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Las 250 niñas del ciberdepredador

In historias humanas on junio 21, 2009 at 1:07 am

Dieciocho horas diarias frente al ordenador en busca de presas quinceañeras. Como un depredador, Jorge rastreaba Internet de forma obsesiva, incluso a las cinco de la madrugada, siguiendo las huellas de niñas de entre 12 y 17 años. Y cuando descubría a una de ellas, se lanzaba al ataque como una pantera. Aunque inicialmente encubría su zarpazo ocultándose él mismo bajo la apariencia de una adolescente con nombres tan melífluos como “terroncito-de-azúcar” o “nena-golosita”. Así logró engañar durante los últimos seis meses al menos a 250 jovencitas que sufrieron su acoso implacable e inmisericorde. “Si no cedes a mis deseos”, les venía a decir el ciberdepredador, “te dejaré aislada, te desconectaré de todos tus amigos, difundiré todos tus secretos y enviaré esas cosas a toda tu lista de correo electrónico”. Esas cosas eran las fotos íntimas -desnudos o semidesnudos- arrebatadas a las víctimas mediante engaños o mediante la más cruel y abyecta coacción. Hace unos días, la Brigada de Investigación Tecnológica (BIT) de la policía detuvo a Jorge M. C., un estudiante de informática de 23 años, acusado de tener sometidas a cientos de adolescentes a un asedio que a más de una estuvo a punto de llevarle al suicidio.

 

 

Jorge M.C., ciberpederasta.

“Quiero que te desnudes para mí. Si no lo haces, ya sabes lo que ocurrirá: mandaré a tus amigos las fotos de tus ‘cositas”

El presunto acosador ya había sido arrestado con anterioridad, en octubre de 2008, como supuesto autor de coacciones a una joven madrileña que sufrió una auténtica embestida informática. En esa ocasión, los agentes hallaron en su casa de Chipiona (Cádiz) un ordenador de sobremesa y dos portátiles. “Los discos duros estaban a reventar. Contenían miles de fotografías de chicas”, recuerda un inspector.

El juez del caso dejó en libertad provisional al detenido, que sin pérdida de tiempo reemprendió su manía. Apenas dos semanas después ya fue detectado intentando acorralar a más quinceañeras. No todas eran nuevas: entre ellas estaban tres de Sevilla y una de Toledo a las que ya tenía cercadas de antes.

La policía continuó sus investigaciones a partir del material decomisado en poder de Jorge. Él guardaba todo. Y abría una carpeta informática de cada una de sus víctimas para saber exactamente quién era. En esa carpeta figuraba su identidad, su domicilio, su número de teléfono, las claves de sus cuentas de correo eléctronico y el listado de todos sus amigos o personas con las que había contactado, fotos, vídeos, etcétera. Eso permitió a la policía seguir el rastro de todas sus expediciones en busca de nuevas presas.

Pero ¿cómo había logrado reunir tal cúmulo de información? Jorge era un incansable buscador de adolescentes en la Red. Dedicaba horas y horas a explorar páginas como sexyono.com y votamicuerpo.com, en las que cientos de jóvenes cuelgan sus fotos insinuantes para que los cibernautas voten a la más sexy; y otras redes sociales como netlog.com, fotolog.com y otras en las que hay un tráfico continuo de mensajes. Son foros de contacto que actúan como “una especie de enorme patio de colegio virtual”, explica el inspector-jefe Enrique Rodríguez. “Estos sitios son los caladeros preferidos de los tiburones y los pedófilos que pululan por Internet”.

Localizada una chica que encajara con sus deseos libidinosos, el ciberdepredador le enviaba un mensaje -haciéndose pasar por una adolescente- en el que le solicitaba su dirección de correo electrónico para poder mantener una charla más privada a través del programa de mensajería Messenger. Este sistema, al que están enganchados millones de adolescentes, les permite ver si sus amigos están conectados, enviarles mensajes instantáneos, intercambiar imágenes y archivos, mantener una comunicación simultánea con varias personas y sostener charlas con vídeo usando una cámara web.

-Hola, soy Espe. ¿Qué tal estás?

-Hola, guapa. ¿Qué tal las vacaciones?

Espe no era Espe, sino Jorge. Pero así, haciéndose pasar por una chica y colocando la imagen de una chica como si fuera la suya propia, infundía más confianza a sus víctimas. Y éstas, ingenuas, iban mordiendo poco a poco el anzuelo.

