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La nieve, el caos y El Gordo

In historias humanas on diciembre 23, 2009 at 12:31 pm

Nunca tuvo la fortuna tan cerca. Ayer martes, 22 de diciembre, la suerte pudo haber cambiado su vida para siempre. A las 11,38 de la mañana, dos niñas de San Ildefonso cantaban el premio Gordo de la lotería de Navidad. Ella no pudo memorizar el número agraciado. Sin embargo, esperando una repetición, casi al instante, ya habían localizado la administración vendedora. “Y el primer premio ha ido a parar a Madrid”, radiaban por la emisora que sintonizaba en el equipo del coche. “La administración número 146 de la capital, en la calle Bravo Murillo 201”.

Por un instante, su cara cambio de color. Como se dice, le dio un vuelco al corazón. El Gordo había caído en su barrio. Había tocado en Tetuán. Más cerca aún, a la puerta de la misma boca de metro de Estrecho, en la confluencia de las madrileñas calles de Bravo Murillo (antiguo ministro de Hacienda en el XIX) y de Francos Rodríguez (periodista y alcalde de la Villa). Y había sido allí, veinticuatro horas antes, donde el lunes por la tarde noche, cuando volvía a casa, había comprado un décimo por si acaso, por si tocaba en el barrio, en su barrio de toda la vida.

Los nervios le distrajeron al volante. Sólo quería saber si el décimo estaba premiado. Inmediatamente se puso en dirección a Estrecho. Sin embargo, no hizo falta que llegara hasta el 201 de Bravo Murillo para resolver la duda. Una llamada de teléfono desde casa deshizo el misterio. No le había tocado. No era del club de los afortunados del 78.294. Aun así, no quiso perder la oportunidad de acercarse hasta la administración y ver in situ qué ambiente había. Por un día, la noticia del día estaba en su zona, el viejo barrio obrero de Tetuán de las Victorias.

Como era de esperar, los únicos que se agolpaban a las puertas de la administración de Cristina eran periodistas en sus distintas versiones, cámaras, fotógrafos y redactores de televisión, radio y prensa. Sólo ellos se bastaban para ocupar la estrecha acera de Bravo Murillo, a donde se acercaban algunos vecinos curiosos y sospechosos ciudadanos trajeados, paraguas en una mano y tarjeta corporativa en la otra. Los empleados de las sucursales bancarias aledañas habían acudido como moscas al olor del dinero fresco llovido del cielo.

Resignados como ella había más de uno. Alguno exclamaba en voz alta el número de décimos que jugaba en aquella oficina, aunque sin la suerte a su favor. Sus lamentos servían como anzuelo para llamar la atención de los periodistas, que no conseguían identificar a ningún premiado entre el tumulto que se agolpaba a las puertas del 201 de Bravo Murillo. La fina lluvia que caía desde primera hora no quiso dar una tregua para que los afortunados acudieran a regar a los asistentes con la espuma derrochada de unas botellas de cava.

Los premiados estaban en sus lugares de trabajo. Como los empleados de las dos oficinas de la agencia de viajes Marsans, a dos minutos del epicentro del Gordo, que compraron un décimo del número que jugaba su empresa, a la que nunca antes estuvieron tan agradecidos. Otros muchos, los anónimos, los que no asomaron la cabeza, lo celebraron a última hora del día, en los bares del barrio, en las calles sinuosas que van quedando a un lado y otro de Bravo Murillo, donde se bebieron botellines como hacía tiempo.

Ella aún recuerda cómo pudo cambiar su suerte. El lunes por la noche, como ella, otros muchos rezagados compraban décimos con la esperanza de coger un pellizco. Había sido un comienzo de semana duro y frío. La nieve que cayó en la noche del domingo había convertido la ciudad ese día en una ratonera. Algunos no pudieron ir al trabajo, otros malgastaron las horas a bordo del colapsado transporte público y, los que menos, se quedaron en casa maldiciendo al tiempo, al alcalde, a la lideresa y al ministro a partes iguales.

Quién les iba a decir, sin embargo, que al día siguiente algunos serían un poco menos pobres y un poco más felices. A ellos, vecinos de un distrito humilde, en el eje norte de la capital, peatones diarios de una arteria histórica que une la plaza de Cuatro Caminos con Plaza de Castilla, de un barrio castizo, con antiguo rastro de variedades, churrerías, casas bajas y rascacielos de oficinas, y a la vez de nueva zona mestiza, con mezquita y santuarios latinos de bachata, que convierten a esta parte de Madrid en un revuelto singular y genuino.

A mi hermana, Raquel, le salió cruz. Mala suerte.

Por Carlos Hernanz en El Confidencial

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