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“La gente te decía ‘algo habrá hecho’ antes que darte el pésame”

In historias humanas on septiembre 14, 2009 at 12:54 am

Primero les censuraban sus opiniones; luego, imponían la ley del silencio; más tarde, las amenazas, el secuestro o el asesinato si se resistían a cerrar la boca; y, para rematar, el olvido y la ignominia. Las víctimas del terrorismo de los setenta y ochenta fueron condenadas a un doble castigo: el que acabó con su vida y el que intentó acabar con su recuerdo. Sus familias tuvieron que ocultar su drama para no ser rechazadas, atacadas o aisladas. Algunas, como Mercedes Vázquez y su hija, Merche Barreiro, callaron durante más de treinta años.

Amancio Barreiro había decidido salir de la pequeña aldea pontevedresa de Vilar de Cordeiro para ganarse el pan. Era un buen mecánico y pronto se hizo con las riendas de un taller en Pasaia (Guipúzcoa), situado enfrente del bar de los Vázquez. Esta familia también era de inmigrantes gallegos, y la hija pequeña, Mercedes, se fijó en el chico. No tardaron mucho en casarse y en ampliar la familia con la llegada de Josecho y Merche. Eran mediados de los sesenta, y el padre decidió cambiar de trabajo y entrar a formar parte de la compañía de taxis ‘París’, junto a sus cuñados, y recorrer con grandes turismos toda España.

El negocio no iba nada mal, pero, a partir de los años setenta, la situación en el País Vasco para ellos comenzó a hacerse insoportable. “Era terrible. Esos años los terroristas colocaron en la diana a los taxistas y les iban a buscar a casa. Decían que, como en el taxi van muchas personas, los conductores eran confidentes policiales y chivatos”, señala Mercedes, viuda de Amancio. Entre 1969 y 1980, ETA asesinó a los taxistas Fermín Monasterio, Francisco Expósito, Germán Aguirre, Miguel Albizu, Martín Merquilanz, Elías Elexpe, Lisardo Sampil, Sixto Holgado, Ignacio Arocena, Mario Cendán

El miedo era tal, que Amancio y Mercedes volvieron a tomar la decisión de emigrar. Ella le animó a echar una solicitud para la Renault de Valladolid, que fue aprobada en el verano de 1978, con destino a Palencia. “Tenía previsto hacer los últimos servicios ese primer fin de semana de septiembre y marcharse el lunes. Yo iba a quedarme hasta que los niños acabaran el curso que empezaban, pero los asesinos nos rompieron todos los planes aquel 4 de septiembre“, cuenta Mercedes.

“Suplicó de rodillas que no lo mataran…”

Amancio acababa de regresar de un viaje largo desde Málaga y estaba en el taller poniendo a punto el vehículo por si le llamaban de nuevo. Aunque la investigación judicial apunta a que sus asesinos le llamaron para que fuera a recogerlos, la familia cree que tuvo que ser abordado en el propio garaje. “Papá era muy ordenado y aquella mañana mis tíos se encontraron todo tirado, la manguera, el cubo, la esponja… No era nada habitual en él y les hizo sospechar desde el principio”, cuenta Merche, su hija.

“Estuvo tres días desaparecido y tres días estuve rezando a la Madre Pilar Izquierdo Alberó que no me lo mataran, porque yo, desde un primer momento, supe que habían sido los de la ETA. Reconozco que perdí un poco la fe por aquel entonces, cuando los asesinos llamaron a la comisaría de Irún para decir dónde habían dejado tirado a mi marido”, recuerda Mercedes.

La familia sigue teniendo dudas sobre la responsabilidad de los tres implicados y cree que Celaya Otaño fue quien cometió el crimen

Tres etarras de los Comandos Autónomos Anticapitalistas —un grupo ‘ácrata’ vinculado a ETA— fueron los responsables del secuestro y asesinato. Los tribunales han dictaminado que fue Jesús María Larzábal quien se subió al taxi en Pasaia y, en mitad del trayecto, le disparó tres tiros. “Primero le pegó uno en la pierna, para que no pudiera huir. Además, estos cobardes reconocieron que papá suplicó de rodillas que no le mataran, que tenía dos hijos pequeños…” Pero no hubo compasión. Y dos disparos, uno en la nuca a quemarropa, acabaron con la vida de Amancio Barreiro, a los 35 años de edad y con dos hijos de once y nueve años.

“No contéis lo que le ocurrió a vuestro padre”

Mercedes se había quedado viuda, y Josecho y Merche, sin padre. Pero, además, tuvieron que llorarlo entre las cuatro paredes de su casa, ver cómo los vecinos se cambiaban de acera para no darles el pésame, cómo las monjas del colegio de la niña se negaban a oficiar una misa, contemplar las malas caras en los comercios del barrio, o aguantar cómo las compañeras del colegio se acercaban para espetarles a los huérfanos ‘a tu padre le han matado por chivato‘. “Hasta un vecino de toda la vida, al que mi marido había prestado un gran turismo para la boda de sus hijos, nos dijo que ‘a saber lo que Amancio hizo para que le hagan eso…’ Nos dio la espalda gente que creíamos nuestros amigos”, lamenta Mercedes.