El hostigador, un tipo experto en informática, solía introducir en el ordenador de sus presas un troyano que chupaba los datos del disco duro, lo que le permitía acceder a todos los correos, textos y fotos que guardase la adolescente. Con esa información en su poder, sabía cómo dominarla y tenerla sometida a un férreo control.

-Me gustaría que me enviases una foto en la que me enseñaras el pechito…

-¿Qué dices? No me atrevo…

-Sé que tienes alguna foto así. ¿Por qué no me la pasas?

-¿Cómo sabes tú eso? Es que me da corte…

-Venga, tía… Haz una cosa: cuelga la foto en tu avatar [un recuadrito que se asocia a la identificación de un usuario en la web]. Anda… Sólo un minuto y la quitas…

Cuando la víctima accedía a colgar esa foto comprometida, Jorge la capturaba inmediatamente. Y a partir de ahí empezaba su agobiante chantaje:

-Tienes que pasarme alguna foto tuya con ropa interior.

-¿Eres lesbi?, preguntaba entonces la víctima, desconcertada.

-Es que me da mucho morbo…

-No, no me atrevo.

-Pues si no lo haces, mandaré a toda tu lista de correo esa foto en que enseñas tus cositas. Y, además, te quito el Messenger…

Para demostrar su poder, el depredador les hacía una prueba: les pedía que no tocaran nada de su ordenador y así podrían ver cómo el ratón se movía a su antojo, arriba y abajo, manejado a distancia por él mismo gracias a un troyano introducido en el disco duro de la computadora de la víctima.

La niña, ante las terribles amenazas, accedía a los caprichos del anónimo chantajista, que conseguía así que se desnudara e incluso que se masturbase a través de la webcam. Una jovencita que se negó a satisfacer sus antojos llegó al día siguiente al colegio y comprobó horrorizada que su foto -semidesnuda- había llegado misteriosamente a todos sus amigos. Otra, que sufrió un ataque largo y despiadado durante meses, fue castigada con la difusión de un vídeo suyo a través de rapidshare.com el que aparece masturbándose.

Una chica fue captada por el depredador al ver una foto suya vestida de colegiala con faldita de cuadros. Fue torturada hasta la extenuación para que, poco a poco, le facilitara imágenes cada vez más picantes.

-Quiero que te desnudes para mí. Si no, ya sabes lo que ocurrirá…

La muchacha, al final, claudicó: aceptó quitarse la ropa, con el rostro atenazado por el terror y llorando sin consuelo a lo largo de una escena de tres minutos.

-Eres una nena patética. Ke se kita del cole porque le insultan. Iorando todo el día. Cómprate unas tetas -le escupió el acosador, utilizando el típico lenguaje de Messenger quinceañero.

Era sádico y cruel con las adolescentes que se negaban a sus caprichos. Para ejemplo, una conversación mantenida con una niña a las 5.30 de la madrugada, en la que ella rechaza acceder al chantaje:

-Voy a colgar tus cositas en el eMule. Jódete, perra. Jódete, zorra. Voy a contar hasta diez y ya estás fuera del Messenger.

Y el diálogo posterior con la víctima es angustioso y aterrador por su frialdad:

-Diez.

-…

-Nueve.

-…

-Ocho.

-…

Acabada la cuenta atrás, Jorge invadió el ordenador de la chiquilla con un archivo que contenía una bandada de miles de figuras de murciélagos, lo que provocó el colapso total de su sistema operativo.

El reciente encarcelamiento de Jorge M. C. ha supuesto la liberación de sus 250 jóvenes prisioneras. La Brigada Tecnológica ya ha identificado y tomado declaración a 170. Las 80 restantes quizá aún ignoren quién era el tipo que las acosaba y torturaba. Pero seguro que en su ordenador no han vuelto a sentir el nauseabundo aliento de Jonyxulo ni de Miguel20cm (dos de las 12 personalidades cibernéticas que solía utilizar).

“Mamá, no aguanto más. La única salida que veo es suicidarme”

“Mamá. Tengo que contarte una cosa muy grave, pero no sé cómo hacerlo. Te lo explico todo en esta carta. Por favor, léela”. Patricia (nombre supuesto), una madrileña de mediana edad y de clase media, llevaba varios meses observando cómo a su hija Ana (nombre supuesto) se le había agriado el carácter, estaba nerviosa e irritable, había perdido el interés por el estudio… No sabía a qué obedecía aquel cambio de conducta de una chica modélica de 16 años, buena estudiante, de talante resolutivo. Pero aquella carta se lo iba a aclarar: estaba siendo coaccionada y chantajeada por un ciberdepredador sexual que había logrado atraparle en sus redes. Había caído en las garras de un carroñero.

