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El hermano malo de Walt Disney

In historias humanas on julio 18, 2008 at 2:25 am

Los dibujos animados no tienen piedad con sus creadores; los acaban devorando. Pocos animadores son al menos tan recordados como sus personajes. Tex Avery (que ahora cumpliría cien años de seguir aún vivo) es uno de ellos. Los personajes que desarrolló o creó (el pato Lucas, Bugs Bunny o Porky) son anárquicos, violentos e imprevisibles, pero él siempre fue un obsesivo perfeccionista (llegó a poner sus voces en ocasiones) que no estaba dispuesto a que escaparan de su control o le robaran protagonismo.

La mayoría de estos personajes los creó en el seno de la Warner, en la que, en 1935, Leo Schlesinger le contrató para hacer frente al imperio Disney. Avery pudo contar con colaboradores de la talla de Chuck Jones o Bob Clampett, con los que trabajaba en una casa de campo (denominada Terraza Termita por razones obvias) alejada del edificio principal de los estudios Warner. De esas reuniones salieron cortos como A wild hare (1940), en el que Tex Avery diseñó a Bugs Bunny tal y como le conocemos. Algunas de las frases míticas como “qué hay de nuevo viejo” o el estilo sardónico del conejo son obra suya.

En lugar de copiar el modelo Disney, que era lo que hacían todas las compañías de animación de la época sin éxito alguno, Avery decidió pervertirlo. Si el trazo de los dibujos de Disney tendía al realismo y sus intenciones eran moralizantes, Avery optó por un estilo de animación más divertido, rápido y salvaje.

Los chavales se quedaban embobados con las animaciones de Avery, por su ritmo frenético y repleto de gags de humor físico y canalla. Hasta padres y hermanos mayores se engancharon a sus creaciones al comprobar que, más allá de las onomatopeyas y explosiones de cada animación, los personajes del tejano tenían sus mismas preocupaciones y obsesiones adultas.

Olvídate del realismo

Avery perdió casi por completo la visión del ojo izquierdo cuando accidentalmente un clip metálico impactó en su pupila. Perdió la percepción de profundidad, pero también la vergüenza, proclamándose desde entonces enemigo del naturalismo en la animación.

El tejano deformaba a conciencia los rasgos de los personajes, cuyas expresiones desafiaban las leyes de la física y la lógica. En sus trabajos para las series Merrie Melodies o Looney Tunes, los ojos de sus creaciones se salían de sus órbitas cuando recibían una impresión fuerte y sus mandíbulas rodaban por el suelo. Si salían corriendo, era habitual que volvieran a buscar su silueta o sus ojos.

Los personajes de Tex Avery se sentían incómodos en las dos dimensiones que permitía la animación de la época. Por eso, y de una forma absolutamente pionera, interpelan directamente al espectador, aparecen a destiempo en los títulos de crédito o se enfadan cuando una silueta negra cruza la pantalla y les descentra.

Avery plantó cara a Walt Disney incluso en su terreno favorito: los cuentos de hadas. Sus piezas no están protagonizadas por simpáticos animalillos que viven en idílicos bosques, sino por seres consumidos por la satisfacción inmediata de sus instintos básicos.

Entre 1937 y 1949, Avery realizó siete cuentos, donde personajes tan aparentemente inofensivos como Caperucita Roja o Cenicienta se transforman en turgentes bellezas que exaltan la líbido del lobo de turno, cuyo cuerpo paralizado levita en el aire por un instante. La censura de la época creyó ver en este movimiento una expresión claramente fálica. Años más tarde, el propio Avery les confirmó que tenían razón.

Cuentos tórridos de hadas

La tórrida caperucita roja (1943) es uno de los cuentos que mejor ejemplifica el modelo Avery. Una empalagosa voz en off comienza a narrar el cuento según el modelo universalmente conocido de los hermanos Grimm. “Hola chiquillos. Érase una vez Caperucita roja, una hermosísima y dulce niña…”, hasta que el lobo feroz, mirando a la pantalla, exclama: “Estoy aburrido de estas bobadas. Es la misma vieja historia una y otra vez, si no pueden hacerlo de manera más innovadora yo me largo”.

Finalmente, el narrador cuenta la historia que quieren los personajes. Ahora Caperucita Roja trabaja en un night club, el lobo es un depredador sexual al que le venden “cigarrilos extra-largos” y la abuela es una vampiresa atormentada porque el lobo prefiere a su nieta. Los seres unidimensionales de la factoría Disney se habían transformado en personajes repletos de ambigüedades morales y represiones sexuales con los que el público adulto se podía identificar.

Si en su periodo Warner Avery resultaba políticamente incorrecto, en la Metro-Goldwin-Mayer (1942-1945) pasó directamente a convertirse en enemigo público de la censura, al amplificar el grado de frenesí y violencia de sus animaciones. Nunca llegó al mal gusto, aunque lo rozó con la ardilla Screwy, un personaje de muy corta vida, que sometía sin miramientos a torturas a sus enemigos.

En realidad, y salvo el parsimonioso perro Droopy, a esas alturas de su carrera Avery no estaba interesado en crear personajes duraderos, sino en perfeccionar y multiplicar los gags de humor y realizar cortos autoconclusivos.

El brillante animador acabó sus días trabajando para Hanna-Barbera y realizando anuncios (el mítico spot para televisión del insecticida Raid), pero su legado ya es inmortal y sus herederos se cuentan por miles. Robert Zemeckis le homenajeó con la explosiva protagonista de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? y series animadas tan populares como Ren y Stimpy saquean a placer tanto su feísmo estético como su humor negro.

La IX edición de Animadrid (Festival Internacional de Imagen Animada de Pozuelo de Alarcón – Comunidad de Madrid que tendrá lugar del 26 de septiembre al 3 de octubre) le homenajeará con motivo de su centenario. El festival de animación programará sus películas en Warner, como Hamateur Night (1938) o I love to Singa y, sobre todo, las realizadas para la MGM: King Size Canary; las dos versiones sugerentes que hizo con los personajes de Caperucita Roja: Red Hot Riding Hood (1943) y Little Rural Riding Hood (1949) o las interpretadas por Droopy, como Northwest Hounded Police (1946).

Por Javier Pulido en ADN.es

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