‘Algo habrá hecho’ era la coletilla con la que muchos intentaban mirar para otro lado, exculpar al asesino —cuando no apoyarlo— y condenar a la víctima ya muerta. “Era un panorama desolador para ellas. Esa época de finales de los setenta y ochenta es una losa en la conciencia individual y colectiva de todos los vascos. La gente, cuando no era connivente o simpatizante de lo que ocurría, miraba a otro lado. Es algo imperdonable”, reconoce Iñaki Arteta. Este fotógrafo y cineasta bilbaíno es uno de los primeros que, a mediados de los noventa, comenzó a rascar en la memoria de las víctimas olvidadas de los ‘años de plomo’. “Estaba ya cansado de escuchar reivindicaciones y claves políticas de lo que ocurría, y decidimos que todo aquello tenía que tener el relato de las víctimas, con su propia voz. El resultado fue una suma de historias que dibujan una época y una sociedad marcadas en lo terrible del asesinato”, y que se puede comprobar en obras como ‘Voces sin libertad’, ‘Trece entre mil‘ o ‘El infierno vasco‘.

El año que permaneció en San Sebastián la familia, ya rota, fue “terrible”. Mercedes decidió entonces coger a sus hijos y regresar a Santiago de Compostela. Allí, aún con el miedo y el temor a que continuara el estigma, les dijo a sus hijos que no contasen lo ocurrido. “Parecía que nos daba vergüenza lo que nos había pasado. Mamá nos dijo que en el colegio contáramos que papá había muerto en un accidente de tráfico”, señala Merche. Esa vergüenza no se borró con el paso del tiempo. “Hasta hace muy poco yo no he dicho públicamente que soy víctima del terrorismo, y aún hoy, me cuesta en determinados ambientes, porque pienso que no estamos bien vistas”, añade Merche. Tuvieron que pasar casi tres décadas desde el vil asesinato de su padre para que esta mujer comentara a su círculo de compañeros de trabajo, amigos y vecinos que a su padre lo mató ETA de un tiro en la nuca. “No quiero dar pena a nadie. Me tocó a mí, como le podía haber ocurrido a cualquiera. Pero aún sigo teniendo cierto sentimiento de reparo a que la gente conozca mi historia“.

Un crimen que ha salido muy barato a los autores

Silencio. Vergüenza. Temor. “Y, además, injusticia”. A dos de los tres asesinos de Amancio les detuvieron pocos meses después de cometerse el crimen. Larzábal y José Ángel Cincunegui Urdapilleta fueron condenados a veintiséis y seis años de prisión, respectivamente, como autor y cómplice de asesinato. Pero a los dos años ya estaban en la calle. Para que el tercer implicado, Antonio Celaya Otaño, respondiera ante la justicia tuvieron que pasar treinta años. Tras disfrutar de un ‘exilio’ en México, fue detenido en Francia a principios de 2002 por causas pendientes, y en 2007 la Audiencia Nacional le condenó a seis años de prisión como colaborador —él y Cincunegui fueron los que llevaron y recogieron a Larzábal y encubrieron el asesinato— de estos hechos. “Pero, como ya había cumplido parte de la condena (en el país galo), a los seis meses, también en la calle. Vamos, que se salieron de rositas los tres y, encima, se rieron en nuestra cara“, afirman resignadas madre e hija.

Para el juicio de Celaya Otaño, Mercedes y Merche ya formaban parte de la Asociación de Víctimas del Terrorismo y pudieron presentarse como acusación. “Pero fue muy duro, porque nada más llegar nos dijeron que no se le podía juzgar como autor del crimen, aunque él mismo se había autoinculpado en una carta, sino como cómplice. Además, en la sala de la Audiencia había un grupo numeroso de ‘abertzales’ que nos lanzaban continuas miradas entre amenazantes y burlonas. Tuve incluso que aguantar que el asesino de mi padre (Larzábal) se sentara justo detrás de mí“, cuenta Merche.

De otras instituciones, como la administración pública, tampoco guarda buen recuerdo esta familia, cuyo caso no aparecía recogido en los archivos del Ministerio del Interior, y tuvieron que hacer un largo periplo de ventanilla en ventanilla para que les reconocieran su situación. “Toqué a muchas puertas para ser indemnizada, y se me cerraron todas”, recuerda Mercedes, a quien, por desconocimiento de las autoridades, le negaron durante años la revisión de su pensión de viudedad, una vez aprobada, en 1999, la Ley de Solidaridad con las Víctimas del Terrorismo.

Esa mejora económica, junto a unas medallas entregadas en 2000, son las únicas ayudas recibidas. Merche se indigna al recordar cómo “nadie nos ayudó a traerle para enterrarlo en su tierra. Toda la noche de viaje, desde San Sebastián hasta Pontevedra, siendo unos niños y acompañando el féretro de nuestro padre… Yo ahora, cuando quiero llevarle flores a la tumba, me pago mi gasolina; y, mientras, a las familias de presos les han dado durante años dinero público para que visiten a sus asquerosos asesinos”. “No pido la pena de muerte para nadie. Como creyente, creo que Dios nos da la vida, y Él nos la quita. Pero sí soy defensora de la cadena perpetua: que se pudran en la cárcel como nuestros seres queridos se están pudriendo bajo tierra“, afirma con contundencia Mercedes, una mujer afectada por una depresión permanente, como sus dos hijos, desde aquel septiembre de 1978. Hoy se le siguen yendo los ojos hacia Palencia cuando dan el parte del tiempo. Es la nostalgia del sueño que ETA no les permitió cumplir.

Por Edu Sánchez en Soitu.es

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