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“Echamos en falta más caridad de los curas vascos con las víctimas”

In historias humanas on septiembre 16, 2009 at 1:39 am

“¿Dónde está escrito que un pastor tenga que ver por igual a todas las ovejas de su rebaño?” Son palabras del obispo José María Setién en una entrevista con las concejalas del Partido Popular María San Gil y María José Usandizaga, ambas católicas practicantes, en septiembre de 1998. En los tres años anteriores, ETA ha asesinado a siete compañeros de las dos ediles que acuden al encuentro con la intención de saber por qué su obispo sigue manteniendo una actitud de equidistancia entre víctimas y verdugos. Catorce años antes de esta escena, Charo Sierra esperaba en el aeropuerto de Santiago de Compostela el féretro de su marido. “Había problemas en Vitoria para encontrar a un párroco que les oficiara una misa de funeral…“. Jesús Bastante, experto en cuestiones de religión, sostiene que gran parte del clero vasco no ha sabido distinguir entre el sufrimiento de los asesinados y los presos, “entre fines y medios para conseguirlos”.

Al jefe de Tedax José Luis Veiga no le tocaba aquel año desplazarse desde La Coruña al País Vasco, pero su compañero de equipo acababa de casarse y no le quería hacer una faena. Era la primera vez que no acudiría al cumpleaños de su hijo pequeño, que ese 27 de septiembre de 1984 cumplía cuatro años. Le tenía preparada una sorpresa; pero los terroristas le impidieron dársela.

Era ya noche cerrada y las fuerzas de seguridad recibieron una llamada anónima advirtiendo de la colocación de una bomba en la vía ferroviaria Madrid-Irún a la altura de Elburgo (Álava). Un equipo de policías, dirigido por Veiga, se trasladó a la zona, donde había sido detenido un tren de pasajeros. “Aunque ellos no solían trabajar cuando se iba la luz del sol, por seguridad, el hecho de que hubiera unas personas retenidas en el tren hizo que intentaran localizar y desactivar la bomba. Pero era una trampa“, recuerda la viuda. Uno de los compañeros de Veiga pisó un sedal y activó la carga, que mató también al cabo Agustín Pascual y al agente Victoriano Collado.

Charo acababa de hablar tres horas antes con su marido. Él no le quería contar la sorpresa que les tenía preparada y que recompensaría su ausencia en el cumpleaños del hijo pequeño. Veiga regresaría antes a La Coruña y no volvería más a Euskadi, “donde los agentes se quemaban mucho y las familias que nos quedábamos en casa, lo pasábamos terriblemente”. Como tras casi todas las fiestas de cumpleaños de niños, la casa había quedado hecha un desastre, pero Charo estaba agotada y se quedó dormida. “A eso de las doce y media, justo a la hora que asesinaban a José Luis, me sobresalté y comencé a ponerme a limpiar y acabé sobre las tres. Nada más acostarme, llamaron a la puerta y me encontré a mi cuñado y a un compañero y dije: ‘le han matado, ¿verdad?’. Era una angustia que arrastraba desde hacía mucho tiempo, y aquella noche se confirmó”, recuerda la mujer.

“Que lo traigan aquí, que sobran curas para misas”

A la mañana siguiente, la madre levantó a los hijos, de ocho y cuatro años, y los llevó al colegio. “Fueron a recogerlos unos amigos y yo les llamé para decirles que tenían que quedarse a dormir allí, porque papá estaba muy malito y no podíamos ir a por ellos”. Ese 28 de septiembre la familia de Veiga y muchos vecinos de La Coruña acudieron al aeropuerto de Santiago para recibir los restos mortales del asesinado, pero el avión se retrasaba. “Llamé a Vitoria para saber qué ocurría, y me dijeron que estaban teniendo problemas para encontrar un cura que oficiara una misa a los tres difuntos. Yo les dije que no perdieran ni un minuto más, que aquí sobraban curas para dar misas. Luego leí en los periódicos que había veinte religiosos despidiéndoles… vamos, anda, no me lo creo…”

