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Embarazo de laboratorio

In historias humanas on diciembre 19, 2009 at 1:39 pm

La periodista Virginia Bendito se sometió dos años a tratamientos de fecundidad e invirtió 21.000 euros para tener un hijo que no herede el síndrome de Treacher Collins. Aquí su historia.

Virginia miraba el monitor de las ecografías, tumbada en una camilla con las piernas bien abiertas. La doctora introdujo una jeringuilla con un tubo muy, muy largo y muy, muy fino en su cuello vaginal y, en la pantalla, Virginia vio una nube blanca que explotaba en su útero. La habían inseminado.

-Ahí están, Virginia –dijo la doctora.

Y Virginia lloró y lloró.

-Gracias –susurró.

Habían transcurrido más de dos años desde que Virginia Bendito y su marido, Patricio Lombera, habían acudido a la clínica de infertilidad para tener un niño sin la malformación congénita con la que ella había nacido. El síndrome de Treacher Collins se caracteriza por ocasionar sordera, orejas y ojos anormales, mandíbula muy pequeña y defectos en los párpados inferiores. De tener un hijo, Virginia Bendito siempre había tenido claro que sería adoptado. Cuando Patricio Lombera se cruzó en su camino, quiso formar una familia con ella, sin importarle que tuviera su síndrome. Sin embargo, para Virginia, quedarse embarazada sabiendo que su hijo probablemente heredaría el síndrome en igual o mayor grado, lo que implicaba problemas de corazón e incluso respiratorios, era una irresponsabilidad.

Virginia no quería que su hijo se pasara media vida entre médicos y quirófanos, que cuando fuera adolescente sufriera el rechazo de quien le robara el corazón, que le salieran amigos como al niño de los donetes, por todas partes, cuando lo que quería era entregarse a los besos y a las palabras bonitas, que llorara cada noche por amores no correspondidos, que no tuviera con quién salir los fines de semana por no sentirse una carabina, que cuando se hiciera mayor se sintiera un pesado por preguntar a cada rato qué había dicho cualquiera porque no había podido escuchar bien.

Con treinta y tantos años, Virginia había superado todo aquello y se gustaba cuando se miraba al espejo y se colocaba su imposible pelo lacio y se maquillaba, a veces, aquel rostro tan particular que le confería el síndrome de Treacher Collins. Aceptarse no le había resultado fácil, especialmente a partir de la adolescencia. Durante años estuvo rabiosa con Dios y con la vida por haberla traído a un mundo que no estaba hecho para las minorías, y menos aún para los que son diferentes, que la obligaba a hacer un esfuerzo para adaptarse permanentemente a una sociedad no acostumbrada a tratar a personas con malformaciones tan visibles. Virginia no era consciente de su rostro hasta que se miraba en los ojos de los adultos, los de los pasajeros del metro que tomaba para ir a la universidad o al trabajo. Era una mirada de espanto, primero; de lástima, después.

Distinta era la reacción de los niños:

-¿Por qué tienes esa cara? -le preguntó un día de sol una preciosa muñeca rubia de ojos azules en una parada de autobús. Lo hizo sin maldad alguna, con naturalidad, como tiene que ser.

-Porque nací así –respondió.

¡Claro que nadie mejor que ella podía educar a un niño con síndrome de Treacher Collins! Pero si podía evitarle esos malos tragos gracias a la ciencia, ¿por qué no dar el paso? Por todas esas razones, cuando llegó el momento, ocho años después de que Virginia y Patricio se conocieran, acudieron a la clínica de fertilidad.

La primera cita, que costó 125 euros, tuvo lugar en mayo de 2005. Le extrajeron sangre para el estudio genético, que se realizaba en un laboratorio externo, y Patricio tuvo que hacer un ejercicio manual para dejar una muestra de su semen con la que realizar un espermiograma, que servía para conocer si sus espermas “eran buenos”.

Diez meses después, Virginia se dirigía al cine cuando su teléfono vibró y sonó.

-¿Virginia Bendito?

-Sí, soy yo.

-Le llamo de la clínica.

-¡Ah! sí, sí, dígame.

-Ya hemos localizado su gen, así que, si le parece bien, pásese mañana para hablar del tratamiento de fertilidad.

-¿Qué?

-¡Que lo hemos encontrado, mujer!

-¡No me lo puedo creer! Pensé que me ibais a decir que había sido imposible. Ha pasado tanto tiempo desde el análisis de sangre… ¡gracias, gracias! Pues… sí, sí, claro, mañana estamos allí.

Colgó el móvil y le dijo a su marido, abriendo sus ojos verdes como platos y ajustándose el audífono, que se le había descolocado de la emoción:

-¿Cariño?… ¡que han encontrado el gen!… ¡Voy a decírselo a mi familia!

Y se lió a llamar sus padres, a sus hermanos y a sus mejores amigos para comunicarles la noticia:

-¡Ay! ¡Qué alegría me das, hija! Ignacio, ¡que han encontrado el gen de la niña! –exclamó la madre.

-¡Qué bien, Virginia! Así el enano tendrá un primito -le dijo su hermana.

-¡Joder, qué buena noticia, Virginia! Mucho ánimo, me hace mucha ilusión -le dijo su hermano.

… Seguir leyendo

Por Virginia Bendito en FronteraD

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