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La abuela está ‘pa chopped’

In historias humanas on marzo 3, 2009 at 11:35 pm

En Fuenlabrada, Daniel sabe que la abuela de su vecina está “pa chopped” y el chico del tercero —que los vecinos son de Jaén— en vez de ir al Instituto La Serna, se sube en el tren de cercanías con la guitarra en ristre, el pelo engominado, cresta y chaleco, acompañado de un amigo barbilampiño. Y cantan flamenco-rap: “Xiquito, xiquito, ayúame estoy muerto…”.

Daniel P.J. tiene 51 años, está parado desde septiembre y sufre depresión, por eso toma paroxetina. Y tiene el colesterol muy alto. Está hasta los huevos de las elecciones, de los políticos, de los economistas, de la mierda… Va al ambulatorio de la calle Alicante, donde, desde hace unos seis meses, ha ido cambiando el perfil de los pacientes. Desde el otoño pasado, algunos hombres en paro se atreven a pasar por allí. Casi a escondidas, como si estar jodido fuera un pecado.

 

Y aunque su nombre no es Daniel, esta es una historia real, tan real como todas las que se incrustan en la vida de D.P.J. Pero para decir lo que piensan prefieren mantener el anonimato. “Si un día tenemos la potra de que nos salga otro empleo, sería un sueño, porque ahora parece que todo sale en internet. Si pones nuestros nombres, nos jodes. Me lo ha dicho mi hijo”, explica Gerardo I.J., otro parado de 55 años, anonadado aún de que en su sector —es técnico de mantenimiento en maquinaria de hostelería— aún no haya encontrado empleo, pese a su experiencia de más de 20 años.

Otras dos españas

Lunes 2 de marzo de 2009

‘Hoy por hoy’ con Carles Francino

– Buenos días. Son las ocho de la mañana. Euskadi y Galicia cambian de rumbo. Patxi López puede ser lendakari… el PP de Núñez Feijóo y Rajoy arrasan en Galicia…

Daniel oye la radio sin escucharla en su piso de la calle Valencia de Fuenlabrada (Madrid). Se está afeitando para ir al ambulatorio de la calle Alicante, donde tiene cita para que su médico de cabecera le recete más pastillas contra la tristeza. Pero hoy tiene que pedirle dos favores más y le da vergüenza. Tras tomarse el café y darle una voz a la mujer, se marcha andando. El chico hace rato que se ha largado al Instituto la Serna. Mejor, porque, desde septiembre que él está en paro, van de bronca en bronca. Menos mal que el mayor se ha puesto por su cuenta y vive en Móstoles con la novia. De alquiler. Está en un taller de carpintería, puertas y ventanas, aluminio, PVC. Parece que aguantan, aunque no han renovado a cuatro de los eventuales.

“Hoy entra en vigor la moratoria para el pago de hipotecas que puede ser solicitada por los parados, viudos o autónomos inactivos”, escucha por la radio. “Coño. Se lo tengo que decir a Remigio. Está desesperado por si le echan de casa…”

Mira el reloj y comprueba que tiene tiempo hasta las 9.30. Se decide a poner en práctica lo que su médico le recomienda: “Daniel, ande usted todo lo que pueda. Como mínimo una hora. Eso le va a ayudar a salir de la tristeza. Y deje usted el chateo, el cartón de vino”.

Va a apagar la radio para decirle adiós a la mujer, que trastea en la habitación del chico, pero se para un segundo con la mano en el botón. Un tertuliano, de esos que lo saben todo, dice que “hoy entra en vigor la moratoria para el pago de hipotecas que puede ser solicitada por los parados, viudos o autónomos inactivos”. “Coño. Se lo tengo que decir a Remigio. Está desesperado por si le echan de casa. Con lo que ha pasado con la chica y la mujer”, comenta en voz alta para sí mismo y su parienta. Como si esta le oyera, cuando anda recogiendo a toda pastilla la cocina para marcharse a la compra. Luego trabaja un poco, porque ha logrado dos horas, martes y jueves, para cuidar a una vieja al lado del ambulatorio. A la hija de la mujer (que tiene 91 años) le ha dado ahora por hacer un curso de inglés dos días a la semana.

Enfrentar la verdad

A Dani —para su mujer y sus amigos, aunque mide más de 1.80, pesa casi cien kilos y tiene buenas entradas en el pelo aún negro, pero le platean algo las sienes— le cuesta echar a andar esa mañana, camino del ambulatorio. Tiene que enfrentarse al médico y decirle la verdad. Da una vuelta y pasa por el Instituto de La Serna, por si ve al chico de lejos —”Joder, el sábado casi se me va la mano”, reflexiona con pesar—, después por la escuela Infantil El Lago. Los ojos se le humedecen segundos al recordarse a sí mismo, corriendo, con el mono azul y tras dejar la grúa en las afueras de la obra, para recoger a sus dos chicos a la puerta del colegio. Los viernes. Total, han pasado tan sólo diez años. Empezaban los buenos tiempos. Fuenlabrada crecía como una flecha, se hacían hermosas casas, las torres de pisos de la zona nueva, alrededor del Centro Cultural Tomas y Valiente —la joya del pueblo, ahora ciudad— y la Avenida Barcelona. Hasta se construyeron adosados. Los carriles bici hasta Móstoles, las fuentes en hermosas rotondas.

