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“Tuve que separarme de mis hijos porque mi marido me necesitaba a su lado”

In historias humanas on septiembre 21, 2009 at 1:17 am

A las nueve de la noche de cada 31 de octubre, José Miñano brinda con un culín de whisky. Celebra que está vivo. Hace 27 años un taxi-bomba le destrozó la pierna derecha y le llenó de metralla el cuerpo. A su mujer, que viajó desde Murcia hasta Vitoria creyendo que a su marido le habían operado del estómago, se le cortó la menstruación al enterarse del atentado contra la patrulla policial que dirigía el sargento Miñano. También perdió el sueño pensando en sus tres hijos, de los que tuvo que apartarse durante un año. En su reguero de sangre, ETA ha dejado más de 860 víctimas mortales, pero también más de 3.000 heridos —cifra que aumenta con el tiempo al ir apareciendo las secuelas—, 17.000 afectados —entre familiares— y miles de exiliados, difíciles de cuantificar, según datos de la Asociación de Víctimas del Terrorismo.

Durante un año Juani Cortés se sintió “viuda de un superviviente”. Pasó día y noche junto a su marido, a quien los médicos habían dado por desahuciado. José y su mujer se conocían desde pequeños. Ambos habían nacido en el pequeño pueblo murciano de Albudeite y comenzaron un noviazgo de verano cuando él tenía 19 y ella 16. Esa pequeña diferencia de edad era un abismo para los padres de Juani. Tuvo que dejar la relación. Pero el amor pudo más y, al cabo de tres años, se casaron y tuvieron tres hijos. Para entonces, José ya había ingresado en la Policía Nacional y comenzaba a viajar con la familia a sus distintos destinos repartidos por toda España. En Murcia fue fundador del 091 e inauguró la comisaría de Alcantarilla, donde ahora reside el matrimonio. Al cumplir los 39, Miñano quiso ascender a sargento, pero para ello tenía que realizar un año de servicio en el País Vasco. Fue el final de su carrera en activo.

“Era el único destino al que no le acompañamos por lo delicado de la situación. Pero no podía cortarle las alas a mi marido y se marchó en las Navidades de 1981 —recuerda Juani, que, después de tantos años, cuenta por primera vez su historia a un medio de comunicación—. Los niños y yo pasamos con él el verano del 82 en la casa cuartel de Vitoria y regresamos a casa el 12 de octubre, un mes antes de que él terminara con el servicio”. Miñano estaba al mando de unos 20 hombres que aquellos días se dedicaban a la vigilancia de las torres eléctricas del Alto de Santa Lucía, entonces objetivo de los ataques terroristas. Ese 31 de octubre visitaba por primera vez España el Papa Juan Pablo II y los socialistas todavía saboreaban la rotunda victoria electoral de Felipe González. ETA, mientras, seguía golpeando con una crueldad de un asesinato por semana. Los terroristas utilizaban cualquier táctica para matar, y en esa ocasión secuestraron un taxi, que cargaron con explosivos y dejaron con un cartel de ‘averiado’ en una cuesta por donde tenían que pasar los policías.

Aunque Juani estaba a cientos de kilómetros, narra con una meticulosa precisión cada detalle del atentado, como también hace con las heridas y secuelas que la bomba dejó en el cuerpo de Miñano. “Eran las nueve de la noche cuando mi marido y un grupo de 12 hombres se desplazaban por el Alto de Santa Lucía en dos furgonetas Avia, escoltados por una tanqueta militar. Al subir una cuesta, mi marido ordena parar la caravana al sospechar de un taxi estacionado en un lateral. Justo cuando están descendiendo, el vehículo explota con una carga de 50 kilos de goma 2. A José le revienta la rodilla y le provoca graves quemaduras y a uno de sus escoltas, Francisco González (de 24 años), lo mata en el acto”.

Durante muchos minutos, los compañeros ilesos trataron de ayudar a los más graves, pero ninguno de los vehículos que pasaban por la zona se detuvo. Finalmente tuvieron que parar a una pareja colocándose en mitad de la carretera y subir a Miñano, que se desangraba. “Repetía constantemente ‘Reme, Clemente, Sandra… Reme, Clemente, Sandra…’, el nombre de nuestros tres hijos, para no perder la conciencia”. Su estado era de extrema gravedad. “Recuerdo que al entrar en el Hospital Apóstol Santiago oí decir a los médicos que conmigo no se contaba”, apunta José, que sólo aporta este detalle de su historia al entrar en la cocina a por un poco de agua. “Prefiero que ella cuente todo, porque yo estaba muy mal y fue quien realmente lo pasó terrible”, se excusa para no estar presente durante la entrevista.

“De mi marido sólo se conocía la voz”

Juani comenzó su ‘viudedad en vida’ esa misma noche del atentado. Rozando las 12, unos agentes de la Policía acudieron a la casa del pueblo a buscarla. “Me dijeron que tenían que operarle del estómago y yo no lo puse en duda. El camino fue horroroso, porque todas las localidades murcianas que teníamos que atravesar estaban completamente inundadas. A eso de las diez de la mañana llegamos a la casa cuartel y pregunté a un compañero, con el que habíamos pasado ese verano, qué tal estaba mi marido, pero no me contestó, y me remitió a la comandancia”. Allí, en un puesto que había en un gran patio central, le dijeron la verdad y ella no pudo reprimir los gritos y las lágrimas. “Al girarme, vi justo al otro lado del patio un velatorio y creí que era el de mi marido. Me hicieron leer un periódico de ese día para que comprobara que José estaba muy grave, pero vivo”.

