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El peligro de que la lotería de Navidad les toque a los demás

In Opiniones Humanas on diciembre 22, 2009 at 4:48 pm

Imagina esta situación: horas después del sorteo de Navidad, tus compañeros están abriendo el champán, dando saltos de alegría y atendiendo a los reporteros de televisión, que han acudido al lugar a entrevistar a los afortunados con el Gordo, mientras  tú en una esquina, estás dándote de cabezazos contra la pared por no haber comprado una sola participación del número de la empresa. Pues ese, que es un temor frecuente en estas fechas, es también uno de los factores que mejor explican los motivos por los cuales nos seguimos gastando elevadas cantidades en lotería a pesar de estar en crisis. Podremos disminuir los recursos económicos que destinamos a la compra de décimos, pero no dejamos, ni mucho menos, de adquirir participaciones en billetes compartidos.

Un hecho muy relacionado, por otra parte, con razones culturales. Mientras los norteamericanos que comparten un billete de lotería con amigos, compañeros o familiares suponen un 12%  (y sólo un 2% de los británicos), en España lo hace uno de cada tres ciudadanos. Y como señala Mauro F. Guillén, catedrático de la Wharton School de la Universidad de Pensilvania, se trata de un porcentaje que en Navidad aumenta enormemente, alcanzando el 73%. “Esta práctica tiene unos orígenes históricos: en el siglo XIX los billetes eran muy caros en España y la gente no podía comprarlos si no era en grupo. Luego la práctica de compartir billete se institucionalizó y hoy en día sirve para cultivar lazos con familiares, amigos y compañeros de trabajo”.

Sin duda, el componente social es básico en el consumo de lotería. Como afirma Alejandro Navas, profesor de sociología de la Universidad de Navarra, “hemos asumido que los décimos son un elemento más de la lógica del regalo”. Constituyen, por tanto, una manera habitual de relacionarnos, esta vez a través de compartir expectativas. Y este hábito de intercambiar números y participaciones incentiva notablemente el consumo en esta época del año. En especial entre quienes no son habituales de las administraciones de lotería. La Navidad es una fecha especial, donde las costumbres dejan sentir su peso, y el compartir décimo es una de las más instauradas. Lo que afecta también, como asegura Guillén, a aquellos estratos sociales de formación universitaria y mayores recursos “que no suelen comprar durante el año y sí en esta época, fundamentalmente para reforzar lazos sociales”.

“Heurísticos”

Sin embargo, las motivaciones  a la hora de consumir lotería no sólo tienen que ver con aspectos positivos; también anticipamos escenarios negativos. Y el más frecuente es el citado de la compra preventiva: participamos en los rituales y en las costumbres de los demás para no quedar excluidos, y el juego de azar no es una excepción. Porque ¿qué pasa si el número toca y no hemos hecho como todos los demás?  Este tipo de razonamiento, muy efectivo, es lo que se llama en psicología social se llama “heurísticos”, formas de razonar que son utilizadas en aquellos contextos donde se posee información escasa o donde las decisiones han de tomarse de forma rápida. Como asegura José Miguel Fernández Dols, Catedrático de Psicología Social de la Universidad Autónoma de Madrid, una de estas estrategias “son los contrafácticos, la construcción mental de los escenarios que podían haber ocurrido. Y en esa recreación de lo podía haber pasado, las personas, cuando sabemos que alguien nos puede echar en cara algo, tendemos a sentirnos más responsables si hemos hecho algo diferente de lo que solíamos hacer”. En ese orden, llevar a cabo conductas diferentes de las habituales, como no comprar lotería en Navidad, suelen  ser vistas como más arriesgadas.

