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«Me pegó una vez, caí sobre mi hijo, y me volvió a pegar»

In historias humanas on noviembre 22, 2009 at 2:39 pm

«Un día yo me encerré en la habitación. Echó la puerta abajo y me intentó estrangular. Mi rigidez le detuvo. Desde entonces no he podido acostarme con ningún hombre». Esta no es la historia de un amor como no habrá otro igual. Desde luego, no es amor, aunque sí hay muchas historias iguales, más de 400.000 en España. Es la historia de Beatriz (la única de las cuatro interlocutoras de ABC que ha querido aparecer con su verdadero nombre). ¿Y responde Beatriz al estereotipo de persona sin estudios, sometida y dependiente económicamente de su agresor? No. Es licenciada en Derecho, no estaba sometida (o eso creía ella) y es independiente laboralmente. Ante la periodista se presenta una chica joven, muy bella, con una melena rizada que se rifarían los mejores peluqueros de Madrid. Es la última de las cuatro víctimas del terrorismo machista que abre hoy sus entrañas a la curiosidad periodística. Nos citamos en el Área de Familia y Servicios Sociales del Ayuntamiento de Madrid. Salvo mi compañero Ángel de Antonio, que traduce en imágenes el dolor con vistas a la calle de estas cuatro heroinas, todas las sentadas a la mesa somos mujeres.
Conmemoramos el dia de la lucha contra la violencia de género, maldita efeméride que se celebra el próximo miércoles. Beatriz, junto a Elena, Esperanza y Teresa se beneficiaron en su día del Servicio madrileño «Mercedes Reyna» para víctimas de violencia y ahora, que ya respiran libres, ayudan a otras desgraciadas y a sus hijos (263 este año), que pasan por lo mismo. Aquellas, como estas, tuvieron primero que acudir a un recurso llamado SAVD 24 horas, una especie de ángel de la guarda, donde reciben el primer consejo, la primera ayuda, el primer aliento.
El marido de Beatriz sabe que ella tiene un as en la manga: grabó sus amenazas y su reconocimiento expreso de que era un maltratador. Ellos se casaron en 2000 pero en marzo de 2009 la situación era insostenible: «Me insultaba continuamente y luego ya me daba empujones, destrozaba la casa y exhibía cuchillos para amedrentarme». ¿Y qué hacía ella? Pues recomendarle que fuera al médico, preocuparse por su salud mental…
Prueba grabada del maltrato

«Él me decía que me quería, que me deseaba —prosigue— pero ni siquiera me tocaba. La mayoría de las broncas se producían en nuestro dormitorio. Hasta que me encerré allí…» Ese episodio que apunta Beatriz encabeza este texto y pone los pelos de punta si se escucha en primera persona. Beatriz se rompe y llora. El eyerline de sus ojos, perfectamente trazado, se desdibuja tanto como su lápiz de labios color coral, relamido ya de tantas horas de emociones. Pero, insiste, a modo de bálsamo para sus heridas: «Yo tengo una prueba grabada de que me maltrataba. Y sabe que si la doy a conocer, está acabado».

 

¿Y el marido? A la periodista le intriga una frase enigmática de la joven de la melena rizada: «Me pidió en una cláusula del acuerdo que jamás desvelara su identidad». Ir más allá correspondería a otro género periodístico pero es fácil imaginar que se trata de alguien bien situado, ¿Quizá con poder? Lo cierto es que Beatriz ofrece detalles de una vida acomodada, con servicio doméstico, sin privaciones, con un marido de éxito profesional y reconocido prestigio. Pero no hay nombres ni falta que hace. Lo importante es que ella terminó la carrera de Derecho y consiguió que disminuyera su estrés: «Era tal mi nivel de nerviosismo que, cuando me hacía heridas, ni lo notaba», musita. Es la única entrevistada que no tuvo hijos, «porque me negué, aunque él insistía».
Niños en el psicólogo

