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“El cuartel era un infierno del que nos quería tener alejados”

In historias humanas on septiembre 17, 2009 at 1:28 am

Las casas cuartel de la Guardia Civil se han construido casi siempre en las periferias de las ciudades por seguridad. Aún es difícil encontrar tendido en un balcón un uniforme de las Fuerzas de Seguridad del Estado. El País Vasco ha sido destino obligatorio en los 70, 80 y 90 para decenas de promociones de nuevos agentes. Todo ello, unido a los ataques casi diarios contra estas residencias-prisión, “era un infierno con el que trataban de sobrevivir, pero del que mi marido nos quería tener alejados a mí y a nuestra niña”, recuerda Julia Aparicio, viuda de Emilio Castillo.

Julia sólo ha pisado una vez en su vida Euskadi, “y no lo volveré a hacer nunca más, aunque mis amigas me dicen que aquello es precioso. Pero yo no iré: no puedo, ni quiero”. Esa única ocasión fue el 18 de marzo de 1993 y era para recoger el cadáver de su marido. “Al año de casarnos le destinaron al cuartel donostiarra de Intxaurrondo. Era obligatorio y no pudo negarse, aunque acababa de ser padre. La cosa estaba muy mal para los guardias civiles y acordamos que yo me quedaría en Ciudad Real durante ese año de su destino”, recapitula la mujer.

Cada mes y medio, Emilio conseguía acumular unos días de libranza y se reunía con la familia. “Cuando estaba en casa intentaba no transmitirnos el miedo que sentían. Llegaba a contarlo como si fuera algo normal. Pero claro, yo veía lo que ponían en los informativos de televisión. Aunque durante ese año nunca pensé que nos pudiera tocar a nosotros… eso era una cosa que le pasaba sólo a los demás”.

Pero aquel 18 de marzo les tocó a ellos. Emilio había decidido alargar unos meses su estancia en San Sebastián para poder elegir un destino cercano a su casa. Acababa de terminar su servicio en el Puerto de Pasajes y regresaba al cuartel junto a su compañero Victoriano Álvarez. En el cruce de la avenida Ategorrieta el vehículo se tiene que detener ante un semáforo en rojo y, en ese momento, los etarras, Agustín Almaraz, José Ignacio Alonso y Sergio Polo, se acercan a ellos y les disparan seis tiros a cada uno con sus Parabellum 9mm. Los tres han sido condenados por estos hechos —a los dos primeros también se les juzgó por el intento de asesinato del ex consejero de Interior vasco Juan María Atutxa; y la hermana del tercero ha protagonizado este año la polémica designación como ‘txupinera’ de la Aste Nagusia de Bilbao—. En aquel tiroteo Emilio murió en el acto, mientras su compañero tardó más de mil días en recuperarse de sus heridas y quedó incapacitado laboralmente.

A cientos de kilómetros de distancia, Julia trataba de pasar una pequeña gripe metida en la cama y con antibióticos. La llamada la recibió en casa de su madre desde la Comandancia de San Sebastián. “Me dijeron que estaba herido en un accidente, pero no que lo habían asesinado. Yo me enteré de que era viuda de camino a Donosti, porque el conductor que me llevaba habló por la radio con algún compañero y se refirió a mí como la mujer del difunto”. Después fueron dos años “muy jodidos”, con una depresión y constantes mareos que le hacían pasarse el día de la cama al sofá. “Yo no salí de este pozo hasta que un día oí decir a mi hija que yo no la quería porque no la cuidaba. Entonces decidí tirar para adelante”.

“Intxaurrondo era un gueto a las órdenes de Galindo”

El asesinato de Emilio se produjo ante un semáforo en rojo. Alejandro Urteaga también recuerda bien esas breves paradas a la espera de que la señal se pusiera en verde. Este guardia civil decidió a los 18 años dejar Badajoz e ingresar en la Academia de Baeza. Su primer destino fue un pequeño pueblo leridano, “pero me di cuenta de que no había entrado en el Cuerpo para dar paseos con el coche y decidí presentarme voluntario para el País Vasco”. Muchos jóvenes elegían el Norte bien para conseguir algún dinero extra o bien para lograr el ‘carácter preferente’, es decir, poder elegir destino al cabo de tres años de servicio. “Lo primero que hice allí fue control de carreteras en el Puerto de Pasajes, una zona muy peligrosa, donde varios compañeros fueron asesinados. Los relevos los hacíamos en furgonetas blindadas, pero, aún así, cuando se paraba el vehículo en un semáforo, nos bajábamos todos con nuestro cetme y nos volvíamos a montar una vez que se ponía en marcha“.