Abunda en ese sentido, Roberto Garvía, profesor de sociología en la universidad de Georgetown y editor de Fortuna y virtud. Historia de las loterías públicas en España (ed. Sílex), señalando que la posibilidad de quedar excluidos nos convence para realizar la compra con mucha mayor efectividad que la esperanza en que se vaya a obtener un premio sustancioso: “Comprar una participación del número de la oficina, por ejemplo, es como comprar un seguro. Es asegurarse de que uno va a tener que arrepentirse el resto de su vida de no haber tomado la decisión correcta”. Y eso aun cuando seamos conscientes de que las posibilidades de que nos toque un gran premio son escasísimas. Como asegura Alejandro Navas, “si siempre molesta que el vecino tenga algo mejor que lo nuestro, en este caso más. Por lo tanto, se suele jugar porque nadie quiere quedarse fuera”.

Y posiblemente sean argumentos de este tipo los que consiguen que las ventas de la lotería de Navidad se mantengan estables e que incluso aumenten en momentos de crisis como el presente. En ese sentido, Garvía, autor de Loterías. Un estudio desde la nueva sociología económica (CIS), asegura que  si se miran las series históricas se comprueba que “con las crisis económicas el peso de la lotería con respecto al PIB aumenta. Por ejemplo, en la crisis de finales de los 70 y primeros 80, cuando alcanzamos el 20% de paro, el consumo de lotería aumentó a 1,7% del PIB, e incluso llegó al 2% el año 1987. Por decirlo en otras palabras: si bien en términos absolutos el consumo se puede resentir, en términos relativos y en proporción al PIB, el sector de la lotería no tiene por qué verse afectado e incluso puede tener mayor peso económico”.

Y es que los recortes en los presupuestos familiares existen, pero afectan poco a este capítulo. Como señala Guillén, “la gente gasta menos cuando las cosas van mal, también en los juegos de azar. Pero al mismo tiempo, la gente se encomienda a la providencia mucho más y piensa que la salida a sus problemas consiste en jugar para poder ganar un premio”. Quizá porque, como avisa Navas, “es un elemento idiosincrático español el intentar conseguir las cosas con un golpe de suerte. Ya desde el Siglo de Oro, con la figura del hidalgo, se tematizaba el trabajo como algo venido a menos”.

El sorteo favorece a quienes más tienen

Ahora bien, se gaste más o menos en lotería este año, hay un aspecto que seguirá igual: el sorteo seguirá favoreciendo a quienes más tienen. Como asegura Garvía, estamos ante una lotería en la que “el consumo es proporcional al nivel de rentas. Por lo tanto, como los ricos compran más, tienen más posibilidades de obtener premio”. Además, como subraya Guillén, hay otros aspectos en los pobres salen perdiendo: “quienes tienen menos ingresos gastan un porcentaje mayor en loterías que los ricos. Dado que las loterías son un impuesto estatal, se trata por lo general de un impuesto regresivo, es decir, que grava más a los pobres que a los ricos”.

Si alguien sale ganando siempre con esta clase de sorteos, pues, ése es el Estado. “La Lotería –afirma Garvía- ha sido tradicionalmente una fuente importante de ingresos fiscales en España, y a principios de los años ’80 las transferencias netas de loterías con respecto a los ingresos totales del Estado alcanzaron casi el 3%, lo que no es despreciable.  Hoy la economía española y el sistema fiscal son distintos, pero las loterías siguen importantes”.

Y eso aun cuando se estén adivinando cambios notables en el horizonte. Uno de ellos, causado por ese mundo global que va restando opciones a los Estados nacionales. Así, los juegos privados, especialmente los que se realizan a través de la Red, pueden convertirse en competidores serios en la recaudación. El mejor ejemplo, asegura Garvía, “son las apuestas sobre acontecimientos deportivos en Internet, que pueden reducir la participación en las quinielas”. Aunque, si supondrán o no una reducción neta de los ingresos del Estado “dependerá mucho del modo de regulación de estos nuevos mercados”.  En otro sentido, las amenazas provendrán del movimiento contrario, aquel que tiende a descentralizar las competencias. Por eso, “será importante ver en que medida estos juegos privados, gestionados por las Comunidades Autónomas, podrán reducir los ingresos que recibe la administración central. Y aquí estamos hablando del reparto de la tarta entre la Comunidades Autónomas y el Estado central”.

Por Esteban Hernández en El Confidencial

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