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30 años del fin de los Jemeres Rojos: en el S-21, epicentro del dolor en Camboya

In historias humanas on octubre 8, 2009 at 11:23 pm

“Prohibido reírse”. El mensaje del cartel es superfluo, porque cuelga en un lugar en el que fueron torturadas unas 15.000 personas, incluidos ancianos, mujeres y niños. Ni forzándote podrías reírte en el interior de la prisión S-21, símbolo de la sinrazón del régimen de los Jemeres Rojos que machacó Camboya desde 1975 hasta finales de 1979, cuando pierden el poder y pasan a la clandestinidad. Este falso acuartelamiento es una visita obligada para cualquier viajero que llegue a la capital del país, pero hay que entrar en él con el cuerpo preparado para mirar de frente al espanto.

La vida caótica de Camboya discurre como si tal cosa delante de la puerta del S-21 o Tuol Sleng, en la céntrica calle 113. Normalidad provinciana en una ciudad de polvorientas calles trazadas con tiralíneas que conservan un regusto francés; normalidad que cuesta casar con el panorama que uno se encuentra cuando paga los 2 dólares que cuesta la entrada y accede al recinto.

El complejo era un instituto de secundaria con varios patios soleados y rodeado de viviendas. Con la llegada al poder de Pol Pot, el colegio fue transformado en un centro de internamiento y torturas. De un día para otro, en la primavera de 1975, sus paredes pasaron de escuchar las risas tontas de los adolescentes a los gritos de tormento de los torturados.

Hasta allí era trasladado todo aquel que fuera sospechoso de ser enemigo o de ser familiar o amigo de un posible enemigo. Tener estudios universitarios, llevar gafas o no tener callos en las manos se convirtieron en indicios suficientes para sospechar que alguien pertenecía a la élite, a la disidencia.

Una locura más de un régimen que prohibió la propiedad privada, el dinero, los coches; que cerró las escuelas y hospitales, que obligó a la población a abandonar las ciudades y convertirse en campesinos, que imponía hasta el corte de pelo que debían llevar todas y cada una de las camboyanas; la locura que ahogó al país en una espiral de hambre, enfermedades y paranoia. El saldo final: dos millones de muertos en una población total de unos ocho millones, Camboya perdió a una cuarta parte de su gente.

 

El sol cae a plomo en uno de los patios del recinto, donde, como aperitivo del recorrido, el turista lee un cartel con las 10 normas básicas que regían en el centro. Primera: Responde de acuerdo a las preguntas que te hago. No intentes desviarlas. Segunda: No intentes esconder los hechos inventando pretextos según tus ideas hipócritas. Está estrictamente prohibido contestarme. […] Sexta: Durante las palizas o las descargas eléctricas está prohibido gritar. […] Novena: Si no sigues todas estas órdenes, recibirás incontables bastonazos y descargas eléctricas…

Así se inicia una sobrecogedora peregrinación por lo que un día fueron las aulas del centro escolar. Ya no hay pupitres. Ahora están las camas electrificadas en las que se torturaba al sospechoso hasta arrancarle una confesión, muchas veces descabellada. Ya no hay lápices. Ahora hay instrumentos de tortura y los grilletes de hierro que sujetaban a los detenidos al suelo. Muchas de las clases están divididas en precarias celdas individuales en las que apenas cabe un cuerpo tendido.

El silencio durante la visita es total, pero en tu cabeza escucharás voces si antes has visto el documental “S-21: la máquina roja de matar”, en el que supervivientes y sus carceleros y torturadores explican en este escenario la vida en la prisión, los distintos tipos de tortura, los abusos que sufrían las mujeres… “Necesitábamos respuestas, verdaderas o falsas”, se justifica uno de los carceleros. La sinopsis de la película la describe como un “escalofriante y necesario testimonio de la capacidad de las personas para perder la humanidad”.

Prácticamente cualquier camboyano con el que te cruces hoy en día perdió a alguien durante la Kampuchea Democrática, nombre con el que bautizó Pol Pot a Camboya durante su régimen, pero muchos de los que sobrevivieron prefieren no hablar del tema, bien por no abrir las heridas, bien porque se encontraban en el bando de los Jemeres Rojos.

Sem es monje budista y tiene 29 años; nació pocos meses después de que los vietnamitas entraran en Camboya y acabaran con el régimen de Pol Pot. Es un tipo alto y atlético, de marcados rasgos jemeres (etnia mayoritaria de Camboya), un hombre culto, curioso e inteligente. “A mi abuelo lo asesinaron durante el régimen de Pol Pot, pero no conozco los detalles. Mi padre también sufrió muchas penalidades durante esos años, pero es un tema del que no se habla en mi familia. Casi todo lo que sé de aquella época lo he leído, no me lo han contado”. Sem tuerce el gesto mientras habla del asunto y su cabeza se remonta al pasado. Permanece en silencio unos segundos y finalmente opta por zanjar la conversación, como hacía su padre: “Todo esto me entristece”.

Lo que es seguro es que su padre no pasó por las torturas de Tuol Sleng porque, tras los días de infierno en la S-21, a los reos les esperaba un camión en la puerta del penal. El viaje que tenían por delante los que abandonaban con vida el lugar era de apenas 17 kilómetros, la distancia que separa el centro de torturas del campo de exterminio de Choeung Ek, donde aún siguen los trabajos de excavación para desenterrar cadáveres. Este lugar también guarda historias desalmadas, como el árbol que se mantiene en pie junto a la fosa de los cadáveres de bebés. Para ahorrar munición, a los niños se les daba muerte arrojándolos contra el tronco del árbol.

Sólo un puñado de personas, que se cuentan con los dedos de las manos, sobrevivieron tras pasar por Tuol Sleng. Uno de ellos es el pintor Vanh Nath. Sus dotes con los pinceles gustaron a sus captores y lo destinaron a pintar retratos de Pol Pot. Aquello le salvó la vida y con el tiempo le permitió plasmar las barbaridades que había presenciado en el centro de tortura. Sus cuadros cierran la visita a este museo del genocidio. Por si tu imaginación ha sido benévola durante la visita sus imágenes explicitan el horror sin miramientos.

En la época negra del Tuol Sleng, un profesor de matemáticas siguió alzando la voz en el antiguo instituto: Kaing Guek Eav, más conocido como Duch, la mano que dirigió el S-21, el hombre que ordenó las torturas. A sus 67 años, Duch es el primer líder de los Jemeres Rojos en ser juzgado por el Tribunal para el Genocidio en Camboya, en el que participa la ONU, y que prevé tener una sentencia para el año próximo. Dice este señor que se arrepiente del mal que hizo, pero se atreve a justificarse esgrimiendo que se limitaba a cumplir las órdenes de Pol Pot, quien, por cierto, murió en 1998 sin haberse sentado en el banquillo.

Duch elaboró un meticuloso archivo de los prisioneros, a los que fotografió antes, durante y después de las torturas. Sus fotos se exhiben hoy en algunas de las aulas: hombres, mujeres, niños y ancianos. Miradas de horror, miradas ausentes, miradas que presentían el espanto, miradas inocentes que no se percatan de lo que venía. Padres, hermanos, hijos de los que sobrevivieron y que viven con el dolor más rabioso, el de la impunidad.

Por María José Llerena en Soitu.es

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