Durante cuatro años (1991-1995), Urteaga vivió en el cuartel de Intxaurrondo, en una época convulsa por el estallido mediático de los GAL. “Aquello era un gueto a las órdenes del general Rodríguez Galindo. Contaba con una iglesia, un bar, un pub que abría por las noches, un economato… Todo lo necesario para que los agentes y sus familias no tuvieran que salir de allí y no hicieran vida normal“, cuenta Alejandro, que actualmente es delegado de la AVT en Murcia y Comunidad Valenciana. También tiene grabado el primer día que llegó a las viviendas de solteros con apenas diecinueve años. “Eso era un auténtico caos. Nada más llegar me dijeron que me buscara la vida, y estuve tres meses durmiendo en un sofá en el piso. Hasta el año que tuve habitación propia, hacía ‘cama-caliente’, es decir, dormía mientras un compañero trabajaba y luego dormía él en el mismo sitio mientras yo hacía mi turno”.

Las condiciones laborales de los guardias civiles y las medidas de seguridad de sus residencias han sido denunciadas durante muchos años. El cuartel de Intxaurrondo, sede de la 513 Comandancia de la Guardia Civil, ha sido atacado desde 1976 más de una docena de veces, con lanzamiento de granadas incluido. Julia Aparicio lo tiene claro. “Yo no mandaría a ningún guardia civil al País Vasco. Que se las apañen ellos como puedan. Pero eso es una auténtica ratonera y no vale la pena”. Lo que parece una cosa del pasado sigue hoy en día. Recientemente dos agentes de ese famoso cuartel donostiarra denunciaban a la prensa las condiciones de “ruina” e “inseguridad” del recinto, que acababa de ser remodelado y ampliado por el Ministerio del Interior. A estas denuncias se adhirió la Asociación Unificada de Guardias Civiles, reclamando mejoras en los sistemas de seguridad y vigilancia, tras los atentados de Burgos y Mallorca de este pasado verano.

“Allí temíamos por igual a mandos y terroristas”

Alejandro Urteaga, en el puesto de control de carreteras del Puerto de Pasajes, cuando estaba destinado a Intxaurrondo.

Pero, al parecer, no sólo eran la seguridad o la habitabilidad de las viviendas lo que preocupaba a los agentes. “La presión era tremenda, nos trataban muy mal, con una tensión innecesaria en muchas ocasiones. Allí temíamos por igual a mandos como a terroristas”, afirma con rotundidad Alejandro Urteaga, quien recuerda que en alguna ocasión tuvieron que reducir a un compañero que trató de atacar a un superior “que le tenía muy puteado”.

Incluso después de sufrir un atentado el 21 de noviembre de 2000 en el cuartel de Irún —donde se había marchado tras casarse con 23 años— “la incomprensión de los mandos fue total”. Pese a que la granada que lanzaron a su despacho le hiciese perder el gusto y el olfato, además de provocarle daños en el oído y ser la causa de las tres operaciones en una pierna a las que se ha sometido, no se hicieron diferencias. “Cuando sufrías un atentado y resultabas herido quedabas fuera de circulación, parecía que te apartaban del Cuerpo. Llegaron a negarme las fotocopias que necesitaba presentar ante el tribunal médico”.

Al año, tras recibir la incapacidad laboral, la Guardia Civil deja en la calle a Alejandro, su mujer y sus dos niños. “No aceptaron la solicitud de prórroga para que los chavales pudieran acabar el colegio, así que nos fuimos a casa de mi suegra y luego nos vinimos a Murcia”. Aún hoy Alejandro asegura que espera una llamada de algún mando para preguntar por su estado de salud. “Lamento muchísimo la actitud de la jerarquía del Cuerpo, pero sigo teniendo ese gusanillo cada vez que veo pasar una patrulla”, sentencia con un deje de nostalgia.

Por Edu Sánchez en Soitu.es

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