A la familia de Gregorio Ordóñez también le costó encontrar durante muchos años una iglesia donde recordaran la memoria de Goyo el día del aniversario de su asesinato. De ahí la conversación entre San Gil y Usandizaga con Setién. “Cada vez que abría la boca, echaba veneno. Era condescendiente con los asesinos. Aunque, a lo mejor tenía miedo y por eso obraba así, porque no se puede pensar que fuera tan malo”, afirma con rotundidad Charo. El antiguo obispo de San Sebastián ha sido, sin duda, la figura más polémica del clero vasco en las últimas décadas. Muchas de las viudas que protagonizan esta serie de reportajes han criticado con dureza su actitud con ellas. “Ha mantenido una equidistancia entre verdugos y víctimas y una posición muy cercana al nacionalismo, incluso asesorando a Ibarretxe para la redacción de su plan soberanista”, apunta Jesús Bastante, autor de ‘Los curas de ETA‘ y ‘Setién: un pastor entre lobos‘.

La relación entre Iglesia y ETA se remonta a los orígenes de la organización terrorista. La banda surge de una escisión de jóvenes católicos del PNV, que hace coincidir su acta de fundación con el día de San Ignacio de Loyola (31 de julio de 1959). “En un principio, la dirección de ETA la conforman seis ex seminaristas y un ex sacerdote. Pero cuando los integrantes apuestan por la acción armada —a partir de 1969— se produce la ruptura”, explica Bastante. “Es cierto que a lo largo de estos cincuenta años encontramos algunos vasos comunicantes, como que el primer zulo estuviera dentro de una iglesia, o que el arcipreste de Irún, José Ramón Treviño, fuera condenado por colaboración con los terroristas y, a pesar de ello, le mantuvieran en el puesto tanto Setién como el sucesor de éste, Uriarte.

Sobre Juan María Uriarte también se está escribiendo últimamente mucho. Antes de llegar a la diócesis de San Sebastián, este vizcaíno ya tenía en su biografía varios capítulos marcados por ETA: es tío de la ex parlamentaria de Herri Batasuna Jone Goirizelaia; un primo suyo taxista fue asesinado por los terroristas en 1985; y fue designado como mediador entre el Gobierno y la banda en el encuentro de Zurich durante la tregua de Aznar. “Con el tiempo ha ido encauzando su discurso hacia una mayor consideración con los violentos y marcando una equidistancia como hizo su predecesor“, insiste Bastante.

Charo, creyente y practicante, también reprocha al Vaticano que no exigiera “más caridad con las víctimas a los curas vascos y que no llamaran la atención a estos señores”. Sobre la actitud de Roma, Bastante recuerda “el gran predicamento que tuvo, y tiene, Setién allí —se trata, no obstante, de uno de los grandes teólogos de la segunda mitad del siglo XX—, y el hecho de que nunca hayan nombrado a un no nacionalista en las diócesis vascas”.

El trance más duro de su vida

Pero aquella noche cerrada en el aeropuerto de Santiago de Compostela, rodeada de familiares y vecinos, Charo no pensaba en obispos, curas y Papas. Recibía el ataúd de su marido, que iba a ser enterrado a las pocas horas, y pensaba cómo pasar por “el trance más duro de mi vida”. Por la mañana fue a buscar a sus hijos a casa de los amigos y les contó lo que había ocurrido. “Tuve que decirles que papá, por ser buena persona y tratar de salvar la vida de otros, había dado la suya y estaba muerto. Les di la opción de ir a verle y despedirse de él, o quedarse en casa y guardar el recuerdo que tenían. Y con eso han crecido, con admiración y cariño hacia su padre y con la cabeza muy bien amueblada para no tener odio hacia los asesinos”.

“Luego la vida no se retoma, sino que se empieza”. Los niños estuvieron en todo momento arropados por la familia. “Tuvieron un referente en el hermano de mi marido, que estuvo diez años yendo todos los días a verlos”. Sin embargo, Charo recuerda que “durante más de un año y medio, las autoridades no determinaron que lo que había ocurrido aquella noche en Elburgo fue un atentado terrorista”. Por lo que no pudo cobrar indemnización y sobrevivió económicamente con unos préstamos que le hizo la Guardia Civil. “Eso sí que tuve que devolverlo religiosamente…”

Por Edu Sánchez en Soitu.es

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