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El ex recluso de Guantánamo

In historias humanas on diciembre 28, 2009 at 9:04 am

Hemelingen, en Bremen, febrero de 2009. El día es gris y lluvioso, como a menudo en el norte de Europa a finales de invierno, y Murat Kurnaz conduce por las calles del barrio obrero alemán en el que ha pasado casi toda su vida. “En este cruce”, dice de repente cuando el Mazda rojo baja por una cuesta ligeramente oblicua y se detiene ante un semáforo, “murió un muchacho muy joven en un accidente”. Tenía 12 o 13 años. Drogas.

Murat Kurnat, en Bremen tres años después de su salida de Guantánamo/ Isaac Risco

Kurnaz, hijo de inmigrantes turcos nacido en Alemania hace 26 años y fornido como portero de discoteca, se interesa mucho por los problemas de los jóvenes de su ciudad natal. La idea es recurrente desde que en 2006 salió de Guantánamo, la base militar estadounidense enclavada en la costa oeste de Cuba. “Me gustaría trabajar con gente joven y ayudar a personas en apuros”, dice el antiguo “talibán de Bremen”. Así lo llamaron después de que lo detuvieran en la megápolis paquistaní de Karachi el 3 de octubre de 2001, lo llevaran a Kandahar, al otro lado de la frontera afgana, y lo trasladaran en secreto desde allí a la base de Guantánamo en un avión militar norteamericano, acusado de ser un “combatiente ilegal”. Pasó cinco años en la prisión, entre sus 19 y 24 años, antes de poder regresar a Alemania.

“Es gente cándida”, señala al hablar de esos muchachos de Bremen de origen inmigrante que, según el Comisionado para la Integración del Gobierno alemán, sufren un 16% de deserción escolar y un 20,2% de paro, el doble que el resto de la población. Chavales “cándidos” como él mismo lo era “entre los 14 y 18 años”, cuando otros se aprovechaban de su juventud para venderle alcohol y hachís. Eran días de fiestas y drogas. “Pero entre los 18 y 19 cambié mucho”, dice. Descubrió la religión. Y viajó a Pakistán.

“Los tablighis hacen un gran trabajo. Son gente pacífica, están contra la violencia”, sigue contando Murat Kurnaz sobre sus antiguos compañeros de militancia religiosa, mientras llegamos a un restaurante de comida turca en el centro de Bremen donde lo conoce todo el mundo. “Trabajan con jóvenes que tienen problemas. Los puedes ver por ejemplo ahí, en la estación, apoyando a los sin techo. No están ni a la derecha ni a la izquierda, están totalmente al margen de la política”.

El grupo ortodoxo suní Tablighi Jamaat, que se puede traducir como la Comunidad de la Anunciación y la Misión, fundado en 1926 en la India británica y que opera actualmente desde Pakistán, se ha convertido en el mayor movimiento misionero musulmán del planeta. Con él empezó Kurnaz el viaje que lo sacaría de su mundo gris en el norte de Europa. “Un día llegó un amigo del que yo pensaba que no tenía arreglo”, cuenta. Estaba bien. Él lo llevó a conocer a los tablighis.

Medio año antes, cuando lo conocí en Madrid, Kurnaz también empezó su relato por esa historia de vicio y redención. “Perdí a varios amigos de infancia porque se volvieron drogadictos o criminales”, me dijo en un taxi que nos llevaba a Tres Cantos. Él iba por el mismo camino. Hasta que conoció a los de Tablighi Jamaat y le enseñaron la ruta del Corán. “Estuve con ellos en varios sitios en Alemania. Luego me invitaron a visitar una madrasa [escuela coránica] en Pakistán. Por eso hice ese viaje”.

“Le lavaron el cerebro a mi Murat”

En 2006, durante su primera aparición en público tras salir de Guantánamo, en un programa de la televisión estatal alemana, Murat Kurnaz lucía una barba muy larga y unas greñas frondosas y descuidadas que le cubrían los hombros. Prematuramente envejecido, hablaba despacio, de manera letárgica, con una increíble desgana en la voz. El entrevistador le preguntó por qué llevaba esa barba, que llamaría la atención de los espectadores. “Porque todos los profetas la han llevado”, contestó. Era difícil disociarlo de la imagen de un joven musulmán radicalizado, de aquéllos considerados como la mayor amenaza para la seguridad en Europa tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos.

El entonces ministro del Interior alemán, el socialdemócrata Otto Schily, se refirió con sorna a la indumentaria con la que su compatriota partió hacia Pakistán: botas militares y unos prismáticos, destacó, seguro que para divisar a Alá a lo lejos. Parecía el equipo perfecto para un ferviente seguidor de la yihad, la guerra santa musulmana. La familia de Selçuk Bilgin, el amigo que Kurnaz había conocido en una mezquita de Bremen y con el que tenía planeado visitar la madrasa paquistaní, contó –y después desmintió– que su pariente quería unirse a los talibanes en Afganistán ante la inminente represalia estadounidense por los atentados de Nueva York y Washington.

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Por Isaac Risco en FronteraD

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