¡Todo eso era ayer, antes de ayer! Abrían restaurantes chinos, el McDonald’s de la estación La Serna Fuenlabrada era moderno, con parque para cumpleaños, los chicos ya no tenían que ir a Atocha, había restaurantes árabes —en el barrio aún quedan muchos moritos— con encanto, centros de gym y pilates, hasta de estética para tetas… Eso era ayer, principios del año pasado, cuando nadie pensaba aún en la hecatombe… En los parados, en las urbanizaciones inacabadas, en las constructoras cerradas a cientos, a miles… “¿Y cómo le digo al doctor lo que me pasa?” El pensamiento se le cuela cada diez minutos en el cerebro.

Ya está en la puerta del centro de salud de la calle Alicante. A él le gusta más que el de la calle Cuzco, el que tenía antes. No sabe bien por qué. Quizá por el médico, o porque está más despejado en el hall y el mostrador de citas que el de Cuzco, aunque ese tiene jardín interior y las paredes azulonas son más bonitas, le comentaba un día su mujer durante una charla insulsa para entretenerle. Era la primera vez que lograba llevarle al médico desde que estaba en el paro. Faltaba poco para las Navidades. A decirle ¿qué? Que lloraba como un niño por la noche, que bebía cartones de Gredos, lo que nunca antes había hecho, que se le iba la mano con su chaval de 15, que con la mujer estaba a matar. Él no era así. Él era de los que, como mucho, aprovechaba el día de La Almudena, que era solo fiesta en Madrid, para ir al ambulatorio, arrastrado por la parienta, para que le miraran lo del colesterol y hacerse análisis. Eso era cuando tenía trabajo, diez, doce horas al día, manejando la grúa en las obras… Pero Daniel no deja de pensar en cómo le va a explicar al médico las dos cosas que le tiene que decir. Se le cae la cara de vergüenza.

Ya está delante de la consulta. Son las 9,25. Si el doctor se entretiene —a Dani este médico le cae bien, hasta es capaz de contarle una parte de sus penas, pero lo que le tiene que decir hoy le desagrada—, se encontrará con alguien y no le apetece. Está pensando en ello cuando se topa con Gerardo, otro colega, parado del barrio. “Este, como yo, prefiere venir pronto. Para que no nos vean. Pero hoy tiene peor cara que la mía. Ya va espabilando”.

— ¿Qué hay?

— Ya ves, a repetir recetas. Para el colesterol y la circulación, no creas.

— Ya, como yo.

— ¿Has encontrado algo?

— Ná. El jueves fui a la oficina del paro. Es vergonzoso chico. Me cagüen la puta. La cola da cada vez más la vuelta a la esquina, a la manzana. Y mira que se han largado rumanos y moros. Mi chico me tiene apuntado en Infojobs, una página de internet…

La abuela está pa chopped

Los dos callan para observar a las tres mujeres que entran. Las conocen. Son de allí, viven en la calle Salamanca, recuerda Daniel. La vieja —abrigo negro, pelo corto y con canas, ojos negros muy pintados y botas negras gastadas, hasta la rodilla— llega cabreada. Despotrica con su nieta de unos 12 años —menuda, parka rosa con dibujos amarillos y dos coletas— y su hija, unos 40 años, medias negras, falda corta y ajustada, botas altas y parka blanca, pelo bien estirado y recogido en la nuca. “Madre, que la ha dicho la chica que la cita la tiene usted a las 12, no a las diez“. “Anda ya, que va a saber ésta. Si no se entera, esta to’ el día colgada de la maquinita”. “Agüela, que es a las 12, que te lo dijeron cuando vine contigo…”. Las tres mujeres, con la agüela por delante, se dirigen al mostrador de información. La agüela, que no aparenta más de 60 años y es más que resuelta, enseña su tarjeta sanitaria a una de las tres chicas del centro de salud que atienden tras el mostrador. “Señora, está citada a las 12. Lo pone aquí”. “Y una mierda. Yo me quedo y hablo con la doctora, verás como no es así”.

