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La pista perdida del hombre de Hitler en España

In historias humanas on junio 14, 2009 at 2:32 am

Encontramos cerca de Oviedo los álbumes del jefe del Partido Nazi en España entre 1939 y 1945, con fotos inéditas de la gran presencia alemana y del encuentro de Hendaya, donde se ve a Franco más bajito que a Hitler.

Hans Thomsen, el líder del partido Nazi en España, en el centro.

Era un hombre muy serio. Su estatura sobrecogía, parecía una estatua de dos metros. Era el clásico alemán que impresionaba a todo el mundo». El hombre así descrito se llamaba Hans Thomsen y fue el jefe del Partido Nacionalsocialista (NSDAP) en España desde 1939 hasta la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial. Un hombre serio y sobrecogedor que sólo sonreía cuando estaba con su mujer y sus hijos y que, al abandonar Madrid reclamado por los aliados, desapareció de la Historia dejando tras de sí dos álbumes de fotos de las actividades nazis en España. 450 imágenes inéditas ocultas durante más de 60 años. Hasta ahora. (Ver vídeo con las fotos)

La pista perdida que Thomsen dejó en Madrid estaba oculta en el desván de una casa de pueblo en el concejo asturiano de Ponga, cerca de Cangas de Onís. Hace unos meses Rosa López, de 57 años, subió un día al desván para limpiar. Al abrir una de las polvorientas cajas de cartón apareció un gran libro marrón, encuadernado en cuero, con el escudo del Tercer Reich. La mujer no daba crédito a lo que veía. En la primera página, la rúbrica de Himmler, el comandante en jefe de las SS, el ejecutor del Holocausto. La fecha: 21 de octubre de 1940. La ciudad: Madrid.

Bajo el gran libro de firmas, duras y angulosas firmas alemanas, se escondían los dos álbumes de fotos de tapas repujadas a mano y gruesas hojas de fibra vegetal tintada. Cientos de fotos: la calle de Alcalá flanqueada de inmensas esvásticas, Las Ventas a reventar de gente brazo en alto, cruces gamadas en el Monasterio del Escorial. Altos cargos franquistas y la cúpula del Estado Nazi en San Sebastián, Valencia, Barcelona, Toledo. Niños saludando marciales ante gigantescos retratos del Führer. Páginas y páginas de fotos nunca vistas del encuentro entre Franco y Hitler en Hendaya. Tétricos ataúdes cubiertos por banderas nazis. Y siempre aquel hombre. Un hombre muy alto y sobrecogedor.

-¿Qué es todo esto, Manuel?

Manuel Sánchez Bretón, el marido de Rosa, tiene 90 años y aún recuerda a Hans Thomsen, aquel impresionante alemán que, dice, «parecía una estatua de dos metros». Un «gigante» a quien conoció cuando estudiaba Ingeniería de Caminos en Madrid y de cuya historia acabaría siendo custodio. Cuando Thomsen abandonó Madrid, entregó sus fotos a su vecino Andrés Rodríguez-Villa, procurador falangista en Cortes. Y éste decidió quitárselas de encima -no fuera a ser- confiándoselas a su amigo Manuel, un estudiante asturiano de 24 años que vivía en una pensión de la calle Arenal. Se quedaron en Madrid con él hasta que volvió a Asturias en 1970. Las guardó en el desván del pueblo. Y no las volvió a mirar.

«Estuve en casa de Thomsen dos o tres veces con Rodríguez-Villa. Allí conocí a su mujer, Lizzie, y a sus hijos, cuatro o cinco chavales de entre 5 y 12 años. Cuando Villa me dio los libros para que los guardara, él no le dio mayor importancia y a mí tampoco me sorprendió. Nunca me pidieron que hiciera nada por ellos, ni que entrara en el partido. En aquella casa nunca se hablaba de política».

Thomsen no hablaba de política en casa (un chalé de la colonia de El Viso) porque bastante tenía fuera, encargado de resucitar las escuálidas fuerzas del partido en Madrid. Durante la Guerra Civil vivían en España entre 15.000 y 30.000 alemanes (según las fuentes) pero muy pocos, sólo unos 700, engrosaban las filas nacionalsocialistas. Sin embargo, una vez acabada la contienda en 1939, los alemanes residentes en España se lanzaron en masa a por carnés del partido. Tenían miedo.

LA GESTAPO ESPAÑOLA

En 1938, Martínez Anido, ministro de Orden Público, y Himmler, jefe de la Gestapo, firmaron un convenio por el que cualquier alemán sospechoso de no secundar la causa nazi podía ser detenido y devuelto a Alemania sin pruebas ni juicio. Paul Winzer, jefe de la Gestapo en Madrid, hostigaba a la colonia alemana y Thomsen veía alargarse su lista de afiliados con los atemorizados compatriotas que no querían pasar por desafectos al Führer.