“Leí la carta… y la primera vez no entendí nada. La volví a leer y comprendí el calvario que estaba pasando mi hija. Comprendí que era víctima de un acosador. Me decía que estaba tan desesperada que la única salida que veía era suicidarse. Cuando leí aquello, me desmoroné”, recuerda Patricia.

Aquella noche del mes de mayo de 2008, los padres de Ana estaban ya en pijama, a punto de irse a la cama, cuando se dieron cuenta de la tortura que la adolescente venía padeciendo desde octubre de 2007. Desde aquel día en que contactó a través de un chat de ya.com con una supuesta jovencita que, oculta tras el anonimato de Internet, era en realidad un depredador a la caza de nuevas presas. “Nos vestimos inmediatamente y fuimos a denunciar el caso a una comisaría de Madrid. Desde allí fuimos al Grupo de Menores de la Policía Nacional (Grume). Pero la investigación empezó en realidad cuando logré contactar después de muchas llamadas con Enrique Rodríguez, inspector-jefe de la Brigada de Investigación Tecnológica (BIT). Gracias a él y a su equipo, lograron identificar y detener al energúmeno, al depravado que ha destrozado la vida a mi hija y a toda la familia”, cuenta Patricia.

El calvario que sufrió Ana se había iniciado ocho meses antes, cuando contactó con ella un individuo que se ocultaba bajo el nombre de shunenagolfa@hotmail.com, diciéndole que era una chica de su misma edad. Él le pidió proseguir la relación a través del sistema Messenger. Ana le facilitó su correo electrónico y ésa fue su perdición. Gracias a eso, el ciberdepredador logró adueñarse de sus cuentas de correo y apoderarse del contenido del ordenador de la adolescente.

El pedófilo consiguió una foto sugerente de la chica y a partir de ese momento comenzó el chantaje puro y duro. Se quitó la máscara: “Me tienes que enviar fotos tuyas en ropa interior”. Ella accedió pensando que eso pondría fin al acoso. Pero no. Porque a continuación él exigió más: “Ahora me tienes que dar otras fotos en las que estés desnuda”. Y luego más: “Tienes que grabarte un vídeo desnuda de al menos cinco minutos de duración”. Un chantaje por cuotas.

Ana se sintió acorralada. Sin saber qué hacer, cambió su cuenta del Messenger creyendo que así se libraría del maldito individuo que le estaba ahogando. Sin embargo, el tipo descubrió inmediatamente la treta y le advirtió: “Sé tu nueva cuenta. No creas que te vas a escapar. Como verás, soy un hacker magnífico. Si no me obedeces, pasaré todas tus fotos a todos tus amigos”.

Ana cambió su nombre. Y cada vez que lo hacía, allí reaparecía la pesadilla, el monstruo que parecía estar dentro de su ordenador. Ella intentó escapar diciéndole que sus padres la tenían vigilada y que no le permitían usar el ordenador. Pero él no se daba por vencido. Cada vez anudaba más fuerte la cuerda en el cuello de su víctima: “Deberás hacerlo cuando ellos estén durmiendo. Así que todos los viernes, a las cinco de la madrugada, tendrás que contactar conmigo. Si no, ya sabes que distribuiré tus fotos a toda tu lista de correos”.

Frente a semejante suplicio, la muchacha pidió auxilio a una amiga y juntas fueron a una comisaría. Contaron el caso y un policía recomendó a Ana que hablara con sus padres. Pero, agobiada por el sentimiento de culpabilidad, fue incapaz de seguir el consejo. Después contactó por Internet con la Guardia Civil y ésta le repitió el mismo consejo. Al final, tras meses de agonía, la joven escribió la carta a su madre en mayo de 2008, que reaccionó presentando la denuncia. Tras cinco meses de investigaciones, la policía atrapó al ciberdepredador Jorge M. C. y descubrió que tenía “miles de fotos” y vídeos de jovencitas extorsionadas; pero un juez le soltó.

“Mi hija y toda la familia estamos en tratamiento psiquiátrico. Ella ha dejado de estudiar. No ha vuelto a ser la misma. Se ha hecho muy desconfiada. Apenas sale de casa… Y no ha vuelto a tocar un ordenador”, concluye Patricia. Ahora, el chantajista ha sido detenido por segunda vez y el juez le ha encarcelado.

Por Jesús Duva y Gorka Lejarcegi en El País

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