Mientras la abuela se lanza en tromba hacia la doctora cuando abre la puerta para pedir la primera cita, madre e hija se van al baño. “Mami, mira qué gracioso lo que pone detrás de la puerta: ‘como mola entrar a cagar y leer las gilipolleces de las puertas. ¡¡Que caguéis bien!! N. R.’ Es mazo chulo. ¿Tienes un boli, ma?”. “Anda, súbete las bragas y vamos a ver qué ha pasado con tu abuela”. La abuela sigue enzarzada con la próxima visita a la doctora, quiere cambiarle la hora a la otra señora mayor que tiene cita a las 11.

“Madre, aquí se queda. Yo no puedo quedarme esperando hasta las 12. Vámonos, hija” —y mientras salen las dos de la mano, la madre de falda corta y pizpireta le dice a la niña: “No hagas caso hija, que la abuela está ya ‘pa’ chopped“.

¡Se lo he contado!

Dani espera a Gerardo al otro lado de la sala. Ya no se fija en las de la calle Salamanca. ¡Se lo ha contado todo al doctor! ¡Qué alivio! ¡Aunque no le ha dado solución al problema más gordo, y al otro, la solución que le ha dado, ha sido a regañadientes! “Me cagüén la puta. ¡Hace falta dinero hasta para eso!”. El hecho de que el médico le haya dicho que es un problema normal en su situación le sirve de escaso consuelo. Claro que él no piensa comentarlo con Gerardo, ni en el Bar Cantabria, adonde se dirigen para el cafelito.

De camino hacía el bar de la calle Nazaret, ya juntos, Dani le dice a Germán: “Espera un momento, tuerce un poco. Vamos a preguntar en el banco. Remigio está en Toledo, en el pueblo de su madre, y viene mañana. He oído una cosa en la radio por las hipotecas, para retrasar lo del pago”.

Retrasar la hipoteca, mentira

Sucursal de Caja Madrid, calle Leganés esquina a la calle Murcia. “Que vengo a saber eso del retraso del pago de la hipoteca. Lo he oído en la radio, que lo ha puesto en marcha el Gobierno hoy”. “Ja —responde el empleado canoso, encorbatado y el primero detrás del mostrador—, una cosa es lo que dice el Gobierno y la radio y otra nosotros. Aquí no sabemos nada. ¿La hipoteca es tuya?”. “No, no, qué va. Yo aún aguanto. Es un amigo que lo tiene muy, pero que muy jodido. Remigio. sus hijos, su mujer el otro día, ¿no lo ha oído en el barrio? Él está hoy en Toledo, con su madre. La vieja no sabe nada de lo de su hija…”. “Bueno, pues dile a tu amigo cuando vuelva que si quiere pase por aquí, pero de lo del Gobierno nada. No hagáis caso de la radio“.

Ambos parados deciden cruzar al otro lado de la calle, ya por probar. La mujer de Gerardo ha dado la turra con ese asunto. En la calle Murcia está la oficina del BBVA. Entran, hacen la misma pregunta y reciben similar respuesta: “Decirle al amigo que venga por aquí, pero de eso de renegociar con el ICO, no hay nada. Ni una instrucción todavía”. Y aún más abajo, a la puerta de la BBK, ni entran. Desde la entrada preguntan a la chica: “¿Hay algo de eso de retrasar el pago de la hipoteca? Empezaba hoy”. Respuesta: “Ni idea. No tenemos ni idea de qué es eso”.

Cabizbajos, cagándose en todo, los dos hombres se dirigen al bar Cantabria. Gerardo le cuenta a su amigo cómo su mujer sigue currando de asistente social en el hospital y van tirando. Los dos mellizos —14 años— aguantan, aunque les ha metido una clave en el ordenador, mientras él entra en Infojobs cada día. ¿Cómo es posible —pregunta Dani— que un tío con la experiencia de Gerardo, en un sector como la maquinaria de hostelería —mantenimiento de cocinas, de grandes almacenes, de restaurante grandes y de banquetes, hasta de cámaras mortuorias refrigeradas— no encontrara trabajo? “Pues ya lo ves. Eso es lo que pensaba yo cuando me echaron en noviembre. Me fui a Flores Valles, de donde era filial mi empresa. Dejé el currículum y ni rastro. El otro día me enteré de que otra empresa, los de Rehco, están en las mismas. El Corte Inglés cada día les da menos trabajo. Un compañero me ha dicho que están desesperados, mano sobre mano”.

— ¿Has oído lo de El Corte Inglés? La hermana de mi cuñado, la brasileña, dice que ha oído que van a cerrar aquí de lunes a viernes y abrirán sólo los viernes por la tarde, los sábados y los domingos. Van a cambiar los turnos. No va nadie por lo caro que es.

— Bah. Habladurías. Si El Corte Inglés cierra, eso sí que es jodido.

