal terrestre rebotada por un residuo espacial captada accidentalmente por la antena. Ahora es menos escéptico. No puede asegurar que la señal fuera extraterrestre. Escribe: “Mi conclusión es que una señal de una inteligencia extraterrestre podría haber enviado la señal que identificamos como la fuente de Wow!”, resaltando la cursiva. “Podría” no es aceptable en ciencia, lo que da el asunto por zanjado. “El hecho de que solamente viéramos la señal en un solo barrido podría deberse a que estaba siendo enviada en nuestra dirección, y que después se emitiera en otra que no fuimos capaces de detectar”. Big Ear analizó 30.000 fuentes de radio en el universo –en otro tipo de estudios– y fue demolido en 1998 por culpa de la ampliación de un campo de golf cercano y la construcción de 400 casas. Wow! no ha vuelto a aparecer, a pesar de que muchos aparatos han vuelto sus antenas hacia Sagitario. “Se han dedicado miles de horas de telescopios para rastrear esta señal sin éxito, lo que es frustrante”, reconoce Jill Tarter.

¿Qué sucedería ahora si algo como Wow! apareciese? “Donde quiera que encontremos una señal, ahora podremos rastrearla casi de inmediato”, asegura Tarter. En este oficio hay que templar nervios. Coger el teléfono y llamar a la prensa sin estar seguro resultaría suicida. ¿Cual sería el mensaje? “Lo que yo esperaría es una especie de ping intermitente, una señal corta que se repetiría una vez cada hora, cada día, cada pocas semanas o incluso cada pocos años”, responde Shostak. Esta señal actuaría como una brújula que indicaría una posición en el cielo, “sobre la cual podríamos explorar para encontrar otra señal más débil, pero que contenga mucha más información”.

Lanzamos inadvertidamente mensajes de radio al espacio de manera continuada, desde la invención de la radio y la televisión. Claro que, según Shostak, aún no han viajado lo suficientemente lejos como para llamar la atención. Las distancias en el espacio son inimaginables. “Es cierto que nuestras señales viajarán por siempre jamás, pero les llevará unos dos millones de años alcanzar la galaxia de Andrómeda, y en este caso se precisaría una antena que tuviera diez veces el diámetro de la Tierra para recogerlas. Los alienígenas no saben que estamos aquí, por lo que si están tanteando nuestro sistema solar es sólo porque estamos en una larga lista y lo hacen de forma ocasional”.

Sobre el contenido, pura especulación. Nadie espera frases hechas como “hola, estamos aquí”, “¿hay alguien ahí fuera?”. Debido a las enormes distancias interestelares, no existirá nada parecido a una conversación. Un saludo como “hola” tardaría varios años en llegar a la Tierra, y la respuesta se adentraría igualmente años luz en el espacio y años en el futuro. “Creo que sería una conversación a través del tiempo, como la que tenemos hoy con Shakespeare o los antiguos griegos. Lo que ellos han escrito se ha transmitido a través de los siglos y aprendemos de ellos al leerlos, a pesar de que no podemos hacerles ninguna pregunta”. Tarter imagina algo parecido a nivel cósmico: civilizaciones avanzadas que transmitan una gran cantidad de información a otras menos desarrolladas, una especie de enciclopedia galáctica.

Por Luis Miguez Ariza en El País Semanal

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