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Promesas y conflictos que no tienen fin

In historias humanas on diciembre 27, 2009 at 2:58 am

“Me recuerda a un gran maestro de ajedrez que ha empezado seis partidas simultáneas pero que no ha terminado ninguna. Me gustaría verle acabar alguna”. Estas palabras de Henry Kissinger sobre Barack Obama resumen el estado de ánimo de buena parte de la opinión pública mundial a finales de 2009. El atractivo y carismático presidente de EE UU, el hombre que había llegado al poder subido en una ola de esperanza y deseo de cambio, elevado por el público a una categoría sobrehumana, parecía concluir su primer año en la Casa Blanca con pocos triunfos.

Como maliciosamente había señalado el secretario de Estado de Nixon, Obama había desplegado un abanico de arriesgadas reformas internas y valientes aperturas políticas en el exterior, pero a la hora de la verdad, cuando terminaba el año, llegaba a Oslo para recibir el Nobel de la Paz con más palabras que hechos, justificando a quienes criticaron la concesión del premio por prematuro, y se presentaba en la Cumbre sobre el Clima en Copenhague con más promesas que realidades. Sí, parecía que el yes, we can! iba a tener que esperar. Obama, aseguraban sus críticos, era un presidente débil, un diletante, un ingenuo ignorante de la maldad del mundo. Sin embargo, su visión política, esa ambiciosa agenda de cambios incapaz de producir resultados instantáneos, ha logrado ya alterar el tablero mundial. EE UU ha recuperado gran parte de su prestigio.

Hace un año, más de dos millones de personas se concentraron en Washington para asistir a la toma de posesión del primer presidente negro. Aquel frío 20 de enero, un país desmoralizado por ocho años de Bush escuchó a Obama pronunciar estas palabras: “Nuestro poder por sí solo no puede protegernos ni nos da el derecho a actuar como nos dé la gana. Nuestra seguridad emana de la justicia de nuestra causa y de la fuerza de nuestro ejemplo”.

Meses más tarde, en abril, Obama declaró en Praga “el compromiso de EE UU de buscar la paz y la seguridad en un mundo sin armas nucleares”. En junio, en El Cairo, aseguró: “Estados Unidos no está en guerra con el islam. El islam es parte de América”. Nunca ningún líder europeo había llegado tan lejos. Y en septiembre, ante la Asamblea General de la ONU, advirtió: “Aquellos que criticaban a EE UU por actuar solo en el mundo no pueden ahora hacerse a un lado y esperar a que EE UU resuelva solo los problemas del mundo”.

El 44º presidente de Estados Unidos no sólo heredaba el lastre de descrédito de la era Bush, sino que tomaba posesión del cargo en medio de una crisis económica sin precedentes. La fiesta había terminado. La época de la opulencia y el derroche, de las inversiones de altísimo riesgo y del dinero fácil había pasado. Los esfuerzos de la comunidad internacional tuvieron su representación en el llamado G-20, el grupo formado por las grandes potencias de siempre y los nuevos países emergentes. Una especie de consejo de seguridad económico que implicaba también el reconocimiento de una nueva realidad geopolítica. El mundo estaba en plena transformación, y países como China, India o Brasil tenían mucho que decir y estaban allí para quedarse. En el caso del Brasil de Lula da Silva, además, por primera vez en la historia una nación de América Latina exhibe sin complejos sus ambiciones globales.

Washington pedía ayuda para hacer frente a los nuevos desafíos. La superpotencia se sentía aún imprescindible, pero sabía que ya no era suficiente para afrontar la crisis, el terrorismo, la proliferación nuclear o el cambio climático. Si era necesario hablar con el enemigo, se hablaría.

Estados Unidos necesitaba acabar dos guerras (Afganistán e Irak), impedir que Irán y Corea del Norte se convirtieran en potencias nucleares e impulsar el proceso de paz en Oriente Próximo. Una tarea hercúlea que los críticos del presidente no dudaron en dar por fracasada a los once meses.

Sin embargo, una de esas aperturas de las que hablaba Kissinger empezaba a finales de año a dar resultado. Obama ofreció a Rusia, la vieja rival, un nuevo comienzo, poniendo el contador a cero en sus relaciones. Renunció a instalar el sistema de defensa antimisiles en Centroeuropa y avanzó en las conversaciones de desarme nuclear con la firma prevista de un nuevo tratado que sustituye al START y prevé la mayor reducción de arsenales atómicos de la historia. A cambio, el Kremlin se sumaba a la presión de Occidente contra las ambiciones nucleares de Irán.