El álbum de Thomsen comienza el 28 de marzo de 1939, día en que los nacionales entraron en Madrid. Casi cinco semanas después, el 1 de mayo, los nazis españoles, con su jefe a la cabeza, participan en una marcha por la capital. En septiembre, grandes cruces gamadas ondean orgullosas en la embajada de la calle Fortuny. Después colgarían más en la Casa de Alemania, sede del partido en Madrid, inaugurada en febrero de 1940. Decenas de personas celebraron, el 20 de abril, el cumpleaños del Führer con el saludo del fascio. Adinerados empresarios alemanes aceptaron colaborar con el Reich para no perder su privilegiada posición en Madrid, dejando que los espías alemanes se colaran en sus plantillas disfrazados de ejecutivos. Allí, en el Ritz y en la embajada se celebraban elegantes banquetes en una ciudad famélica que vivía del racionamiento.

En su despacho de la Casa Alemana, Thomsen organizaba sus incesantes contactos con los más destacados falangistas: Muñoz Grandes, secretario general del Movimiento, Gerardo Salvador Merino, dirigente nacional del Sindicato, y sobre todo Serrano Súñer, ministro entonces de Exteriores y germanófilo recalcitrante, creador de la División Azul.

Si el hombre que vistió a 50.000 españoles con el uniforme de la Wehrmatch admiraba a los nazis y trataba de agradar a su jefe en España, el sentimiento no era recíproco. Y los informes que Thomsen enviaba a Berlín eran demoledores. «El jefe del partido nacionalsocialista en España, Thomsen, nos informa sobre la situación allí», anota Goebbels en su diario en 1941. «Franco y Súñer están totalmente entregados al clericalismo, carecen de apoyo popular, ni siquiera han comenzado a ocuparse de cuestiones sociales. Hay un caos tremendo. La Falange no tiene ninguna influencia. Mucha grandeza pero nada detrás. Se admira a Alemania como país de las maravillas. Muchos desean que vayamos allí a poner orden. Esta es la imagen de un país después de una revolución que ha causado casi dos millones de muertos. Y encima es aliado nuestro. ¡Espantoso! Menos mal que no hemos apostado por esa carta».

A Thomsen, parte del engranaje del férreo Partido Nazi, debían asombrarle las chapuceras intrigas de militares y falangistas en los primeros años del régimen. Pero ellos se las tomaban en serio. Los falangistas, que perdían posiciones ante unos militares reacios a entrar en guerra, acudieron a él. Querían ayuda alemana para matar a Franco: «Un pequeño núcleo de camisas viejas se mostraba tan descontento con Franco que, a fines de 1939, organizaron un complot para asesinarle. Acabaron volviéndose hacia Hans Thomsen, el Landesgruppleiter del Partido Nacionalsocialista en España, para pedir ayuda. De todos modos, el gobierno alemán, parece ser, se negó a concederla a menos que los falangistas aceptasen colocarse directamente bajo las órdenes de Hitler», escribe el historiador norteamericano Stanley G. Payne.

En marzo de 1941, los conspiradores falangistas cancelaron el magnicidio. «Después declararon que Thomsen iba a ofrecerles su apoyo, o podría haberlo hecho, siguiendo premisas que hubieran reducido a España a la condición de país satélite, lo cual les habría colocado a las órdenes directas del Führer».

No fue la única conspiración en la que Thomsen tuvo que intervenir. «A finales de mayo de 1941, apareció de repente en Berlín diciendo que un grupo de generales planeaba un golpe para eliminar a Serrano y constituir un nuevo gobierno castrense y falangista dirigido por Franco, pero temían que Hitler pudiera intervenir violentamente. Según Thomsen, buscaban orientación sobre cómo coordinar su iniciativa con la política alemana. Ribbentrop [ministro de Exteriores alemán] calibró correctamente la superficialidad de esa conspiración y se ocupó de que ninguna intriga política desestabilizase la situación […]», relata Payne.

Entre complot y complot, Thom sen tenía sus ratos de (dudoso) esparcimiento en los eventos multitudinarios que organizaba con los falangistas para mayor gloria del Führer. Como un concierto en la plaza de Las Ventas, en octubre de 1940, con 300 músicos militares tocando ante un tendido rendido, brazo en alto, al son del himno germano.

También le tocó ir de entierros: el de Primo de Rivera en El Escorial, donde saludó al mariscal Petain (embajador galo en Madrid) un mes antes de que los alemanes entraran en Francia. El del embajador Von Moltke, cuya impresionante comitiva fúnebre paseó el cadáver junto a la Cibeles. Y a las exequias sin boato de los soldados muertos que, al pasar, dejaban submarinos alemanes en las costas de Galicia y Cataluña.