“De mi marido sólo se reconocía la voz, porque todo el cuerpo estaba quemado”. La explosión provocó el estallido de la rodilla derecha, de un testículo y numerosas heridas por todo el cuerpo a causa de los clavos, tornillos y tuercas de la metralla. “Nos dijeron que había que amputarle la pierna, pero yo me rebelé. Les dije que si tenían que hacerle algo o morir que prefería llevármelo a ‘España’, ya que ellos decían que eso no era nuestro país”. Así que decidieron preparar todo y el 4 de noviembre salieron de incógnito en una ambulancia medicalizada de la Guardia Civil con destino a Madrid. “Tuvimos que adelantar la salida porque en la radio se comunicó nuestro traslado y temíamos que algún terrorista tratara de rematar a mi marido, como había ocurrido con otros agentes heridos”.

“La niña mayor oyó decir que su padre estaba muerto”

En la Unidad de Quemados de la Cruz Roja de la capital comenzaron los siete meses de recuperación. Mientras los injertos de piel iban bien, las heridas continuamente se abrían y el delicado estado de salud de José hacía temer por su vida. Juani permaneció durante todo ese tiempo día y noche junto a la cama de su marido. “Nuestros tres hijos —que entonces tenían 11, ocho y tres años— tuvieron que ser acogidos por las monjas. Lo pasé muy mal, porque nunca me había separado de ellos. Pero era él quien más me necesitaba entonces. La verdad, no sé si lo volvería a hacer…”

ETA no sólo mata a una persona, sino que destroza a una familia. Deja viudas, huérfanos, padres sin sus hijos, pandillas de amigos rotas… Es una obviedad, sí, pero es una realidad no siempre presente cuando se habla del terrorismo. A Reme y Sandra les privaron durante un año de sus padres y tuvieron que ser acogidas por las salesianas de la beata Piedad de la Cruz, mientras que Clemente tuvo que cambiar de pueblo y dejar a sus compañeros de colegio y a sus amigos de Alcantarilla. Él y la pequeña fueron entonces los que peor lo pasaron, por el cambio que supuso para su vida. “Clemente destrozó todas las postales que habíamos comprado ese verano del País Vasco y a Sandra la tuvimos que sacar de la escuela, porque era muy rebelde, y la cuidaron unos amigos de Madrid. Pero con el tiempo supimos que la mayor quedó impactada la misma noche del atentado al escuchar a un guardia civil decir a mi padre y a mi hermano que José había muerto en un atentado”, afirma Juani, a quien la emoción le puede al hablar de sus hijos. “Reme desde entonces tiene un odio acumulado que no ha podido sacar y cada vez que en televisión sale un atentado, se queda mirando fijamente a su padre sin decir nada”.

Para Juani ese año también fue una odisea. Cada parte médico era peor que el anterior. La pierna al final no se la amputaron, pero los dolores eran insoportables y, además, todos los días aparecía un resto de metralla en un lugar del cuerpo que había que extraer. “Pero a él lo que más le dolió fue enterarse de que uno de sus subordinados había muerto. Era como su hermano pequeño. Paco (el joven de 24 años que fue asesinado) se acababa de casar y nosotros le habíamos dejado un piso. La noticia se la contó un periodista y empezó a negarse a tomar los calmantes. Tuvo que ser un párroco quien le convenciera para que dejara ese sufrimiento innecesario”. De aquellos largos meses en la Unidad de Quemados de la calle Ferraz, en el centro de Madrid, Juani guarda un cariño muy especial por el teniente coronel Alfonso Puntas y su esposa. “Me dieron mucho afecto y mucha ayuda. Todas las mañanas me llamaban para irme a su casa a tomarme un cafecito y darme unos minutos de compañía”.

Poco a poco José fue recuperándose de sus quemaduras y pudo ser trasladado a traumatología. Allí recibió por navidades el mejor regalo: compartió la Nochevieja con sus hijos en la habitación del hospital. También acudieron con algunos regalos el recién nombrado ministro del Interior José Barrionuevo, que le entregó la Cruz al Mérito Militar, “aunque en realidad le correspondía la medalla, que tiene más valor”. Las autoridades no reconocieron el hecho incuestionable de que las instrucciones dadas aquella noche por el sargento Miñano salvaron la vida a muchos de sus hombres. “Eso es lo que le queda a él, el deber cumplido, aunque sigue con el dolor de no haber podido salvar a Paco”.

Esos primeros gestos de cercanía de las autoridades tardaron poco tiempo en desaparecer. “Al principio no se aleja nadie, pero luego se olvidan y no se preocupan de si comes o no todos los días o si tienes para sacar adelante a tus hijos. Pasamos muchos meses sin cobrar ninguna pensión, y por aquella época, los heridos no tenían indemnizaciones como víctimas del terrorismo“. Las secuelas físicas y psíquicas continúan todavía hoy, 27 años después. Recientemente José perdió la audición de los dos oídos, producto de la onda expansiva, hace unos meses le tuvieron que extraer una tuerca de la mandíbula y pronto tendrá que pasar por quirófano para sacarle una bujía que tiene incrustada en el empeine. Además, los médicos ya le han advertido de que su pierna derecha “tiene fecha de caducidad” y tendrán que amputársela.

Pero, a pesar de las heridas, a José Miñano le queda el orgullo de haber logrado ascender a teniente, incluso después de sufrir ese grave atentado del 31 de octubre de 1982. Aunque una vez que se graduó, sólo pudo retirarse. Eso sí, vistió los galones del uniforme marrón, que sustituía al gris tan marcado por una época, para un retrato. En ese cuadro, que preside el comedor del domicilio familiar, José posa junto a Juani, su mayor apoyo. Ambos sonríen.

Por Edu Sánchez en Soitu.es

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