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“A mi marido le metieron siete balas delante de nuestro hijo pequeño”

In historias humanas on septiembre 10, 2009 at 12:37 am

Nadie, salvo quien tiene la desgracia de sufrirlo en sus carnes, sabe hasta dónde llega el dolor por la muerte de un ser querido. Nadie como quien lo padece sabe lo que es el silencio y el olvido al que el terrorismo ha sometido durante años a sus víctimas. Nadie, salvo quien lo vive, sabe lo que es intentar olvidar un momento que marcará el comienzo del resto de una vida. Nadie como quien lo sufre sabe lo que es realmente el terrorismo.*

La muerte de un ser querido suele marcar el inicio del resto de nuestras vidas. Cuando uno es pequeño y el terrorismo te arrebata de la noche a la mañana a un padre o una madre, hay pocas explicaciones convincentes, “pero es necesario que el entorno no oculte a los niños esa realidad. Hay que contar la verdad, pero no siempre toda la verdad“, explica Ángel Altuna, psicólogo y coautor, junto a Enrique Echeburúa y Javier Urquizu, de ‘Orientación psicoeducativa para víctimas del terrorismo de 2ª y 3ª generación‘ (pdf: 1,3Mb), editado por COVITE. “Los niños entre los cinco y los diez años tienen una gran capacidad de adaptación a esas realidades difíciles, y hay que aprovechar esa situación desde la tranquilidad emocional de los adultos”, añade Altuna, víctima del terrorismo, que perdió a su padre cuando tenía 17 años.

Ricardo Couso Saaveedra tenía nueve años cuando vio cómo a su padre le metían siete tiros en el cuerpo. El guardia civil Ricardo Couso Río había ido a buscar a sus hijos al colegio después de la hora de comer. Era 13 de junio de 1991, último día de clase antes del verano. “Los cobardes no tuvieron reparos en vaciar todo un cargador sobre un hombre cuyo hijo estaba a menos distancia de la que estamos tú y yo“, recuerda la madre del niño, Fina Saavedra, mientras compartimos sofá en su domicilio de Santiago de Compostela.

Las puertas del colegio Franciscanas de Montpellier, en la localidad vizcaína de Trápaga, estaban a esa hora llenas de padres y madres. “Pero nadie tuvo el valor, ni la decencia, de coger a ese niño de nueve años y acercarse a darle un mimo después de haber visto el asesinato de su padre. Le dejaron sentado, con la mente en blanco, en un banquito de piedra, hasta que llegaron los compañeros de mi marido”. No era el primer gesto de indiferencia y frialdad que recibía esta familia de inmigrantes gallegos.

Fina y Ricardo habían nacido en Santiago de Compostela, pero él se había marchado con diecisiete años a buscarse la vida a Francia. Cinco años después, ya estaba tramitando los papeles para la nacionalidad y había encontrado trabajo al otro lado de la frontera. Pero el destino quiso que coincidieran ese verano de 1976 en la misma cuadrilla de Santiago y se enamoraran. Decidió regresar, pero antes de casarse tuvo que hacer el servicio militar en Melilla. “Tenía vocación y quería ser guardia civil, como lo habían sido su abuelo y sus tíos”. Así que, tras los nueve meses de academia, y a pesar de tener suficiente nota para elegir destino, en aquella ocasión las autoridades mandaron a toda la promoción para el País Vasco.

Por aquel entonces, la familia ya había crecido con la llegada de Carolina. Fina aún recuerda ese Viernes Santo de 1979 cuando entró, en un coche prestado, en San Salvador del Valle —hoy Trápaga— junto a su niña de dos años y su marido. Este pequeño pueblo dormitorio, de unos 13.000 habitantes, la mayoría de ellos inmigrantes que trabajaban en los Altos Hornos de la Margen Izquierda, se le vino encima al matrimonio. “Es cierto que Santiago hace treinta años tampoco era una gran ciudad, pero es que allí no había ni cine, ni gimnasio, ni una cafetería donde pudieran entrar las mujeres… Mi marido, el pobre, trataba de animarme: ‘nena, no te preocupes, que Barakaldo y Bilbao están cerca’. Pero, Dios mío, imagínate lo que era eso para una chica de 21 años”.

“Nos negaban hasta el culto en la iglesia”

El recibimiento tampoco hizo las cosas más fáciles. “Al día siguiente de llegar fui a comprar al mercado del pueblo, donde no había ni una docena de puestos. El carnicero me preguntó de mala gana si era mujer de guardia. Te puedes imaginar… me volví a casa sin compra y llorando. Ya nos habían marcado. Nos negaron hasta el culto en la iglesia, donde nos cantaban ‘entre nosotros están y no los conocéis…’ —una referencia al canto ‘Con vosotros está‘ que suele acompañar algunas misas—”. Fina tuvo incluso que sacar a la niña del colegio público y meterla en uno concertado. “Mi marido se fue al otro mundo creyendo que era un capricho mío, pero en realidad es que algunos compañeros la pegaban en el recreo y la decían que su padre era un asesino. Cuando fui a hablar con el director, su respuesta fue que ‘era cosa de niños’. Pero cosas de niños no es llamar asesino al padre de una compañera cuando se tiene cinco o seis años…”

Fina no quería darle más disgustos a Ricardo. “Él ya tenía con lo suyo. Trabajaban ocho por ocho —ocho horas de guardia y ocho de descanso— en una época donde los pueblos estaban tan sublevados que recibían a los uniformados lanzándoles botellas de butano desde los balcones, cacerolas de aceite hirviendo, les asesinaban y los vecinos escondían a los criminales en sus casas…” Son los ‘años de plomo’, los setenta y ochenta, con casi un centenar de asesinatos al año y donde la callada se daba por respuesta ante cada crimen. “Nadie se nos acercaba para darnos el pésame por la muerte de un compañero. Era de una cobardía tremenda, la máxima expresión del poema de Bertolt Brecht1cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista…‘. Para ellos éramos opresores, aunque en realidad éramos los miserables de los miserables”.