Otra iniciativa, quizá más trascendente, fue el viaje realizado a China en otoño, algo inédito en el primer año de mandato de un presidente norteamericano. Cuatro días de visita a los grandes acreedores de EE UU y tercera potencia económica mundial. China también sufrió los zarpazos de la crisis global, poniendo en cuestión la creación de prosperidad, única fuente de legitimidad del régimen comunista. Además, Pekín tuvo que hacer frente a fuertes tensiones étnicas en las regiones de Xinjiang –hogar de la minoría musulmana uigur– y Tíbet y a las frecuentes protestas por la corrupción de los funcionarios y las injusticias sociales.

La gira daba pie a imaginar el llamado G-2, las dos superpotencias, socias y rivales, destinadas a configurar el mundo del mañana. Pese a que la Casa Blanca no incluyó en la agenda la represión de los disidentes y de las minorías, Obama fue desairado en varios momentos por el régimen chino. Esas humillaciones y la imagen de un presidente solitario en la Gran Muralla centraron la atención de los medios. Eran la prueba irrefutable de su fracaso. Pocas semanas más tarde, sin embargo, Pekín anunciaba que a partir de ahora su desarrollo económico estaría sometido a ciertas limitaciones en la emisión de CO2.

Pero la verdadera prueba de fuego era Afganistán. Más aún, era Af-Pak, la fórmula con la que políticos y comentaristas resumían el nudo gordiano que une el territorio de los talibanes con Pakistán, la única y siempre inestable potencia nuclear del mundo islámico, convulsionada por constantes atentados terroristas.

Irak ya no era una emergencia. Se encontraba en un proceso de estabilización, la violencia se había reducido significativamente y se disponía a celebrar a comienzos de 2010 las elecciones probablemente más democráticas del mundo árabe. En cierta forma, Irak confirmaba las palabras de Clemenceau en 1917: “La guerra es una serie de desgracias hasta que llega la victoria”.

Claro que no estamos en 1917 y ya nadie cree en la victoria. Se habla de éxito, y por tal se entiende el conseguir un mínimo tolerable de tragedia. Sobre todo en Afganistán, cuya situación fue deteriorándose a pasos agigantados. A más atentados, más muertes de civiles y de soldados extranjeros, mayor territorio controlado por la insurgencia talibán y nuevos récords en la producción de opio, se añadió un colosal fiasco electoral. Las elecciones presidenciales del 20 de agosto, concebidas por la comunidad internacional como un paso clave para estabilizar el país, resultaron ser un descarado fraude perpetrado por el presidente Hamid Karzai, aliado a regañadientes de Washington. Un intento de segunda vuelta electoral también se frustró, contribuyendo a aumentar más si cabe la oposición de las opiniones públicas de Occidente a la guerra.

Obama meditó durante tres meses su estrategia para Afganistán y, al final, anunció un plan que dejó escépticos al Congreso y a los países aliados. Prevé un incremento del número de soldados (30.000) y un plazo para obtener resultados (julio de 2011) con objeto de poder iniciar la marcha atrás. Algo parecido al famoso Moonwalk de Michael Jackson, en el que el rey del pop parece que avanza cuando en realidad retrocede.

El tiempo dirá si el plan funciona, pero Afganistán ya es la guerra de Obama, y su resultado será decisivo para el juicio que la historia haga de su presidencia. Sus planes de reforma, sobre todo la sanitaria, una auténtica revolución social, en la que ha invertido gran parte de su capital político, y que a finales de año aún esperaba la aprobación del Senado, podrían verse arruinados en una reedición, esta vez a una escala mucho más decepcionante, de lo ocurrido al presidente Johnson con Vietnam.

La situación parecía aún más estancada en Oriente Próximo. El año empezó con la invasión israelí de Gaza en una operación militar de represalia por la incesante lluvia de cohetes disparados por Hamás sobre su territorio. La ofensiva, además de centenares de muertos y la crítica generalizada al uso desproporcionado de la fuerza por parte de Israel, facilitó la vuelta al Gobierno del halcón Benjamín Netanyahu. Ni media docena de viajes del enviado especial de Washington a la región ni las giras de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, ni su entrevista en la Casa Blanca con Obama sirvieron para vencer su inflexibilidad.

Caso aparte es Irán. El desafío nuclear de los ayatolás reúne todos los ingredientes para convertirse en el conflicto central de 2010. La mano tendida de EE UU se encontró con el puño cerrado de Teherán, que siguió adelante con su programa de enriquecimiento de uranio colmando la paciencia de la comunidad internacional. Pero el régimen iraní estaba herido políticamente. El fraude electoral del 12 de junio desató una revolución democrática en las calles de Teherán y un cisma en la cúpula de la teocracia. El líder supremo, Alí Jamenei, y el presidente, Mahmud Ahmadineyad, resistieron al favorecer la militarización del régimen, acrecentando el poder económico de la Guardia Revolucionaria. En cualquier caso, la República Islámica perdió en verano el halo revolucionario que encandiló a tantos jóvenes musulmanes hace 30 años para convertirse en una dictadura militar más, con su nomenclatura y una brecha generacional insalvable.