«QUE AMEN A ALEMANIA»

«Todo alemán en el exterior tiene que vivir de modo que el extranjero, según sus normas, deba estimar y, quizá, incluso amar a Alemania». Himmler lo escribió en la primera página del libro de firmas de Thomsen el 21 de octubre de 1940. Mientras él exterminaba a millones de personas y media Europa odiaba a Alemania, Thomsen hacía lo que podía por cumplir la cínica orden del superior.

En febrero de 1941, Thomsen visitó Santander tras el gran incendio, repartiendo víveres donados por el partido. Y en diciembre del 42 le entregó al secretario general de Falange, José Luis Arrese, 20.000 pesetas para el aguinaldo de los soldados de la División Azul. Hacía sus deberes. Con Hans Lazar, jefe de prensa de la Embajada, impregnaba los periódicos de propaganda fascista. Y Himmler podía estar contento. Algunos españoles amaban a Alemania.

En las últimas fotos se ve a Thomsen subiendo a un tren. No se iba definitivamente. Siguió en Madrid hasta que fue repatriado en 1946. Después se perdió su pista. Manuel Sánchez averiguó que fue «retenido» unos meses por los aliados pero nunca fue juzgado. No supo más de su altísimo y fugaz conocido alemán. Tampoco de Rodríguez-Villa, el hombre que le confió las fotos, hasta que leyó en su obituario, hace 11 años, que fue jefe de Asuntos Sociales con Franco y, después, representó en España los intereses del grupo Krupp, cuyo patrón fue procesado en Nüremberg por esclavizar judíos.

Aquel hombre puso la Historia en manos de un estudiante. Pero a un chaval en el Madrid de los 40 le impresionaba más un tipo de dos metros que una esvástica en un libro. No le impactaron aquellas fotos. Las guardó en una caja. Y se olvidó.

LA ESPAÑA «OCUPADA»
DAVID SOLAR

El Führer ha decidido intervenir un poco en España. Quién sabe para qué servirá. No hemos exigido ningún pago. Más adelante se saldará», escribía en su diario Goebbels en 1936. Y se saldó. La deuda económica fue compensada. La deuda moral, también. Franco tuvo ministros tan proclives al Eje como Serrano Súñer; envió la División Azul a combatir a la URSS, proporcionó a Alemania obreros y gran parte de la producción nacional de materias primas… El espionaje de Canaris campó aquí a sus anchas, nuestros puertos acogieron a submarinos en apuros y fueron centenares los pilotos de la Luftwaffe que, averiados, optaron por tomar tierra en la Península.

España no fue, oficialmente, beligerante, pero de las más que cordiales relaciones son muestra los álbumes de Hans Thomsen, donde se registran visitas como las de Himmler, la presencia de diplomáticos y militares alemanes y la relevancia de acontecimientos como el funeral del embajador Von Moltke, cuyo féretro, acompañado por la crema del régimen, atravesó Madrid en un armón de Artillería.

David Solar es fundador de la revista «La Aventura de la Historia».

EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS
JESÚS PALACIOS

El landesgruppenleiter del AO (jefe del Partido Nazi en el exterior) Hans Thomsen fue un testigo de excepción de los acontecimientos políticos más relevantes habidos en España entre 1939 y 1944, especialmente de los instantes de la máxima tentación y seducción de Franco hacia Hitler durante 1941/42.

La serie de fotos dedicadas al encuentro de Hendaya (23.10.40), tienen el gran valor de ser fotografías que no están retocadas ni trucadas ni pasaron por el tamiz de la propaganda política. En ellas observamos un Franco muy sonriente, afable y amable, orgulloso, henchido, confiado, seguro y locuaz.

También un Caudillo de más baja estatura que el Führer (1,71m), saludados ambos brazo en alto por el mocetón Von Stohrer, embajador en Madrid, ante un complacido Serrano Súñer y un hiératico Ribbentrop. Entre los detalles de las instantáneas vemos que es Franco quien va pisando la alfombra roja al pasar revista a las tropas que les rinden honores, mientras que Hitler a su derecha lo hace por fuera. El alemán, en otro gesto inusual para el carácter de los personajes y de la época, rodea con su brazo a Franco al concluir ese momento.

Franco acudió a Hendaya como amigo y aliado de Hitler, de quien esperaba y deseaba que fuera el gran justiciero histórico de España frente a Francia e Inglaterra, y a que le ratificara la concesión de un nuevo imperio en el norte de África -además de la recuperación de Gibraltar- por su incorporación a la guerra. Pero no para obtener compensaciones al final de la guerra, que es lo que le ofrecía Hitler.

La amistad de España hacia Alemania fue sincera y fluida en aquel periodo, como se aprecia en la visita de Himmler unas semanas antes. Y como recoge Goebbels en su diario de un informe de Thomsen: «Alemania es considerada el país de las maravillas».

Jesús Palacios es autor de «Franco, mi padre» (2009, La Esfera de los Libros).

Por Josefa Paredes en El Mundo

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