Una palmadita en la espalda, dos relojes de plástico y un monedero

En ese contexto nació Ricardo. “Tenía la ilusión de dar a luz en Santiago, para que fuera gallego como su hermana, pero el embarazo se complicó y nació prematuro”. A pesar de los primeros años de dificultad, el pequeño de la casa fue convirtiéndose en todo “un bollito, siempre alegre, cantando y bailando todo el día”. Hasta ese momento que marcó el comienzo del resto de su vida.

Carolina, que tenía catorce años, había salido antes del colegio y se dirigió a casa. El niño se entretuvo un poco más en la salida y, justo cuando subía al Volkswagen Passat granate de su padre, los etarras Juan Carlos Iglesias Chouzas, alias ‘Gadafi’, y Juan María Ormazábal, alias ‘Turko’, dispararon siete tiros a través del parabrisas causando la muerte instantánea del hombre.

El revuelo y la confusión llegó pronto a las puertas de la casa cuartel, donde Carolina acababa de llegar. Subió las escaleras corriendo y, nerviosa, comentó a su madre que había oído algo en el mercado. “Yo me asomé al balcón y pregunté a un compañero de mi marido, me miró y se metió para dentro sin decirme nada. El corazón me lo dijo todo: bajé corriendo los dos pisos, pero ya me estaban esperando en el portal para no dejarme salir. Ya no recuerdo más…” Sólo que la mandaron con el féretro de su marido a Santiago de Compostela y que, al ser viuda, la dejaron sin casa, sin colegio de los niños y sin ingresos —tardó nueve meses en cobrar la pensión y hasta 1999 no hubo indemnizaciones para las víctimas del terrorismo—.

De lo que presenció aquel día su hijo no se enteró hasta hace cinco años, cuando Ricardo se lo acabó contando. El niño alegre y cantarín pasó a ser un crío triste, que tenía muchas pesadillas y que volvió a orinarse en la cama. No recibió ninguna atención psicológica, “pues en el hospital de Santiago lo vieron un día y dijeron que no tenía nada raro para su edad”. Ese abandono institucional ha sido la tónica durante muchos años. “No se han preocupado para nada de hacer un estudio del impacto psicoeducativo”, apunta Altuna, quien recuerda que han tenido que ser las propias víctimas “quienes nos hemos volcado en este asunto, pues en el País Vasco acercarse a este tipo de estudios puede acarrear una amenaza”. Tanto COVITE (colectivo de víctimas del País Vasco) como la AVT han contribuido desde su creación al asesoramiento psicológico y terapéutico de las víctimas. “Ha sido nuestra razón de ser desde el principio”, señalan desde la asociación nacional.

Siguiendo la pista a ‘Gadafi’

Tampoco hubo mucha colaboración desde la administración. “A los quince días de estar en Santiago me llamaron de Madrid para que fuera a ver al director de la Guardia Civil, Luis Roldán —recuerda Fina—. Yo estaba entonces llena de tranquilizantes y sólo tenía ganas de desaparecer del mapa, pero me convencieron. Al llegar al despacho me recibió, me dio una palmadita en la espalda y sacó de un cajón dos relojes de plástico y un monedero con el emblema de la Guardia Civil. Eso fue todo, me mandó para mi casa después de hacerse la foto”.

Para esta mujer, la actitud de las autoridades ha dejado mucho que desear. “Éramos guardias civiles, simples números, uniformes a los que enviar sin medios a una zona donde caían como chinches. Pero para mí no se llevaron un guardia, sino al padre de mis hijos y a mi compañero desde la juventud“. Sola, Fina ha tenido que sacar adelante a dos niños de los que se siente “enormemente orgullosa”. Carolina, su hija, ha dedicado los últimos años a rescatar del olvido la memoria de los que han luchado contra el terrorismo desde el Cuerpo de la Benemérita. Ricardo viste ahora con orgullo el uniforme que llevó su padre. “Los terroristas, en vez de acobardarlos, los han engrandecido y reafirmado en su compromiso con la democracia“, apunta Fina. “Las víctimas han demostrado a lo largo del tiempo tener un alto nivel moral y han cortado esa máxima de que la violencia genera violencia“, añade el psicólogo Altuna.

Fina tampoco se acobardó, y se dedicó en cuerpo y alma a seguir la pista del hombre que disparó contra su marido, ‘Gadafi’, pues el ‘Turko’ murió en un tiroteo con la Ertzaintza durante la Semana Grande de Bilbao el 29 de agosto de 1991, “justo el día que yo hacía quince años de matrimonio”. A Iglesias Chouzas lo localizó en México, y cuando fue detenido en Francia y el propio terrorista pidió la extradición a España —durante el ‘alto el fuego permanente’—, pedí su procesamiento y le cayeron 37 años de prisión”. Ahora Fina tiene dos retos: seguir luchando por la memoria de las víctimas desde la delegación gallega de la AVT que dirige, y asegurarse de que el hombre que marcó el inicio del resto de la vida de sus hijos “cumpla íntegramente su pena entre rejas”.

Por Edu Sánchez en Soitu.es

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