Irán es también uno de los contados ejemplos en los que la Unión Europea exhibió una sólida política exterior común. La UE logró por fin en noviembre la ratificación del Tratado de Lisboa, que define unas nuevas reglas de juego, tras ser aprobado por los irlandeses en un segundo referéndum y vencidas las resistencias de última hora del euroescéptico presidente checo, Václav Klaus. El pretendido impulso que el tratado iba a conllevar, en términos de mayor proyección de Europa en la escena global, resultó decepcionante. La elección del primer presidente de Europa y del jefe de la diplomacia común con poderes reforzados, en sustitución de Javier Solana, se realizó de espaldas a los ciudadanos en un tortuoso cabildeo en que el que una vez más primaron los intereses de los Gobiernos nacionales. El mínimo común alcanzado otorgó la presidencia al ex primer ministro belga Van Rumpoy, un político conservador, jesuítico y maquiavélico, y el puesto de alto representante, a la laborista británica Catherine Ashton, sin experiencia en política exterior. Ocho años perdidos en un intrincado debate institucional, que empezó con el proyecto de Constitución, dieron a luz al final a un ratón político. Como dijo The Economist, “estamos en un mundo de negociación de coaliciones, cuotas y emboscadas procedimentales. Ahora todos somos belgas”.

La crisis golpeó duramente a los países del centro y del este de Europa, sumidos en una permanente inestabilidad política. La salud de los países occidentales tampoco era muy halagüeña, a excepción de Alemania, donde Angela Merkel revalidaba en las urnas como canciller. El laborismo se hundía en el Reino Unido con el primer ministro, Gordon Brown, viviendo una de las más largas agonías políticas que se han conocido; el presidente francés, Nicolas Sarkozy, caía en los sondeos, y en Italia, Silvio Berlusconi sobrevivía contra todo pronóstico a una sucesión de escándalos sexuales y procesos judiciales por corrupción.

Salvo en Portugal y Grecia, donde los socialistas obtuvieron sendas victorias electorales, la socialdemocracia europea se mostraba en franca retirada, incapaz de enhebrar un discurso convincente sobre la crisis, la inmigración –en especial sobre la integración de la minoría musulmana– y la seguridad.

La falta de ambición europea contrastaba de forma dolorosa con el dinamismo de la nueva Administración norteamericana y la innovación que representaba la irrupción de países como Brasil. El gigante suramericano cobró protagonismo regional implicándose en los conflictos que enfrentaron a Venezuela con Colombia o en la crisis de Honduras. El pobre y pequeño país centroamericano fue el centro de la atención mundial tras el golpe de Estado contra Manuel Zelaya en junio. Honduras se convirtió en el teatro de un pulso entre EE UU y Hugo Chávez, que acabó perdiendo el presidente venezolano. La estrella de Chávez empezó a descender en la medida en que en su país se disparaba la inflación, la escasez de bienes básicos y la inseguridad ciudadana. El líder bolivariano siguió adelante con sus bravatas revolucionarias y la construcción de un Estado tan totalitario como negligente, pero su voz ya no sonaba tan fuerte en países amigos como Ecuador y Bolivia, donde Rafael Correa y Evo Morales volvieron a arrasar en las urnas.

América Latina soportó bien la crisis, y el duelo entre el modelo populista y autoritario que representaban Chávez y sus aliados bolivarianos y el reformista y democrático que encarnaba el Brasil de Lula o el Chile de Michelle Bachelet se decantaba a favor de estos últimos. Colombia conocía un periodo inédito de seguridad y prosperidad de la mano del presidente Álvaro Uribe, que deshojaba la margarita de presentarse a la reelección aun forzando la Constitución, al tiempo que México se desangraba en una guerra contra el narcotráfico que al final de año había causado más de 10.000 muertos. Argentina perdía relevancia internacional, y la Cuba de Raúl Castro agonizaba en la ruina económica y la cerrazón política.

África, el auténtico continente olvidado, siguió siéndolo un año más, menos para China, que continuó realizando inversiones millonarias en su territorio. Salvo Suráfrica, que se prepara para mostrar sus logros con motivo del Mundial de Fútbol, los titulares los acapararon los Estados fallidos y el fenómeno de la piratería en Somalia.

Obama visitó Ghana en julio y llamó a los africanos a ponerse en pie. Tampoco esta vez sus palabras se convirtieron de inmediato en hechos y está claro que tampoco podrá cumplir su compromiso de cerrar la vergüenza de Guantánamo antes del 20 de enero. Acaba el año y es posible que las promesas del nuevo presidente estadounidense den lugar a una monumental decepción. Pero su fracaso habrá sido el fracaso de todos.

Por Lluis Prados en El País Semanal

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