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Vagalume, luciérnagas en el pozo de la prostitución

In historias humanas on octubre 10, 2008 at 3:43 pm

“Los problemas psiquiátricos nos desbordan”. La educadora social Lourdes Pazo se enfrenta cada día a éste y otros problemas en Vagalume, una asociación que asiste a mujeres que ejercen la prostitución en los clubes repartidos por la geografía gallega y en su centro, ubicado en Santiago de Compostela. Vagalume significa luciérnaga y precisamente luz es lo que les ofrece este programa desarrollado por las hermanas Oblatas y Cáritas a las mujeres abocadas a la prostitución.

“La luz existe, pero depende de la salida que quieras. Algunas optan por cambiar de vida y otras, no. Ahora bien, no obligamos a nadie a dejar la prostitución, pero tratamos de acompañarlas y de que, si deciden seguir ejerciendo, lo hagan en las mejores condiciones posibles”, reconoce Pazo, quien asegura que muchas de las chicas llegan a su centro destrozadas psicológicamente. “No podemos con ese problema y queremos que la Administración se dé cuenta de su calado”.

Engañadas y maltratadas, acercarse a las prostitutas no es una tarea fácil. “Es muy importante que confíen en nosotros, pero les choca que alguien esté dispuesto a ayudarles gratuitamente”, apunta Pazo. Por ello, las asociaciones suelen desplazarse en unidades móviles hasta los clubes y repartir material higiénico y sanitario, una forma de poder entrar en los locales e intimar con las mujeres hasta que se crea un vínculo.

Vagalume, por ejemplo, opera en seis rutas y visita 26 clubes situados en un radio de 30 kilómetros de Santiago. En un año, suelen atender a unas 1.000 mujeres, a las que les facilitan kits y folletos informativos sobre el programa que desarrollan desde 1990. De ellas, unas 180 terminaron visitando el año pasado el centro de día, donde participan en talleres y reciben asesoramiento jurídico y asistencia psicológica.

Inserción e integración

En cuanto entran en contacto con la asociación, comienzan a ser acompañadas por las trabajadoras para realizar trámites de manera gratuita, ya que los clubes suelen cobrarle cantidades astronómicas por ello. Vagalume, en cambio, les da una pequeña ayuda económica cada vez que asisten a un curso (técnicas de empleo, informática, manualidades…) para fomentar la asistencia y profundizar en su integración, ya que las enseñanzas les serán útiles si un día deciden insertarse en el mundo laboral.

Tras años de trabajo, han trazado su perfil. Ocho o nueve de cada diez chicas asistidas proceden de Brasil, la mayor parte del estado de Goiás. “Antes eran dominicanas, luego colombianas, ahora brasileñas y cada vez hay más paraguayas”, asegura la hermana Cleo Rodríguez, coordinadora de Vagalume, cuya primera misión es ofrecerle a las mujeres la posibilidad de empadronarse y conseguir la tarjeta sanitaria.

“No conocen la realidad que les rodea, porque nada más llegar de Brasil las han metido en un club. No saben moverse ni conocen sus derechos. Están acostumbradas a recibir insultos y no esperan otro trato. Hay gente que llega muy mal y, cuanto más tiempo lleven ejerciendo, más difícil les resultará rehacer su vida e integrarse. Si se estabilizan en ese mundo, pierden la esperanza de poder cambiar”.

Además del trabajo en los clubes y en el centro de día, el programa cuenta también con un centro de atención psicopedagógica y familiar, que favorece la integración de los hijos de emigrantes, así como con un piso de emergencia. En él, viven temporalmente mujeres que han ejercido la prostitución y se encuentran en una situación especialmente delicada. Mujeres, no prostitutas, matiza Lourdes Pazo, quien insiste en dejar claro que su profesión no es la de meretriz, un denominación que también desecha.

Son muchos años ya, según esta educadora social, luchando para erradicar ciertos términos peyorativos u ofensivos que alimentan la imagen de una mujer degradada, cuando en realidad son víctimas de trata con fines de explotación sexual o, dicho con otras palabras, personas que en un determinado momento de su vida ejercen la prostitución.

Vagalume trabaja para que esa época sea pretérita, fortaleciendo a mujeres minadas psicológicamente, pero no vencidas. Muchas dejaron atrás el ejercicio y otras han encontrado en el programa una mano tendida, que las ha apartado de los muros de un club y conducido hasta un piso de acogida. Una etapa vital previa a la reinserción en un mundo paralelo al que les ha tocado vivir durante meses o años. El paso intermedio entre el infierno y la libertad. Un zaguán de esperanza.

Por Henrique Mariño en ADN.es

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