Los niños. Casi nadie habla de ellos. Son las víctimas silentes de la inquina de aquellos hombres que les dieron la vida para luego secarles el alma. ABC tiene a tres madres al otro lado de la mesa. Esperanza, morena, guapa, de uñas y vestido rojo, tiene un pequeño de cinco años. Empresaria de éxito, su marido le amorataba la vida y ella no denunciaba. «Me acuerdo que la doctora de cabecera me decía que fuera con el parte de lesiones. Y yo, erre que erre, me daba la vuelta a mitad de camino», confiesa. Ella, al contrario que sus compañeras de penalidades, no tenía familia, aunque sí amigos a los que la bestia alejó de su lado. Pero lo peor llegó cuando se quedó encinta. «Me insultaba —relata—, me escupía, y embarazada de siete meses me perseguía por la casa y me empujaba». Hasta que el pequeño nació en medio de la devastación. Lo que cuenta Esperanza, que llegó a ser una obesa mórbida, repugna: «Un día me dio una guantada y me caí encima del niño, al que tenía en brazos. Como le hice daño, lloró y él, como castigo, me volvió a pegar».
La psicóloga Beatriz Atenciano, presente en esa suerte de terapia de grupo, quiere que quede claro que el maltrato doméstico es familiar, no sólo a la pareja. «Los niños están presentes mientras agreden a sus madres; aunque escuchen desde otro cuarto, son víctimas también. A veces, son golpeados o insultados como forma de maltrato también a ellas». Esta terapeuta, que ha tenido que tratar al bebé de Esperanza, está familiarizada con pequeños de menos de dos años, pacientes con secuelas de la violencia impartida por sus padres. De hecho, pone sobre la mesa el uso que algunos progenitores hacen de las visitas a sus hijos «para transmitirles mensajes insidiosos; amenazarles o envenenarles con que la violencia la causaba su madre…» Precisamente estos días, el Congreso de los Diputados tramita una reforma legal que plantea que todos los condenados por maltrato pierdan la custodia de sus hijos. Pero no las visitas.
El relato nos devuelve a Esperanza. Tras el doble golpe a madre e hijo, en noviembre de 2007, decidió denunciar a su maltratador. Después vendría la orden de protección. La joven morena es, desde entonces, una de las 97.173 mujeres que en España vive dentro de un cordón sanitario que la aisla del mal a 100 metros a la redonda. Pero su ex, obsesionado con ella, no cejó en la persecución. «Un día en el colegio, me arrinconó y la profesora del niño tuvo que interponerse entre los dos para evitar males mayores», cuenta indignada. Porque los colegios, los bancos, los funcionarios, los ciudadanos en general no están/estamos todavía formados para abordar esta plaga. Muchos profesores, tal y como cuenta Esperanza, no saben qué hacer en casos como estos en los que un presunto delincuente se salta la ley en un espacio público como es un colegio; tampoco los bancos saben romper los grilletes burocráticos y, dale que dale, siguen manteniendo cuentas a nombre de verdugo y víctima a pesar de que la justicia ha sentenciado al primero; o hasta los Ayuntamientos insisten en mandar los ibis o las tasas de basura de marras a nombre de aquel que fue cabeza de familia y hoy lo es de la ruina familiar…
Doctor Jeckyll y Míster Hyde

Tras Beatriz y Esperanza, le llega el turno a Elena, la más veterana del grupo. Hace cuatro años rompió con veinte de fatal matrimonio. Psicóloga —paradojas de la vida—, le costó darse cuenta de que tenía la hiena en casa. El ruido de la llave con que entraba en casa su marido era una suerte de «buenos días, tristeza». Profesional liberal de éxito, el esposo era míster Hyde en casa, doctor Jeckyll fuera. Su dedicación le obligaba a alternar mucho, hasta llegar «con el puntito a casa», detalla Elena, una mujer simpática a rabiar. Hasta ahora, como recuerda Elena, el alcohol era un atenuante para un agresor; en estos momentos, PP y PSOE están abordando una reforma legal para que las borracheras dejen de aminorar las penas de los maltratadores, aunque tampoco su ingestión agrave la sanción.
Incumplió el alejamiento

Madre de dos hijos ya mayorcitos, su pareja le obligaba a creer que, pese a que ella tenía su cargo de funcionaria, quien mantenía a la familia era él, agraciado con unos ingresos más suculentos. Nadie a su alrededor podía detectar a la fiera que llevaba el marido dentro puesto que, como los otros tres agresores aquí retratados, desplegaba un don de gentes especial cuando apagaba la luz y cerraba la puerta de su casa. Como otras 262. 213 mujeres en España, a Elena una jueza también le concedió una orden de protección (que incluye medidas de alejamiento pero también otras de carácter penal). Él traspasó la línea un día en la oficina de un Banco, cuando creyó que su ex mujer estaba trabajando y no realizando unas gestiones rutinarias. En ese momento, Elena, que no se separa ni un segundo del dispositivo móvil de teleasistencia que le ofreció el Ayuntamiento de Madrid —«éste es», enseña orgullosa a ABC—, apretó un botón y denunció el hecho. Él fue reconvenido y no se acercó más a su víctima.
La última de las mujeres que reúne este periódico responde al nombre inventado de Teresa. «Licenciado él, licenciada yo. Te lo cuento para que no me lo preguntes», espeta. Así demuestra expeditivamente a este diario que los estereotipos de maltratada y maltratador, que se cuelan por cualquier resquicio de nuestros convencionalismos, son rematadamente falsos. Llegó un día hace cuatro años en el que el marido, envalentonado, le magulló el brazo y le dijo que «esto no es una familia, así que vamos a separarnos». Y la echó de casa. A sus hijas, a las que ha seguido viendo porque un juez decidió no interrumpir el régimen de visitas, cierto día les comentó: «Contra vosotras no tengo nada, pero contra vuestra madre, sí».
Teresa prosigue: «Un día me dijo, con chulería: “Me han aconsejado que no te toque”». Pero sí la tocó, tanto que la pequeña de las hermanas, cuando se enteró de que su padre fue detenido, tan sólo preguntó: «¿Y tiene rejas la cárcel donde está papá? Pues que le dejen allí».
Estas cuatro féminas se salvaron por los pelos de alimentar la estadística de 2009, que nos escupe con saña la cifra de 49 asesinadas por sus parejas. Pero habrá que preguntarse qué pasa en un país donde cuatro mujeres maltratadas deben, por miedo, semiocultar su rostro a los ojos de un periódico.
Por Mayte Alcaraz en ABC
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