— ¡Que no hombre! De habladurías nada. La hermana de mi cuñado, Rosa, ha ido a echar instancias para trabajar este verano. O en Semana Santa. Se vino aquí, a vivir ahí a la Avenida Barcelona, porque trabajaba en la tienda de PC City. A los cinco meses, cerraron. Dice que las otras chicas comentan que El Corte Inglés lo que quieren es acortar horarios o cerrar entre semana, para que tengan que cubrir las horas de fin de semana las mismas empleadas y así no tener que contratar a más gente.

Gerardo y Dani se largan del Cantabria. Van camino de casa, a comer, donde la mujer hace tiempo que ha vuelto al pote. Cocido, lentejas, judías con oreja, berza y cocido montañés… A Dani no le importa, él es de Burgos y donde esté una buena morcilla en las judías… pero el colesterol es una lata. Y hoy le tendrá que explicar a su mujer lo del médico. No ha querido pasar por la farmacia todavía. ¿Y qué le va a decir? “Mari, que sí. Que le he dicho al doctor que me cambie el medicamento del colesterol, Zarator, 40 mg, que cuesta 53,97 euros por la Simvastetina, 40 mg, 12,88 euros. Me sienta peor, pero es mucho más barato”.

Y Mari piensa: “Mierda para todos. Para lo que yo ya voy a volar y para lo que me va a prestar ninguna caja. Ni siquiera nos dejan ya follar”, y se seca los ojos con el delantal, para que Daniel no la vea

“¿Y de lo otro?”

“También se lo he dicho. Así, de verdad. Que que no se me empina desde hace meses. Y que tú te crees que ya no te quiero. Y le he dicho que no es eso. Que ni conmigo mismo. Me ha contado que les pasa a muchos, que la pastilla para la depresión puede causar falta de ganas, que es corriente cuando estamos así. Que si quieres habla él contigo, pero que la única manera es comprar Viagra y vale entre 80 y 90 euros, porque no está en la Seguridad Social”. Y Daniel llora otra vez como un niño, mientras su mujer no sabe si llamarle gilipollas o abrazarle. Pero cierra las ventanas, porque las paredes del piso de la calle son de papel. Tan de papel que está oyendo cómo por el patio se filtra la radio y la tele de los vecinos, con las ventanas abiertas para que salga el humo de los fritos y el olor a repollo. “Emilio Pérez Touriño ha dimitido tras obtener el PP la mayoría absoluta… el sector aéreo mundial perdió 8.000 millones de dólares… Primera fusión de cajas de ahorro: Unicaja se queda con Caja Castilla-La Mancha.” Y Mari piensa: “Mierda para todos. Para lo que yo ya voy a volar y para lo que me va a prestar ninguna caja. Ni siquiera nos dejan ya follar”, y se seca los ojos con el delantal, para que Daniel no la vea.

Fuenlabrada- Atocha

La enfermera del ambulatorio de la calle Alicante regresa a Madrid, a su casa de dentro de la M-30 más callada de lo habitual. Son las cinco de la tarde y a su lado lleva a un compañero. “¿Qué te pasa, tía? Pareces hecha polvo”. “Esta mañana he ido a ver al doctor Velasco, llorando. No podía más. Remigio y su mujer llevaban unos días sin venir. Resulta que ella se ha tomado un tubo de pastillas. Remi ha ido al pueblo, a explicárselo a la madre, que la adoraba. Les van a echar de la casa. El viejo —te acuerdas, tiene 55 años— avaló con su escaso patrimonio las hipotecas de los dos hijos que tiene en el paro. Es brutal, no puedo más. Y ahora, a escuchar el telediario, que mi marido está muy informado y es gallego. Estará eufórico”.

En la parada del tren, en Leganés, se suben dos chicos, poco más de 16 tacos. Pelo engomado, acabado en cresta, barbilampiños, pendientes en las dos orejas, chaleco negro grasiento uno de ellos, zapatos de punta reluciente y una guitarra en ristre. Enfrente de la enfermera machacan las cuerdas de la guitarra mientras maúllan llorando un “¡ay, xiquito, xiquito, cuánta hambre tengo, ayúaame!, ¡ay xiquito, xiquito, cuánta hambre tengo!”. El que no tiene guitarra palmea como si se estuviera durmiendo.

Posdata

Todos los personajes de esta historia existen, son reales. De carne y hueso. Sólo sus nombres y alguna de sus circunstancias han sido cambiados para evitar miradas compasivas, miedo a internet con nombres y apellidos, vergüenza propia y ajena. Al final del día, Rosa, la brasileña que acaba de perder su trabajo en PC City y es española hace años —por eso no le darían la ayuda para volver a su país—, preguntaba: “¿Y a los diputados y a los políticos, a los banqueros, a los que tienen la culpa de todo esto, cuándo se les va a bajar el sueldo?

Por Ana R. Cañil en Soitu.es

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